Capítulo 9: Leyla

CAPÍTULO 9: VULNERABILIDAD

LEYLA

—¿Qué has hecho? —me pregunta.

—Acabo de extraerte el veneno en lugar de solo tapar la herida con el ungüento.

—Por...

—¿Qué tal el dolor? —lo interrumpo, porque no quiero que comience a cuestionar mis acciones porque no tendría una respuesta.

—Ya está pasando —asiento, mientras una nueva atmósfera comienza a llenar la habitación.

Me inclino sobre él, mi rostro a centímetros del pecho de Krul, inspeccionando la herida. Puedo sentir el calor masivo que emana de su cuerpo, un calor que parece querer absorberme. Mis dedos, cubiertos de su sangre, recorren ahora las cicatrices antiguas de sus pectorales; agarro un trapo y comienzo a limpiar el exceso del líquido con una ternura y delicadeza que no sabía que poseía.

Krul deja escapar un suspiro largo, y su mano, grande y pesada, sube para enredarse en mi cabello, obligándome a levantar la vista.

—¿Por qué me cuidas con tanta delicadeza? —me pregunta, sus ojos dorados brillando de nuevo con esa intensidad depredadora—. Deberías querer que muera. Incluso fuiste más allá y succionaste el veneno con tu boca. Soy tu captor. Soy el hombre que te obliga a desnudarte bajo mi mirada.

Siento que el aire se me escapa de los pulmones. Me encuentro cubierta de su sangre, nuestros cuerpos están casi unidos por la proximidad, y la barrera que había intentado construir se está desmoronando bajo la presión de una lujuria prohibida.

—No lo sé —confieso con un susurro—. Quizás porque eres el único que me ha mirado como si fuera algo más que una moneda de cambio. O quizás… porque mi cuerpo es un traidor.

Krul suelta un gruñido bajo, un sonido que no es de dolor sino de puro deseo animal. Tira de mi cabello suavemente, obligándome a inclinarme más sobre él. Por puro instinto apoyo los brazos a cada lado de su cabeza en la cama para no lastimarlo, lo que me lleva a estar en una posición muy comprometedora al tener que subir mi cuerpo encima de él, mi pierna quedando metida entre las suyas; siento el roce de mis pechos contra su torso musculoso y desnudo. El contacto de mi piel suave contra el vello áspero de Krul envía una descarga de placer que me hace jadear.

—Tu cuerpo no miente, Leyla —dice él, su mano bajando por mi espalda hasta presionar la base de mi columna, obligándome a sentir la dureza de su miembro contra mi muslo, prueba de su deseo—. Tu mente puede inventar mil excusas, pero aquí, en esta cámara, con tu olor mezclado con el mío… eres mía.

Él se incorpora levemente levantándome consigo hasta dejarme ahora sentada sobre su pierna, mi centro caliente presionando contra una de sus piernas. Ignora el dolor de su herida abierta y captura mis labios en un beso que sabe a hierro y a fuego. No es un beso gentil; es un reclamo. Krul me besa con la sed de un hombre que ha estado en el desierto por años y finalmente encuentra agua. Nuestras lenguas se entrelazan en una danza de dominación y entrega. Su boca es tibia y su lengua más caliente; su sabor invade la mía y me es difícil contenerme, así que en uno de mis arrebatos succiono su lengua para poder saborearla; es ávida y audaz.

Gimo contra su boca, mis manos aferrándose a sus hombros, clavando mis uñas en su piel. El odio, el miedo y la lealtad a mi reino desaparecen, siendo reemplazados por una necesidad ardiente que me consume por dentro. Quiero más. Quiero que me marque, que me rompa, que me haga olvidar quién soy.

Krul se separa apenas unos milímetros, su respiración agitada golpeando mi delicado rostro. Sus ojos dorados están oscuros, casi negros por la excitación.

—Cúrame, Leyla —susurra, su voz vibrando con una promesa peligrosa—. Cúrame esta noche, y te prometo que mañana no podrás caminar sin recordar que estuve dentro de ti, a quién le pertenece cada centímetro de tu cuerpo. Tu dulce coño no podrá olvidar a quién le pertenece.

—Está bien —tartamudeo. Me bajo de encima de él con su ayuda mientras voy por las vendas y regreso a su lado.

Lo miro, perdida en el abismo de sus instintos. Sé que cruzar esa línea será el fin de la princesa de Arandhia, pero mientras le vendo su herida sus dedos rozan deliberadamente mi piel sensible del brazo y me doy cuenta de que ya no me importa. El Alfa está herido, pero yo soy la que está verdaderamente perdida en sus garras. Y Roc temiendo por su seguridad. Ja.

Mientras termino mi labor bajo la mirada posesiva de Krul, me doy cuenta de que la fortaleza ya no es una prisión... o al menos eso pienso. En su lugar, creo que es el lugar donde finalmente voy a dejar de resistirme.

Termino de vendarlo en un silencio denso, sintiendo cómo el cansancio y la adrenalina me pasan factura. Krul se queda dormido poco después, sumido en un sueño profundo provocado por la mezcla de las hierbas y el agotamiento del veneno. Me quedo a su lado, velando su sueño, hasta que mis propios párpados pesan demasiado; me acuesto a su costado, hundiéndome en una negrura sin sueños. Un sueño que es dominado por una bestia que recorre mi cuerpo con ojos hambrientos y una lengua ávida que devora mi coño.

Me despierto en la penumbra de la madrugada. El fuego de la chimenea se ha reducido a un resplandor ámbar que proyecta sombras largas en las paredes. Lo primero que siento no es frío, sino un cuerpo cálido y un calor húmedo y constante que nace entre mis piernas. Un jadeo suave escapa de mis labios al darme cuenta de que Krul está despierto, apoyado en los codos, observándome con una intensidad que hace que el aire cambie. Sus manos grandes han subido mi vestido, dejándome expuesta a él, manteniéndome abierta para su deleite mientras siento sus dedos en los pliegues de mi coño y su lengua húmeda y cálida pasar por ella con una destreza embriagadora.

No estaba soñando; Krul en realidad estaba comiendo mi coño y no tengo tiempo de sentirme avergonzada, aunque ningún hombre me ha visto así.

—Estás despierta —susurra, su voz es un trueno sordo en la habitación. He olvidado su buena visión nocturna—. Tu cuerpo me ha estado llamando mientras dormías, Leyla. Tu aroma ha cambiado...

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