Mundo ficciónIniciar sesiónCAPÍTULO 7: EVIDENTE RECHAZO
LEYLA Cuando el agua de la tina se pone helada, salgo de ella. Seco mi cuerpo antes de buscar otra túnica de seda negra; a este hombre parece que solo le gusta ese color. Sintiéndome extrañamente expuesta a pesar de estar cubierta, me siento vulnerable y perdida. El hambre comienza a punzar en mi estómago y el frío de la montaña, que se cuela por la ventana alta de la cámara, me tiene temblando; hace rato que el fuego de la chimenea se apagó. Me acerco a una vela que está sobre una pequeña mesa y que aún permanece encendida; pongo mis manos sobre ella para sentir algo de calor. Me hago un ovillo en un sillón cercano, esperando que el poco calor que se concentra en este espacio me caliente mientras espero, aunque no sé exactamente qué. Es bien entrada la noche cuando la pesada puerta se abre de nuevo. Krul entra con pasos pesados; trae consigo una bandeja de madera con pan, carne asada y un cuenco de estofado humeante. El aroma hace que mi estómago ruja y la boca se me haga agua. Sin decir una sola palabra, deja la bandeja sobre la mesa pequeña frente a mí. —Come —me ordena. Su mirada recorre mi cuerpo tembloroso y sus cejas se juntan en un gesto de fastidio que oculta preocupación—. No me sirve de nada una luna que se desmaya por debilidad. Él no espera respuesta de mi parte y, con una confianza que me resulta abrumadora, Krul comienza a quitarse la ropa allí mismo, delante de mí. Siento cómo mis mejillas se sonrojan, pero no puedo apartar la mirada cuando se queda completamente desnudo ante mis ojos, mostrándome la exquisita arquitectura de su cuerpo diseñado para la guerra. Contengo el aliento al tiempo que intento desviar la mirada hacia la comida, pero mis ojos son traicioneros y se fijan de nuevo en su imponente espalda y la firmeza de sus muslos mientras entra en la misma tina en la que me he bañado antes. Levanto la mano para decirle que el agua está fría, pero no me da tiempo; ya se ha sumergido. Vuelvo a cerrar la boca porque estoy segura de que, si la dejo abierta, voy a babearme encima. El sonido del agua salpicando llena la habitación. Me concentro en comer rápidamente, tratando de ignorar el hecho de que el hombre más peligroso de Vargheim se está bañando a pocos metros de mí. Cuando termino, me siento un poco más fuerte, pero el frío sigue calando en mis huesos. Él por fin sale del agua, se seca con una piel de lince y camina hacia mí, pavoneándose sin rastro de modestia alguna. Se acerca a la mesa y ve los restos que he dejado —un trozo de carne y algo de pan— y, con una naturalidad animal, los agarra y se los termina de un bocado mientras me observa intensamente. Cuando deja la bandeja vacía, detiene su mirada en mis labios; sé que es por el sonido de mis dientes al castañetear. Camina de regreso hacia la chimenea, se inclina y, con un par de movimientos expertos, prende el fuego, avivando las llamas que rugen de nuevo. La habitación se baña en un resplandor anaranjado y el calor comienza a filtrarse en todo el espacio hasta hacerme sentir a gusto nuevamente. Sin mediar palabra, sin una caricia o una amenaza, más que el simple gesto de olfatear el aire en busca de algo —quizás para comprobar si me he tocado como pensó que podría hacer—, se dirige a la cama de pieles y se echa en ella, dándome la espalda. Trato de contener las lágrimas porque esto se siente como un evidente rechazo; parpadeo un par de veces para apartarlas porque no pienso llorar, no por él. El silencio que se siente no es de paz, sino de una tregua amarga. No sé cuánto tiempo me quedo mirando el fuego antes de, por fin, darme por vencida, caminar hacia el otro lado de la cama y acostarme lejos de él, aunque el calor que emana de su cuerpo es lo único que realmente me mantiene caliente en la oscuridad de Vargheim. Dejo mi mirada anclada en su espalda hasta que, poco a poco, mis ojos se cierran. Hoy fue un día bastante confuso; la línea entre mi captor y mi protector se ha difuminado y se ha vuelto peligrosa. La pálida luz del amanecer de Vargheim se filtra por la pequeña y alta ventana de la cámara de Krul. Cuando me estiro en la cama, me doy cuenta de que, una vez más, el alfa no está a mi lado. Me encuentro sola otra vez; estiro mi mano y toco el lugar donde durmió la noche anterior: todavía está algo tibio, lo que me dice que no hace mucho que se ha ido. Pero su aroma es lo que más persiste en la cámara, ese que está comenzando a volverme loca de una manera deliciosa y que me resulta peligrosamente familiar. Decidida a no pasar todo el día en la cama, me levanto, me aseo y comienzo a explorar los límites de mi confinamiento, lo que me lleva a un descubrimiento beneficioso. Cerca del rincón más alejado de la chimenea, hay una enorme y pesada piel de oso marrón que cuelga del techo hasta el suelo. Pensé que era simple decoración, pero cuando aparto el pelaje grueso, encuentro una ventana estrecha y alta tallada directamente en la roca volcánica. No tiene un cristal que pueda retener el viento; ahora entiendo por qué hace tanto frío aquí y el porqué del grueso pelaje que la cubre. ¿Para qué querría esta ventana si la iba a cubrir de todos modos? Hombre misterioso. Cuando me inclino para mirar hacia afuera, mi pregunta queda respondida de inmediato: la ventana permite una vista privilegiada del patio de armas, situado muchos metros abajo, y hacia un lado, el gran portón de la Fortaleza de Colmillos. Me quedo allí un largo rato, observando a los guerreros entrenar y a las mujeres de la manada moverse con una libertad que envidio. Me doy cuenta de que me gustaría poder salir. Es patético ver que esta ventana —escondida tras la piel que evita que el frío nocturno congele la habitación— sea mi único vínculo con el mundo exterior. «¿Preferirías, Leyla, estar en manos de los elfos?». La pregunta llega a mi mente como un relámpago y la niego automáticamente; no, no me gustaría. Alrededor del mediodía, llaman a la puerta, desplazando mi atención del patio a un segundo plano. Me quito rápido de la ventana por si es Krul; no quiero que se moleste si descubre que he encontrado la abertura y busque sellarla. Cuando voy por mitad de la cámara, la puerta se abre y Elena asoma la cabeza, acompañada de un joven guerrero de mirada amable que carga una pequeña estantería de madera oscura. —Las otras mujeres y yo hemos pensado que te vendría bien algo de distracción, princesa —dice Elena con una sonrisa suave mientras el joven coloca el mueble en un rincón—. No hay mucho que hacer aquí cuando los hombres están de caza o en la frontera. Estos son libros que todas hemos leído y releído; algunas trajeron crónicas del reino humano, otras son historias de Vargheim. Considéralo un préstamo de tus nuevas hermanas. No me pasa desapercibido que Elena ya no se refiere a nuestro reino como el de ella. ¿Cómo podrías considerar tu hogar a un reino que te entregó a la boca del lobo? Irónico. —Gracias. Dales las gracias a todas de mi parte, son muy amables. —No hay de qué, princesa. ¿Has comido algo? —niego con la cabeza—. Al alfa no le gustará saber que se está matando de hambre a su compañera. Haré que te traigan comida de inmediato... —¿Sabes dónde está tu alfa? —¿"Tu" alfa? —Elena me da una mirada curiosa—. ¿Nuestro alfa no te mencionó a dónde iría esta mañana? —No —susurro. Elena me da una mirada de pena antes de irse. Me doy cuenta de que todos son leales a Krul. «¿Estará con otra mujer? ¿Una que no le niegue su cuerpo?». ¿Por qué rayos estoy pensando en eso? No es problema mío si decide estar con otra mujer. Para distraer mi mente, paso la tarde comiendo y perdida entre las páginas de un libro, sintiéndome menos sola. He arrimado el pequeño sillón hasta la ventana nueva. El gesto de Elena me ha hecho recordar que este lugar de colmillos y garras también es un espacio para la amistad. A medida que el sol se oculta tras los picos nevados, la paz comienza a desvanecerse y una extraña sensación se instala en la boca de mi estómago. Es la intuición de que algo está sucediendo, o está a punto de suceder. La noche cae sobre Vargheim con una pesadez inusual. Krul no llega, y eso me está poniendo ansiosa. El silencio de la Fortaleza de Colmillos, que normalmente se siente imponente, ahora es opresivo. Trato de ignorarlo y centrarme en mi lectura, pero mis ojos no ven las palabras y mi mente regresa una y otra vez al ritual del baño, a la extraña calma con la que Krul me alimentó anoche. No puedo seguir engañándome y fingir que no me siento vacía cada mañana cuando se va sin decirme nada; me incomoda, pero me quema más que el propio frío de la montaña. De repente, el silencio es destrozado...






