El Deseo Prohibido del Rey Lycan

El Deseo Prohibido del Rey LycanES

Hombre lobo
Última actualización: 2026-06-20
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Resumen
Índice

Edana Valmont lo tenía todo: un padre amoroso, un prometido perfecto y una manada que debía liderar, pero todo se derrumbó en un una noche. La traición de quien menos pensaba la hizo mancharse las manos de sangre. Frente a ella estaba el cuerpo de su padre, sin saber cómo ocurrió. Sin tener recuerdos de nada, se aferró a su última esperanza: su prometido. Todo para darse cuenta de que él era parte de esa traición. Condenada por la manada y traicionada por quienes amaba, Edana huyó a tierras peligrosas, donde conocería a Kaelor Lycaris, un Rey implacable y sanguinario. Él no pedía, tomaba. Hasta que sus ojos se posaron en ella. Una hembra prohibida que no debía tomar, un deseo que pedía ser saciado pese a las reglas que lo condenaban. —Desde hoy me pertenecerás. —¡Nunca! Pero en medio de un baile de dominio y deseo prohibido, el pasado regresa, el peligro se cierne sobre ellos y una verdad dolorosa está por descubrirse. Kaelor tendrá que elegir entre el amor o la venganza ciega que se aferra a su alma. Porque en el cruel juego del destino, la vida lo empujó a los brazos de quién debe destruir.

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Capítulo 1

01. La caída

Pov Edana

Estaba feliz; la enorme sonrisa que se refleja en el espejo es prueba de ello. Hoy sería el mejor día de mi vida, o al menos eso creía.

Hoy me uniría a André.

El hombre con el que he estado comprometida desde hace dos años y el que toda la manada, incluso mi padre, consideraba perfecto. Yo también lo creía… aunque a veces fuera frío conmigo.

Especialmente los últimos días.

Estaba tan cambiado que no lo reconocía. Pero era normal, ¿no? Estaba por convertirse en el Alfa de la manada. Tiene un enorme peso sobre sus hombros.

—Ahí está la hermosa futura Luna —dice mi hermana entrando, sacándome de mis pensamientos—. ¿Ya estás lista? Los invitados ya llegaron y nuestro padre espera.

Le regreso la sonrisa a través del espejo, observando la bandeja en sus manos que deja sobre el tocador.

—Muy lista, Vera—digo emocionada. —tan lista como una futura Luna puede estar.

—Bien, porque hoy será un grandioso día para todos… en especial para ti.

Esa última parte sonó algo extraña, pero lo ignoré. Ella se acerca acomodando mi cabello negro sobre el hombro, acariciando el cuello desnudo donde pronto llevaré una marca.

La marca de André.

—Sí, Vera, hoy por fin seremos uno… para toda la vida.

Algo brilló en sus ojos apenas un segundo, antes de apartarse.

—Sí… para toda la vida —se aleja caminando hacia la bandeja, trayendo consigo la taza de té que pone frente a mí con más fuerza de la necesaria, haciendo que el líquido salpique.

Y es ahí cuando lo siento. Su olor dulce y familiar, mezclado con otro más, otro que reconozco demasiado bien.

El aroma de André.

—Lo traje para los nervios —dijo con suavidad—, tómalo antes de que se enfríe.

Tomo la taza con manos temblorosas, tratando de no pensar demasiado en eso.

Seguramente fue un abrazo; sí, eso es, tranquila, Edana.

La llevo a mis labios, dejando que su sabor algo amargo se extienda por mi paladar.

Hoy iba a convertirme en la líder de la manada Zafiro. Mi padre, el Alfa, no tuvo hijos varones, solo a nosotras.

Después de que mi madre muriera durante el parto, mi padre tomó otra Luna y ahí llegó Vera.

Así que la responsabilidad de traer un buen Alfa a la manada, caía sobre mí, la hija mayor.

Fue cuando mi padre vio a André, el mejor guerrero de todos, y lo eligió como mi compañero, aunque no tuviéramos un vínculo.

—Bien, hagamos esto— dije, poniéndome de pie, —no podemos hacer esperar más a los invitados.

Pero al dar un paso al frente, el mundo giró, el suelo bajo mis pies desapareció y todo se oscureció.

*****

Un pitido agudo y constante resuena en mis oídos a medida que la conciencia regresa.

‎Los parpados me pesan intentando abrirlos, queriendo saber dónde estoy, que sucedió.

Todo es confuso.

‎Un quejido débil, roto, escapa de mis labios intentando incorporarme, llevando la mano a la cabeza donde un dolor punzante me atraviesa.

‎Mi cuerpo se mueve lento, torpe, hasta que toco algo húmedo, espeso y pegajoso, sobre el suelo.

‎Obligo a mis ojos a abrirse por completo, quedándome aturdida y sin aire al darme cuenta de que es… sangre.

No, no, no.

Cubría mis dedos, manchaba el suelo, la alfombra, el vestido blanco que aún tenía puesto.

Pero no se detuvo ahí; fue cuando vi el cuerpo frente a mí, aún agonizante, que apenas pude reaccionar.

—Papá…— mi voz salió quebrada, temblorosa.

Me arrastré hasta él para intentar ayudarlo, presionando sus heridas con desesperación para frenar la sangre.

—Yo… yo…— intenté hablar, pero todo lo que salió de mi garganta fue un sollozo estrangulado.

¿cómo pasó esto?

No podía recordar nada, ni cómo llegué aquí.

—Hi…ja.

Negué con fuerza, las lágrimas cayendo sin control.

—No, no hables… guarda fuerzas… estarás bien, estarás bien.

Justo en ese momento, la puerta se abre de golpe y Vera se queda parada en el umbral con los ojos bien abiertos.

—¿Qué hiciste, Edana?

—No, yo no… jamás… no…— quise explicar, pero las palabras no salían.

—Lo mataste, tú… tú mataste al Alfa— dio varios pasos atrás, negando, y luego desapareció por el pasillo.

Regresé la atención a mi padre, mi loba agitándose sin saber qué hacer.

Seguí presionando su herida en un inútil intento de mantenerlo conmigo, solo viendo cómo su vida se escapaba entre mis dedos.

—Escúchame…— susurró con dolor, levantando su mano con dificultad para rozar mi mejilla, llenándola de sangre.

—Escóndela— dijo, suplicante.

—Escondela de ellos, no dejes… no dejes que sepan lo que es tu loba.

—Papá…— no pude evitar llorar más fuerte.

—Ellos no pueden… no pueden saber quién es.

—¿Ellos, quiénes?— pregunté al borde de la desesperación.

—Ocúltala, hazlo… prométemelo.

Negué, sollozando.

—No puedes dejarme, no puedes— supliqué, sabiendo que me dejaría. —Por favor…

—Te amo, hija…

Su mano cayó fría a mi lado. Sus ojos se enfriaron poco a poco.

Todo dentro de mí se fragmentó.

Un grito desgarrador salió de mi garganta al sentir la pérdida más importante de mi vida y lo peor… por mis propias manos.

Así fue como me encontraron los guardias: llorando, aferrada al cuerpo de mi padre.

Manos me tomaron de los brazos, levantándome, arrastrándome por la puerta mientras yo seguía observando, a través de las lágrimas, su cuerpo sin vida.

—Yo la vi, fue ella, ella lo asesinó —dijo mi hermana, dándose la vuelta para meterse en los brazos de mi prometido.

Mis ojos buscaron los de André, suplicantes, esperando que dijera algo, cualquier cosa, pero todo lo que hizo fue apartar la mirada de mí y rodear con sus brazos a mi hermana.

Fue ahí donde dejé de luchar. Lo entendí, nadie iba a creeme, estaba sola.

Me llevaron hasta las celdas por pasillos oscuros, lanzandome adentro donde el dolor del golpe, no fue nada comparado con el sentía en el alma.

—Papá —susurré en la soledad, abrazándome a mí misma, culpándome por algo que no recuerdo haber hecho.

«Nosotras no lo hicimos», dijo mi loba con una seguridad que flaqueaba tanto como la mía. «No lo hicimos, Eda; fue una trampa. Yo… jamás lastimaría a nuestro padre».

Pero ni ella lo creía.

Perdía el control; lo había hecho en el pasado, incluso lastimando a nuestro padre, pero era diferente. Nunca eran heridas de garras.

Ese secreto solo lo sabíamos él y yo. Lo que era mi loba, lo que realmente hacía.

Las horas pasaron interminables; nadie vino a traer al menos agua, hasta que la puerta de entrada volvió a abrirse.

Levanté la cabeza al escuchar los pasos detenerse frente a la reja.

Ahí de pie estaba Vera, con una sonrisa brillante en el rostro, como si nada hubiese ocurrido.

—¿Cómo estás, hermanita? No tan bien, por lo que veo. ¿Qué tal tu lujosa alcoba marital?

Suelta una risa burlona, dando un paso al frente, la llama iluminando sus facciones perfectas, retorcidas por una alegría que no comprendía.

Me obligué a levantarme, acercándome a los barrotes sin apartar mis ojos de ella.

—No entiendo, yo no lo hice…

—Claro que no —dijo con suavidad fingida—, la perfecta Edana jamás podría matar a su amado padre.

Fruncí el ceño ante su tono; algo no encajaba.

—Pero no importa, lo que importa es que por fin caíste de tu pedestal —dice, deformando su rostro en un odio que jamás había visto—. Ya mi madre y yo jamás seremos las sobras en una relación perfecta de padre e hija donde no encajábamos.

Di un paso atrás, confundida.

—Siempre supimos que él te amaba más por ser la hija de una Luna muerta que nadie recuerda, pero eso se acabó hoy.

Soltó una carcajada que resonó en las frías paredes de cada celda.

—Ahora yo seré la Luna de esta manada; tu perfecto "prometido" me tomará a mí como su pareja.

—La manada jamás lo aceptará…

—Pero si la manada ya ha decidido —me interrumpió con una risa torcida— y te odian.

—¿Qué…?

—Te odian —repitió—, mataste a tu propio padre.

Negué dando otro paso atrás.

—No, yo… no lo hice—respondí con voz temblorosa.

—Tal vez no—se inclinó más cerca—pero lo mejor de todo esto es que ellos lo creen.

Mi respiración pareció atascarse en la garganta.

—¿Qué estás diciendo?

Su expresión cambió; su sonrisa se hizo más afilada.

—Que debiste confiar menos en mí.

Las paredes a mi alrededor comenzaron a cerrarse mientras yo comenzaba a entender.

El té.

El olor de André sobre ella.

Su mirada.

Todo encajó de golpe.

Ella planeó todo esto.

La rabia dentro de mí estalló, opacando cualquier rastro de dolor. Me lancé hacia ella, queriendo alcanzarla, hundir mis garras en su cuello, matarla ahí mismo.

—¡ERES UNA TRAIDORA!—grité, recordando el cuerpo de mi padre, mis manos llenas aún de su sangre seca. ¡Ella me obligó a esto!

—¡¿POR QUÉ?!— volví a gritar, quebrándome al final.

Ella simplemente alzó los hombros.

—Eso no importa. André ahora es mío, todo lo que alguna vez tuviste me pertenece, y tú te quedarás aquí a pudrirte.

Caí al suelo, aún aferrándome a los barrotes, sollozando, recordando la "familia feliz" que éramos.

Todo una mentira.

La sentí agacharse junto a mí, observando mi miseria, cómo me desmoronaba.

—Mi ceremonia ya espera —susurró—, pero como regalo de despedida, déjame decirte algo…

Se inclinó tan cerca que pude sentir su aliento en mi oído.

—Yo fui quien mató a nuestro padre.

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11 chapters
01. La caída
02. Traición
03. En tierras del enemigo
04. Conspiración
05. Presentada
06. Sin salida
07. ¿Que escondes?
08. No perteneces aquí
09. Primera noche
10. Nadie volverá a tocarte
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