Mundo ficciónIniciar sesiónCAPÍTULO 6: EL RITUAL DEL BAÑO
LEYLA El eco de los pasos de Krul resuena sobre el suelo de piedra; es el único sonido que compite con el rugido del viento en el exterior de la Fortaleza de Colmillos. Permanezco en el centro de su cámara privada, sintiéndome como una intrusa en un santuario de violencia y poder. Mis manos, aún frías por el clima de Vargheim, se entrelazan nerviosas en mi regazo. He pasado horas procesando las palabras de Elena, tratando de reconciliar la imagen del monstruo que mató a su esposa con la sociedad de lealtad y protección que presencié en el patio esta mañana. Mis pensamientos se cortan en seco cuando veo entrar a dos sirvientes cargando cubos de agua humeante. Podría jurar que pensé que era él quien venía. Los observo en silencio mientras se dirigen a una zona apartada de la cámara, donde se encuentra el baño; luego murmuran entre ellos y regresan hacia una tina de madera reforzada con aros de bronce que descansa cerca de la chimenea. El vapor comienza a subir, cargado con el aroma de sales marinas y aceite de pino silvestre. Los sirvientes salen tan rápido como llegaron. «¿Entran sin tocar? ¿Y qué hubiera pasado si me encontraban desnuda? ¿Sería así todo el tiempo? ¿Mi privacidad se vería invadida por cualquier extraño?». Krul entra poco después. No trae su armadura, solo unos pantalones de cuero ajustados que dejan poco a la imaginación y una túnica de lino abierta, revelando el relieve de sus músculos y el vello claro que desciende hacia su vientre. —Lávate —me ordena. Su voz es un rugido bajo que parece acariciar mi piel—. El olor de la seda de Arandhia y ese perfume rancio... no los soporto. Me irritan los sentidos. No permitiré que duermas una noche más bajo mis pieles oliendo a otro reino. Siento cómo un rubor encendido sube por mi cuello. —Si me das privacidad, lo haré con gusto. No soy un animal que necesite ser vigilado mientras se asea. Krul suelta una risa seca, un sonido carente de humor pero lleno de una peligrosa satisfacción. Se acerca a la silla de madera tallada frente a la tina y se sienta, cruzando una pierna sobre la otra. Su postura es la de un rey observando a su súbdito o, mejor dicho, la de un lobo observando a una presa que no tiene a dónde ir. Y odio saber que esa presa soy yo. —No has entendido tu posición aquí, Leyla —dice, fijando sus ojos dorados en mí. La intensidad de su mirada es tal que siento un tirón eléctrico en la boca del estómago—. No estás aquí para poner condiciones. Estás bajo mi protección, y eso significa que tus secretos, tus miedos y tu cuerpo están bajo mi escrutinio. Empieza. Ahora. Lo miro con todo el odio que soy capaz de reunir. Sé que ha lanzado un desafío; no soy tonta, sé que si me niego él usará la fuerza, y hay algo en su forma de mirarme que me dice que está esperando a que me resista para tener una excusa y ponerme las garras encima. Pero no le daré ese placer. O al menos eso es lo que me digo para intentar convencer a mi cuerpo. Con los dedos temblorosos, alcanzo el cordón de mi túnica de seda, sin apartar los ojos de los suyos. Mantengo el mentón en alto y la mirada retadora. Esta es una batalla de voluntades silenciosa. El nudo se deshace y la prenda comienza a deslizarse por mis hombros. A medida que la tela cae, el aire caliente de la habitación golpea mi piel desnuda, provocando que mis pezones se endurezcan al instante bajo la fina capa de sudor frío que la cubre. Krul no se mueve, ni siquiera parpadea, pero noto cómo sus fosas nasales se dilatan. Está buscando mi aroma; sé que puede sentir mi miedo mezclado con esa excitación que me niego a admitir. Dejo que la túnica caiga al suelo en un montón negro y camino hacia la tina, sintiendo cada paso como si caminara sobre brasas ardientes. Sé que mi figura de caderas anchas y cintura estrecha es difícil de pasar por alto, mucho más cuando tengo la mirada de este alfa totalmente sobre mí. —Entra —susurra. Su voz ha bajado una octava, volviéndose más ronca, más necesitada. Evito estremecerme. Levanto un pie y luego el otro hasta entrar en el agua caliente, soltando un gemido que no puedo reprimir. El calor es un bálsamo para mis músculos tensos, pero la presencia de Krul sigue siendo una presión asfixiante. Tomo una esponja y comienzo a frotar mis brazos, evitando mirar al hombre que me devora con los ojos. —Te falta allí —me dice de repente, señalando con un gesto el delicado espacio de mi clavícula y el inicio de mis pechos, que sobresalen del agua—. Lávate bien, princesa. Quiero que mi marca sea lo único que quede en tu piel. Detengo mis movimientos con la esponja suspendida en el aire. —¿Tu marca? —pregunto con voz quebrada. —Cada vez que te miro, reclamo una parte de ti —me dice, levantándose lentamente. Camina hacia el borde de la tina y su sombra me cubre por completo—. Cada vez que inhalas mi aroma, tu cuerpo acepta mi dominio. Puedes luchar contra mí con palabras, Leyla, pero tu sangre ya ha decidido. Lo veo arrodillarse a un lado de la tina. Sus manos grandes se posan en el borde de madera, a centímetros de mis hombros. Me quedo petrificada. Puedo olerlo: es una mezcla de almizcle, cuero y esa feromona animal que hace que mi cerebro humano se apague y mi instinto tome el control. —Mírame —me ordena. Hago lo que me dice. Sus ojos no son como los de un hombre; son pozos de oro líquido llenos de una lujuria antigua. Extiende una mano y, con una lentitud tortuosa, roza mi mandíbula con el pulgar. El contacto es fuego. Siento un espasmo en mi vientre, una pulsación húmeda y desesperada entre mis muslos que me hace arquear la espalda inconscientemente. —Estás mojada —susurra él, y sé que no se refiere al agua de la tina. —Te odio —miento, con los labios temblorosos y los ojos cerrados ante su caricia. —Ódiame entonces —responde Krul, acercando su rostro hasta que nuestros alientos se mezclan—. Ódiame mientras gimes mi nombre. Ódiame mientras me suplicas que te haga mía para dejar de sentir este vacío que te está quemando por dentro. Abro los ojos levemente y veo su mano hundirse en el agua. Contengo la respiración esperando que me toque allí donde más me duele la necesidad, pero Krul solo toma la esponja. Con una delicadeza que contrasta violentamente con su tamaño, comienza a lavarme la espalda, subiendo por mi nuca y enredando sus dedos en mi cabello empapado. El roce de sus manos callosas contra mi piel es una tortura deliciosa. Suelto un jadeo largo. Soy una mujer criada para ser intocable, y ahora estoy aquí, desnuda y deseando el toque de un guerrero que podría quebrarme con una sola mano, pero que me toca como si fuera el tesoro más preciado de su reino. —Mañana —susurra contra mi oído, su lengua rozando apenas mi lóbulo—, te presentaré ante la manada como mi elegida. Los otros machos intentarán olerte, intentarán imaginar cómo te ves bajo mis manos. Pero les romperé el cuello antes de que puedan siquiera soñar con tocarte. —No soy tuya… —susurro, aunque mis manos ya buscan sus antebrazos bajo el agua, aferrándose a sus músculos tensos. —Lo eres —sentencia—. Y esta noche, mientras duermas en mi cama, sentirás mi olor en cada rincón de tus sueños. Te despertarás buscándome, Leyla. Y cuando lo hagas, yo estaré allí para recordarte quién es tu dueño. Krul se pone de pie bruscamente, rompiendo el hechizo. Me deja sola, jadeando en el agua que empieza a enfriarse, con una frustración sexual tan intensa que estoy a punto de sollozar. Sé que este es mi castigo por seguir negándome a él. —No te atrevas a tocarte mientras no estoy, o habrá un castigo. Me sobresalto al escucharlo antes de que salga de la cámara sin mirar atrás. Me ha dejado claro que su voluntad ya me pertenece. Me abrazo a mí misma en la tina, temblando. Sé que la próxima vez que él me mire así, no tendré fuerzas para decir que no. Ahora soy su presa. Una presa muy débil ante su depredador.






