Mundo ficciónIniciar sesiónEva Rusell sabe que Luca McDowell tiene la reputación bien ganada de ser uno de los solteros más irresistibles del estado de Texas. Empresario exitoso, arrogante hasta la médula, y con un encanto salvaje que hace temblar a cualquiera, Luca ha visto cómo el amor convirtió en sombras a hombres poderosos de su círculo más íntimo y juró jamás caer en esa trampa. Cuando un amigo de Eva se ve envuelto en un problema que podría arruinarle la vida, ella sabe que Luca es el único con suficiente influencia para ayudar. Pero ese favor tiene un precio: una propuesta inesperada que cambiará sus vidas para siempre. Luca no cree en el amor, pero no puede ignorar la conexión intensa y peligrosa que lo une a Eva. Ella, por su parte, se resiste a entregarse a un hombre que no le ofrece el corazón, solo el deseo. Sin embargo, cada vez que la toma entre sus brazos, el mundo parece desvanecerse y Eva empieza a preguntarse si el amor verdadero puede surgir incluso donde menos se espera. En el corazón ardiente de Texas, entre secretos, orgullo y pasión desbordante, Eva y Luca deberán enfrentarse al mayor desafío de todos: entregarse sin reservas o perderlo todo.
Leer másEl símbolo brillaba débil bajo la luz de la luna. Eva se quedó inmóvil, con el corazón golpeándole en el pecho. No era un garabato viejo ni un accidente en la roca: era la marca del Contador, reciente, hecha con intención.Se levantó despacio, apartando la mano de Luca de su cintura.—¿Qué pasa? —preguntó él, con la voz grave.Eva señaló la roca. Luca se inclinó, pasó los dedos sobre el grabado, y maldijo en voz baja.—Nos están cercando.—¿Cómo? —susurró ella, sintiendo que la garganta se le cerraba—. No puede ser casualidad.Luca la miró fijamente, los ojos oscuros como la noche.—Alguien está marcando el camino por nosotros.Al amanecer, Eva decidió no callar más. Cuando el grupo recogía sus cosas para continuar la marcha, los llevó hasta la roca y mostró el grabado.El silencio que siguió fue denso, mortal. Los hombres de Gabriel se miraron entre sí, inquietos. Elena frunció el ceño, su mano aferrada a la pistola. Marina abrazó a Santiago, como si quisiera esconderlo del mundo.Ga
La estación amaneció teñida de rojo, como si el desierto entero hubiera sangrado durante la noche. El símbolo del Contador seguía marcado en la pared, fresco, imposible de ignorar.Gabriel ordenó la partida al alba. Nadie discutió: quedarse allí era una sentencia de muerte.Eva montó con la carpeta asegurada bajo el poncho. Marina acomodó a Santiago sobre la montura, su respiración más tranquila gracias a la medicina, pero aún débil. Los hombres de Gabriel revisaban armas y provisiones con movimientos calculados, como si cada gesto formara parte de un ritual aprendido en demasiadas batallas.Luca cabalgaba a un lado de Eva, rígido, con el rifle cruzado en la espalda. No apartaba la vista de ninguno de los aliados nuevos. Sus ojos parecían cuchillos listos para cortar en cuanto alguien hiciera un movimiento en falso.—No me gusta esto —murmuró.Eva suspiró.—Nunca te gusta nada.Él giró hacia ella, con una sombra de sonrisa amarga.—Porque casi siempre tengo razón.El camino fue largo,
El eco de sus respiraciones aún flotaba en la penumbra de la estación cuando un ruido seco los hizo separarse. Eva y Luca se quedaron inmóviles, con el corazón latiendo como un tambor de guerra.No era el sonido del viento, ni el crujir de los rieles oxidados. Era algo más cercano, algo humano.Luca alzó el rifle en silencio, su mirada alerta, recorriendo la oscuridad. Eva, con la blusa aún desordenada, abrazó la carpeta instintivamente, sintiendo cómo la realidad regresaba con brutalidad.—Quédate atrás —susurró él, avanzando con pasos felinos hacia la esquina de la vieja oficina del jefe de estación.Un destello metálico brilló en la pared: un grabado, marcado con cuchillo o navaja. Luca se agachó para verlo mejor, y Eva, incapaz de quedarse quieta, se inclinó junto a él.El símbolo era simple: un círculo atravesado por dos líneas.Eva lo reconoció al instante.—Es la marca del Contador.La sangre se le heló en las venas. Aquella señal no estaba allí por casualidad. Era un aviso, un
El desierto se extendía bajo la luz pálida de la luna. Los caballos avanzaban despacio, arrastrando el cansancio de la batalla. Eva mantenía la carpeta apretada contra el pecho, como si fuera lo único que la mantenía en pie. Cada tanto miraba hacia atrás, a Marina, que sostenía a Santiago con ternura, susurrándole canciones viejas que apenas lograba entonar entre lágrimas.Delante, Gabriel guiaba al grupo junto a sus hombres. Sus siluetas recortadas contra la arena parecían fantasmas del pasado. Nadie hablaba. Solo el crujido de los cascos en la grava y el silbido del viento llenaban el aire.Luca cabalgaba a su lado, siempre alerta, el rifle colgando de su hombro. Sus ojos no se apartaban de Gabriel ni un segundo.—No me gusta esto —murmuró, lo bastante bajo para que solo ella lo escuchara.Eva suspiró.—Lo sé. Pero si seguimos solos, Santiago morirá antes del amanecer.Luca apretó la mandíbula, sin responder.Horas después, Gabriel levantó la mano y el grupo se detuvo.—Descansaremo
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