La estación amaneció teñida de rojo, como si el desierto entero hubiera sangrado durante la noche. El símbolo del Contador seguía marcado en la pared, fresco, imposible de ignorar.
Gabriel ordenó la partida al alba. Nadie discutió: quedarse allí era una sentencia de muerte.
Eva montó con la carpeta asegurada bajo el poncho. Marina acomodó a Santiago sobre la montura, su respiración más tranquila gracias a la medicina, pero aún débil. Los hombres de Gabriel revisaban armas y provisiones con movi