El desierto se extendía bajo la luz pálida de la luna. Los caballos avanzaban despacio, arrastrando el cansancio de la batalla. Eva mantenía la carpeta apretada contra el pecho, como si fuera lo único que la mantenía en pie. Cada tanto miraba hacia atrás, a Marina, que sostenía a Santiago con ternura, susurrándole canciones viejas que apenas lograba entonar entre lágrimas.
Delante, Gabriel guiaba al grupo junto a sus hombres. Sus siluetas recortadas contra la arena parecían fantasmas del pasado