El amanecer se extendía sobre el rancho cuando Eva salió con una pequeña mochila colgada al hombro. El aire estaba fresco, pero el cielo ya prometía un día abrasador. La camioneta de Luca esperaba junto al portón principal, reluciente bajo la luz dorada. Él estaba apoyado contra la puerta, brazos cruzados, con esa expresión mezcla de fastidio y resignación que parecía reservada únicamente para ella.
—¿Segura de esto? —preguntó con voz grave cuando la vio acercarse.
—Más que nunca —replicó Eva,