Mundo de ficçãoIniciar sessãoSeis meses de matrimonio por contrato fueron suficientes para que Renata Alcántara entendiera que, para la dinastía Salcedo, ella solo era una pieza intercambiable con un precio de veintidós millones de dólares. Tras una bofetada pública y una acusación de intento de homicidio orquestada por la amante de su esposo, Renata es desterrada sin derecho a réplica.«Sal. Ahora». Dos palabras de Adriano Salcedo bastaron para destruir lo que ella creía real.Exiliada en la fría Vancouver y con la vida de su padre pendiendo de un hilo, Renata se ve obligada a firmar un acuerdo de confidencialidad perpetuo para salvar la pensión médica que lo mantiene vivo. Los Salcedo creen que han comprado su silencio y su desaparición. Lo que no saben es que Renata no se fue sola.Mientras la prensa la tacha de "psicópata" y Adriano se prepara para su nueva vida, Renata protege un secreto de siete semanas que late con la sangre del apellido que intentó borrarla. Como arquitecta, ella sabe que para derribar un imperio hay que identificar sus grietas, y ella lleva consigo la más grande de todas: el único heredero legítimo de Adriano.El contrato ha terminado, pero el diseño de su venganza apenas comienza. ¿Qué precio pagará el magnate de hielo cuando descubra que el hijo que tanto desea está en manos de la mujer que él mismo condenó al exilio?
Ler maisLa bofetada llegó antes que las palabras.
Renata sintió el impacto resonar en su cráneo, el sabor metálico de la sangre donde sus propios dientes cortaron el interior de su mejilla. El champán que sostenía se derramó sobre la seda azul de su vestido, manchas oscuras extendiéndose como evidencia de culpa.
—¡Intentaste matarme!
Estela Córdoba gritaba con una mano sobre el vientre, la otra señalándola acusadora. Su vestido rojo estaba perfectamente intacto. Ni una arruga. Ni un cabello fuera de lugar.
Renata parpadeó, desorientada. Segundos atrás estaba junto a la mesa de canapés, sola. Ahora todo el salón la miraba. Doscientas personas en trajes de diseñador, copas de cristal suspendidas a medio camino hacia bocas abiertas en shock.
—Yo no... —empezó.
—¡La vi! —la voz de Octavio Ibarra cortó desde el bar—. Estaban en lo alto de las escaleras. Hubo un forcejeo.
Las escaleras estaban al otro lado del salón. Renata ni siquiera había estado cerca.
—Eso es imposible, yo estaba...
—Las cámaras de esa zona están en mantenimiento —Octavio señaló hacia el balcón donde colgaba una lona de construcción—. Obras en la terraza. Qué conveniente.
El murmullo creció. Loca. Celosa. Siempre supe que había algo raro en ella.
La puerta del salón se abrió.
Renata supo quién era antes de girar. Lo sintió en la forma en que el aire cambió, en cómo las conversaciones murieron. Adriano Salcedo entraba a los espacios como los depredadores: silencioso, letal, imposible de ignorar.
Sus ojos grises la encontraron.
Nada. Ni sorpresa, ni duda, ni una pregunta. Solo hielo.
—Adriano —Renata extendió una mano hacia él, consciente de lo patético del gesto—. Ella está mintiendo.
Él miró la mano como si fuera algo contaminado.
—¿Estás embarazada? —le preguntó a Estela. No a Renata. A la mujer que sangraba lágrimas de cocodrilo contra su hombro.
—De tres meses —sollozó Estela—. Tu hijo. Y ella quiso...
—Basta —la voz de Adriano era escalpelo—. Renata, sal. Ahora.
No "¿qué pasó?". No "déjame escuchar tu versión".
Solo: sal.
Renata sintió cómo algo dentro de su pecho se astillaba. No se rompió —eso vendría después— solo se agrietó lo suficiente para que el dolor comenzara a filtrarse.
—Escúchame —dijo, odiando cómo le temblaba la voz—. Solo cinco minutos...
—Te doy treinta segundos para salir por tu propio pie —Adriano se acercó, y el bergamota de su colonia la envolvió como veredicto—. O llamo a seguridad.
Los invitados grababan. Por supuesto que grababan. Esto sería viral antes del amanecer.
Renata caminó hacia la salida con la espalda recta, la cabeza alta, fingiendo que no escuchaba los susurros. Intentó matar a un bebé. Qué enferma. Pobre Adriano, atrapado con esa psicópata.
El pasillo del hotel era un túnel de espejos y mármol que multiplicaba su humillación al infinito. Renata caminó sin rumbo hasta que las voces se desvanecieron, hasta que el ruido de sus tacones fue lo único que la acompañaba.
El baño apareció como salvación. Empujó la puerta, encontró un cubículo, cerró el pestillo.
Y entonces sí se rompió.
No como en las películas. Se rompió feo: hiperventilando, con mocos y rímel corriendo en ríos negros, el corsé del vestido apretándole las costillas hasta que cada respiración dolía.
Se apoyó contra la pared fría. El vestido le quemaba la piel. Respiró una vez, dos veces.
Tres meses.
El número golpeó como un hueso roto. Firmó por su padre. Eso era todo lo que había sido ese papel. Pero una parte estúpida de ella había creído que con tiempo podría convertirse en algo real.
Adorablemente ingenua.
La náusea la golpeó como puño en el estómago.
Renata apenas tuvo tiempo de girarse antes de vomitar en el inodoro. Una vez, dos veces, hasta que solo quedó bilis amarga y arcadas secas.
Se quedó ahí, de rodillas sobre el mármol frío, jadeando.
No.
Sus manos volaron a su vientre plano. El retraso. Los mareos. La sensibilidad que ignoró porque dolía menos que admitir la verdad.
No, no, no.
Pero su cuerpo no mentía.
La puerta del baño se abrió. Pasos de tacones. Renata contuvo la respiración.
—¿Renata? —la voz era joven, insegura—. Soy Camila. Del equipo de catering. Yo... yo te vi. Antes del incidente.
Renata abrió el pestillo. Una chica de quizás veinte años la miraba con ojos enormes, uniforme negro perfectamente planchado.
—Estabas junto a la mesa de canapés cuando Estela gritó —continuó Camila en voz baja—. Yo estaba rellenando las bandejas. Tú ni siquiera volteaste hacia las escaleras. Fue imposible que...
—¿Se lo dirías a alguien? —Renata se puso de pie, aferrándose a esa ramita de esperanza—. ¿A la seguridad del hotel?
Camila bajó la mirada.
—El señor Ibarra ya habló con mi supervisor. Me ofrecieron cinco mil dólares por... por no recordar nada.
Por supuesto. El dinero siempre ganaba.
—¿Los aceptaste?
Camila la miró. Dudó. Bajó la vista.
—Necesito el trabajo.
Y se fue, dejando a Renata sola con la verdad: nadie la creería. Nadie la defendería.
Estaba completamente sola.
Renata se lavó la boca en el lavabo, evitando su reflejo en el espejo. Salió del baño con pasos mecánicos, esperando encontrar el pasillo vacío.
Adriano estaba ahí.
Apoyado contra la pared, brazos cruzados, esperándola como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Firmaste un contrato —dijo sin preámbulo—. Seis meses de matrimonio. Faltan dos semanas.
—¿Y? —Renata descubrió que ya no le importaba sonar desafiante.
—Y voy a acelerarlo —sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta—. Divorcio. Firma mañana. Mi abogado pasará a las nueve.
—¿Por qué esperar? —Renata tomó el sobre—. Trae la pluma. Firmo ahora.
Algo cruzó por el rostro de Adriano. Demasiado rápido para identificarlo.
—Mañana —repitió—. Y después desapareces. Vancouver, si quieres. Tengo contactos allá. Un trabajo, un apartamento. Todo arreglado.
Vancouver. Al otro lado del mundo. Donde nadie conocía su nombre ni su vergüenza.
—¿Y mi padre?
—Su pensión médica se mantiene. Mientras no vuelvas a aparecer en mi vida.
Renata asintió. Qué eficiente. Qué limpio. Adriano Salcedo resolviendo problemas como siempre: con dinero y distancia.
—Una pregunta —dijo antes de poder detenerse—. Esa noche. La noche de bodas. ¿Fue real o solo... cumplir con el contrato?
Adriano la miró durante un largo momento. Sus dedos se movieron hacia el puño de su camisa, abrochando un botón que ya estaba cerrado. Un gesto de control que reveló todo lo que su rostro ocultaba.
Luego sonrió, y fue la cosa más cruel que Renata había visto.
—¿Importa?
Y se fue, sus pasos resonando en el mármol hasta desvanecerse en silencio.
Renata se quedó sola en el pasillo, sosteniendo papeles de divorcio y un secreto que le quemaba el vientre.
Afuera llovía. Cada gota borraba un poco más su nombre.
El martes de la tercera semana, Adriano llevó a Valentina al primeredificio de Gastown.Thomas los recibió a las nueve y media con el cuaderno del proyectoarchivado en la caja de documentación que guardaba en el almacén delsitio. No porque fuera necesario revisarlo. Sino porque era el tipo decosa que Thomas hacía cuando quería que quien viniera pudiera leer elorigen del resultado, no solo el resultado.Valentina lo tomó.Lo abrió en la primera página.—El diagnóstico inicial —dijo.—Antes de tocar nada. —Thomas señaló la fecha—. Dieciséis de agosto delaño pasado.Valentina leyó la primera página. Luego la segunda. Luego fuedirectamente a las últimas cuatro páginas, que eran las del selladofinal y el resultado de adhesión definitivo.—Noventa y cinco coma tres —dijo.—Noventa y cinco coma tres. —Thomas no cambió el tono—. Con el promediode los cuatro puntos de medición. El punto de mayor densidad dio noventay ocho.Valentina miró la fachada del primer edificio de Gastown.Era
El jueves de la segunda semana, Renata y Valentina fueron juntas al EastSide.No para trabajo de intervención. Para la revisión mensual del curado,que era la que Thomas hacía siempre pero que esta vez Renata habíadecidido que era el momento correcto para que Valentina viera cómofuncionaba el sistema de verificación desde adentro.Thomas tenía el cuaderno actualizado cuando llegaron.Los datos de las últimas cuatro semanas del curado del NHL 2. La curvade adhesión que seguía subiendo lentamente pero con la direccióncorrecta. El registro fotográfico de los mismos puntos de medición cadados semanas para poder comparar la evolución visual del curado.—¿Por qué los mismos puntos de fotografía? —preguntó Valentina.—Porque la evolución visual del curado solo es comparable si lareferencia es la misma. —Thomas abrió el cuaderno en la sección defotografías—. Si cambias el ángulo o la distancia entre tomas, estáscomparando dos cosas distintas que parecen la misma.Valentina asintió.—
Valentina Ríos llegó a Vancouver el lunes siguiente con dos maletas y elcuaderno de campo en la mano.No en el equipaje de mano. En la mano. Lo cual era también una forma dedecir que el cuaderno no era un accesorio de trabajo sino parte delcuerpo de trabajo mismo, tan integrado que separarlo del resto hubierarequerido una decisión que no valía la pena tomar.Renata la fue a buscar al aeropuerto.Sin Elena. Adriano se quedó en el apartamento porque el aeropuerto noera el lugar correcto para los primeros cinco meses y porque había cosasque debían ocurrir entre profesionales antes de que ocurrieran entrepersonas con toda la complejidad añadida de los bebés y los apartamentosy las plantas de bambú que siempre necesitaban agua.El coche desde el aeropuerto tardó cuarenta minutos por el tráfico de lahora punta del lunes.—¿Dónde estás alojada? —preguntó Renata.—Hotel en el centro por ahora. —Una pausa—. Sara Reyes me mandóinformación sobre apartamentos en el East Side.—¿Ya habla
El viernes, Valentina vio el East Side.No en el orden cronológico de la intervención sino en el orden inverso:empezaron por el último tramo aplicado, que era el más reciente y el quetodavía tenía el curado activo, y fueron hacia atrás hasta llegar a lasprimeras juntas del primer tramo, que llevaban siete meses curadas y queeran las que decían lo que el mortero NHL 2 hacía cuando el tiempo erasuficiente.Thomas llevaba el cuaderno. Valentina llevaba el suyo propio.A las diez de la mañana, Valentina se detuvo frente a la primera juntadel primer tramo.La midió.La fotografió.La miró sin el medidor.—¿Cuánto dio a los treinta días? —preguntó.—Noventa y uno —dijo Thomas—. A los noventa días dio noventa y cuatro.—¿Tres puntos en dos meses?—El NHL 2 en ladrillo de arcilla alta tiene esa curva. —Thomas señaló elpunto en el cuaderno—. La adhesión inicial es moderada pero el curado alargo plazo supera al del NHL 3.5 en el mismo material.—¿Lo esperabas?—No lo esperaba. Lo observ
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