Mundo ficciónIniciar sesiónAlisson Harper creía que el éxito profesional compensaría su corazón roto, pero una noche de lluvia y despecho la arrojó a los brazos de Massimiliano Magnus Fitzwilliam Lombardo, un hombre tan implacable como el imperio que dirige. Tras un encuentro fortuito que terminó en una pasión desesperada y el juramento mutuo de no volver a verse, el destino los vuelve a reunir en los pasillos de una agencia de marketing: él como el nuevo y tiránico Director General, y ella como la empleada que debe ocultar bajo una máscara de eficiencia el hecho de que lleva a su heredero en el vientre. En un juego de poder y desprecio, Massimiliano utiliza su frialdad para castigar el recuerdo de esa noche, mientras Alisson lucha contra una madre abusadora y el terror de revelar su secreto. Sin embargo, la tensión estalla cuando el muro de arrogancia de Massimiliano se desmorona al descubrir la verdad en la libreta personal de Alisson. Unidos por un lazo de sangre que ninguno planeó, ambos deberán decidir si su historia es una tragedia marcada por la traición o el inicio de un amor destinado a sobrevivir por encima de los prejuicios y las ambiciones familiares.
Leer másEl aroma del pollo frito inundaba el taxi, un olor que para Alisson Harper siempre había sido sinónimo de celebración, más cuando se trataba de comer junto a él, "su mejor amigo", pero también la persona que amaba en secreto. llevaba en su regazo sostenía la bolsa de papel y un pack de bebidas; ese día acababa de recibir la noticia que tanto había esperado: era la nueva Directora Creativa Senior.
todavía se sentía en las nubes y pensaba que era un sueño pero efectivamente era una realidad Su primer pensamiento fue Julian. Su mejor amigo, el hombre que ella creía que la conocía mejor que nadie. Alisson bajó del taxi frente al edificio de él, ignorando que la lluvia empezaba a caer con fuerza. Subió por el ascensor con el corazón latiendo a mil por hora, convencida de que esa noche marcaría un antes y un después entre ambos. Al llegar a la puerta, no llamó. Con la confianza ciega de quien se siente en casa, digitó su código personal en la cerradura electrónica. Julian le había dado esa clave diciéndole que jamás necesitaría pedir permiso para entrar. Ese simple acto de teclear los números fue, en realidad, el inicio de su caída. La puerta se abrió con un clic casi inaudible. Alisson dio un paso al frente con una sonrisa radiante, lista para gritar la noticia, pero el aire se le congeló en los pulmones cuando escuchó ruidos provenientes de su habitación. La puerta estaba entreabierta y allí pudo verlo, estaba completamente perdido en otra persona. Las risitas y los gemidos de la mujer rubia que estaba sobre él, hicieron que su estómago se revolviera. Él tenía los ojos cerrados, con una expresión de entrega absoluta que Alisson jamás le había visto. Sabía que no tenía derecho de enfadarse, pero en el fondo se rompió, porque estuvo esperanzada a un "amor de pareja", lejos de solo una relación enmarcada por la amistad que tenían. El impacto fue tan físico que sus manos perdieron toda fuerza; la bolsa de papel golpeó el suelo con un sonido seco y las latas de bebida rodaron por la madera, esparciéndose por la entrada. Julian se tensó. Se detuvo un segundo, como si hubiera escuchado un eco, pero no se separó de la mujer. —¿Julian? ¿Qué fue eso? —susurró la rubia, mirando de reojo hacia el umbral. —No debe ser nada... el viento, o algún vecino —soltó él con la voz ronca, sin molestarse siquiera en levantarse para revisar. Alisson sintió que el estómago se le revolvía. Verlo allí, tan indiferente, le dolió intensamente. Sin más, salió de allí con el alma hecha pedazos. Cerró la puerta y justo en ese momento Julian decidió revisar esta vez, pero la rubia tiró de su brazo para que terminara lo que había empezado. Alisson bajó las escaleras sintiendo que el aire le faltaba y salió a la calle justo cuando el cielo se rompía en una tormenta feroz. Empapada en segundos, con el sabor amargo de la desilusión quemándole el pecho, caminó sin rumbo. Estaba sola, con un ascenso que ahora le parecía vacío y un corazón que acababa de entender que nunca fue prioridad para nadie. Caminó bajo la lluvia repentina y cruel hasta que sus pies ardieron, deteniéndose en una tienda de conveniencia. Compró más alcohol con el último rastro de lucidez que le quedaba; quería anestesiar el vacío. Se sentó en algún lugar y bebió hasta que la realidad se volvió borrosa y su dolor se transformó en una rabia líquida y peligrosa. —¡Al diablo con todos! —gritó, tambaleándose mientras intentaba cruzar la avenida principal. Sus tacones resbalaron en el asfalto mojado. Las luces de la ciudad nocturna se volvieron nada ante la luz cegadora de aquel auto negro que cortaba la noche a toda velocidad. Y el chirrido del freno atravesó sus oídos, desorientada con el alcohol y el shock de casi un impacto fatal, perdió el equilibrio, sus rodillas raspadas por el asfalto. La puerta del conductor se abrió con violencia y Massimiliano Fitzwilliam bajó del auto, ignorando que su traje de tres piezas se arruinaba. Su rostro estaba lleno de furia. —¡Me... me has matado! —balbuceó Alisson, señalándolo con un dedo tembloroso desde el suelo, claramente fuera de sí—. ¡Asesino! —¿Asesino? —Massimiliano soltó una carcajada amarga y gélida mientras se acercaba a ella como un depredador—. Escúchame bien, mujer, tú te has lanzado contra mi auto. Si hay un criminal aquí, eres tú por poner en riesgo a los demás con tu cuerpo lleno de alcohol, porque claramente estás borracha, mírate nada más. ¡Levántate ahora mismo! Massimiliano miró a su alrededor con pánico calculado. Sabía que los reporteros lo acechaban tras rumores sobre cualquier cosa de su vida, estaba harto. Cualquier escándalo sería la munición perfecta para sus enemigos. Al ver que ella no se movía, que estaba causando problemas y las cornetas sin parar que no dejaban de sonar, se dirigió a su auto, pensaba avanzar y dejarla allí, huir de cualquier posible escándalo en los medios. Pero ella lo empeoró todo. —No puedes dejarme aquí, maldito asesino. ¡Llamaré a la policía! —gritó Alisson, intentando ponerse en pie pero tambaleándose—. ¡Voy a denunciarte! Tan pronto como ella soltó eso, la alarma dentro de él se disparó. "¡Mañana estarás en todas las noticias! ¡El gran magnate deja morir a una mujer en el fango!" Pensó. Pero ella tiraba solo amenazas al aire. Así que se acercó a ella y la levantó de un tirón, ahora las luces estaba sobre ellos y seguramente la atención de algunos también. —No vas a denunciar a nadie porque no tienes ni idea de con quién estás hablando —siseó él, tomándola con firmeza de los hombros para estabilizarla—. Solo mírame, ¿Crees que me importa tu pequeña rabieta de borracha? —¡Auxilio! ¡Alguien que me ayude! —exclamó ignorandolo y provocando que algunos conductores bajaran del auto, ante aquello Massimiliano supo que debía evitar más problemas. —¡Basta! —rugió Massimiliano, perdiendo los estribos. La pegó a su cuerpo para ahogar sus gritos, sintiendo el calor de Alisson contrastando con la lluvia helada, ella lo miró y trató de zafarse—. No voy a dejar que arruines mi vida. Sube al auto. Ahora. —No lo haré... —murmuró ella, aunque sus piernas ya no la sostenían. Sin esperar respuesta, él la cargó en brazos y la metió en el asiento del copiloto —. Déjeme ya, he dicho que me suelte. Alisson forcejeó un segundo dentro del auto, tratando de abrir la puerta. —¿No puedes quedarte callada? Maldición —siseó enfadado. —¡Déjame salir! Massimiliano se inclinó sobre ella para abrocharle el cinturón de seguridad, quedando a milímetros de sus labios. La miró con una intensidad que habría hecho temblar a cualquiera. —Si vuelves a tocar esa manija, te juro que te dejo en la siguiente gasolinera a tu suerte. Quédate quieta y guarda silencio —escupió tan cerca de ella, que Alisson contuvo el aliento y apretó las piernas por inercia. —Eres... un dictador —susurró ella, hipando, mientras se sentía tan desorientada. —Y tú eres un desastre —apuntó él, cerrando la puerta con un golpe seco. Massimiliano arrancó con un rugido. Durante el trayecto, el silencio era tan profundo. Él conducía con una mano firme, lanzándole miradas de reojo a esa mujer que acababa de poner en jaque su reputación. Ella, por su parte, se dedicó a patear suavemente el tablero de fibra de carbono. —No patees el auto —gruñó él. —No debió subirme a su auto, ¿Quién se cree eh? —balbuceó Alisson antes de que el sueño empezara a dominarla. Y, él solo pensaba en deshacerse de ella pronto. Pero el destino no tenia exactamente esos planes.Alisson comenzó a guardar sus pertenencias con movimientos mecánicos, sintiendo que el cuerpo le pesaba una tonelada. De pronto, al inclinarse para recoger su bolso, el mundo se inclinó con ella. El suelo de la oficina pareció ondularse y una mancha oscura invadió su visión periférica. —¡Harper! —el grito de Massimiliano sonó lejano, como si viniera desde el fondo de un túnel. Antes de que sus rodillas tocaran el alfombrado, unos brazos fornidos y firmes la atajaron. El calor del cuerpo de Massimiliano la envolvió, y por un segundo, sus brazos fuertes fueron lo único estable en su universo. Él la sostuvo con una fuerza que desmentía su frialdad habitual; sus ojos azules, por un breve instante, perdieron su brillo gélido para llenarse de alarma genuina mientras escaneaban el rostro pálido de ella. —Estoy bien... suélteme —susurró Alisson, recuperando el aliento y apartándose con torpeza en cuanto sintió que la sangre regresaba a su cabeza. Massimiliano la soltó, pero sus manos qued
En menos de una semana, la oficina se había transformado en un campo de minas para todos, en especial para Harper. Massimiliano Fitzwilliam no era un director; era un tirano que exigía más que perfección, volviéndose el terror de cada pasillo. Esa mañana, el estruendo de una carpeta golpeando un escritorio de cristal hizo que todos se tensaran en sus sitios. Desde su despacho, la voz de Massimiliano se filtró. —¡Este informe es una basura! —rugió. Un ejecutivo salió segundos después, con el rostro encendido de vergüenza y los papeles desordenados. Massimiliano era directo, estricto y terriblemente regañón. No aceptaba excusas y su gestión era un látigo de hierro que estaba agotando a todo el equipo. Para Alisson Harper, el desafío era doble: lidiar con las náuseas que le revolvían el estómago y con la indiferencia gélida de su jefe. A media mañana, Massimiliano salió de su oficina y se detuvo justo frente al escritorio de Alisson. El silencio cayó sobre el área común. —Señor
Ocho semanas. Alisson Harper sentía que cada uno de esos días había sido una batalla contra su propia memoria. Su ascenso a Directora Creativa Senior le exigía una energía que ya no tenía; su mente era vacilante entre el orgullo profesional y el recuerdo de una noche que no debía existir. Esa mañana, el mundo decidió dejar de girar. Alisson se despertó con el cuerpo convertido en su propia prisión. El techo de su habitación parecía balancearse en medio de la nada. No era solo el agotamiento; era ese olor a café que subía desde el piso inferior lo que le revolvió el estómago de forma violenta. Se cubrió la boca y corrió al baño, cayendo de rodillas. Recordó las palabras de su compañera el viernes: "Alisson, estás enferma. Esos mareos no son normales". Con los dedos temblando tanto que casi no podía sostener la pequeña caja de la farmacia, realizó la prueba que adquirió tras esa duda sembrada. No, no estaba enferma, y ella sabía en el fondo que podía estar pasando, aunque aterrada.
La luz del sol se filtró por los ventanales inteligentes del penthouse, aclarando los cristales de forma automática. Alisson abrió los ojos y el primer sonido que registró fue el de su propio corazón latiendo con fuerza contra sus sienes. El peso del brazo de un hombre rodeando su cintura la hizo reaccionar con un pavor gélido. Giró la cabeza milímetro a milímetro. A su lado, Massimiliano Fitzwilliam dormía profundamente. Alisson sintió que el pánico le cerraba la garganta al recordar la mesa de mármol y la entrega absoluta de la noche anterior. Sin pensarlo, se deslizó fuera de las sábanas, recogió su ropa con manos temblorosas y se vistió en un silencio sepulcral. Salió del edificio como un fantasma, huyendo de milagro antes de que el mundo despertara. Al entrar en su pequeño departamento, el silencio la golpeó. Se sentía sucia, tonta y aturdida. Se dejó caer contra la puerta cerrada, abrazando sus rodillas mientras los sollozos empezaban a escapar de su garganta. ¿Cómo había pa
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