Mundo ficciónIniciar sesiónDiez años. Diez años fue lo que tardó en convertirme en la mujer que destroza corazones antes de que destrocen el mío. Valeria Santibáñez aprendió la lección más dolorosa de su vida cuando Dante Esquivel, el amor de su existencia, la abandonó dos días antes de su boda para casarse con una heredera. Desde entonces, construyó murallas de hielo alrededor de su corazón y se convirtió en la reina indiscutible del despecho: entra, conquista, destruye, abandona. Sin remordimientos. Sin excepciones. Pero el pasado tiene una forma cruel de regresar. Cuando Valeria se enreda en una aventura prohibida con Alonso Garcés, el prometido de su hermana menor, no imagina que está encendiendo la mecha de su propia destrucción. Y justo cuando cree tener el control absoluto, Dante reaparece después de una década, decidido a recuperarla, a explicar, a redimirse. Dos hombres. Una venganza pendiente. Un corazón que juró nunca volver a sentir. Valeria inicia un juego peligroso donde planea humillar a Dante como él la humilló, seducir a Alonso por pura venganza contra su hermana perfecta, y salir ilesa con su armadura intacta. Pero en el ajedrez del amor y el odio, las piezas tienen voluntad propia... y los sentimientos que creía muertos están más vivos que nunca. En el juego de la venganza, la única regla es no enamorarse. Pero Valeria está a punto de descubrir que algunas reglas están hechas para romperse... aunque eso signifique romperse a sí misma en el proceso.
Leer másLa mano de Alonso se deslizaba por debajo del vestido de Valeria mientras, tres pisos arriba, su hermana brindaba por su futuro matrimonio con el hombre que gemía el nombre equivocado en la oscuridad.
El callejón detrás del restaurante La Europea olía a basura húmeda y pecado recién cometido. El Mercedes negro de Alonso Garcés estaba estacionado en las sombras, con las ventanas empañadas por el calor de dos cuerpos que no deberían estar juntos. La música del salón de eventos en el tercer piso se filtraba débilmente hasta el asfalto mojado, una melodía alegre que celebraba un futuro que Valeria estaba destruyendo metódicamente con cada beso robado.
Los dedos de Alonso encontraron el encaje de su ropa interior, y Valeria dejó escapar un suspiro que no era completamente fingido. Había algo adictivo en la traición, en el sabor prohibido de los labios de un hombre que pertenecía a otra mujer. Especialmente cuando esa otra mujer era Camila Santibáñez, la hermana perfecta, la hija favorita, la niña de oro que jamás había tenido que luchar por nada en su vida privilegiada.
—Valeria... —murmuró Alonso contra su cuello, con la voz ronca por el deseo y algo que sonaba peligrosamente cercano a la adoración—. No puedo dejar de pensar en ti. Esto es una locura, pero...
Ella presionó sus labios contra los de él, cortando las palabras antes de que pudieran convertirse en promesas. Valeria había aprendido hacía mucho tiempo que las promesas de los hombres eran tan frágiles como el cristal, y se rompían con la misma facilidad cuando aparecía una oferta mejor. No necesitaba sus palabras dulces. Solo necesitaba esto: el control absoluto sobre un hombre que se suponía debía amar a su hermana, la satisfacción amarga de saber que ella era quien lo hacía temblar de esta manera.
Las manos de Alonso subieron por sus muslos con una urgencia que hablaba de semanas de encuentros clandestinos, de llamadas tarde en la noche, de mensajes borrados y mentiras cuidadosamente construidas. Valeria arqueó la espalda contra el asiento de cuero, dejando que él creyera que tenía el control, cuando la verdad era que cada movimiento, cada gemido, cada segundo de este encuentro había sido orquestado por ella con la precisión de una directora de orquesta dirigiendo una sinfonía de autodestrucción.
El teléfono de Valeria vibró violentamente en el asiento del copiloto, iluminando el interior del auto con su resplandor azulado. Ella extendió la mano sin apartar los labios del cuello de Alonso, con los dedos buscando el dispositivo mientras él desabrochaba el cierre de su vestido con manos temblorosas.
El nombre en la pantalla brilló como una acusación: Camila.
Valeria se apartó de Alonso con un movimiento fluido, ignorando su gemido de protesta. Deslizó el dedo sobre la pantalla y leyó el mensaje con una expresión que no reveló absolutamente nada de lo que sentía por dentro.
"Hermana, ven ya. Alonso no aparece y estoy preocupada. ¿Lo has visto?"
Una risa escapó de los labios de Valeria, baja y oscura, con un filo que podría haber cortado diamantes. Alonso se tensó inmediatamente, con los ojos verdes fijos en su rostro mientras el pánico comenzaba a reemplazar el deseo en su expresión.
—¿Qué pasa? —preguntó él, con la voz llena de una culpa que llegaba demasiado tarde para importar.
—Tu prometida te extraña —respondió Valeria, acomodándose el vestido con movimientos deliberadamente lentos—. Deberías regresar antes de que baje a buscarte y nos encuentre aquí. Aunque... —sus labios se curvaron en una sonrisa que no alcanzó sus ojos oscuros—, sería bastante dramático, ¿no crees?
Alonso la sujetó de la muñeca cuando ella intentó abrir la puerta del auto. Su agarre era firme, desesperado, como el de un hombre que se está ahogando y busca algo a qué aferrarse.
—Valeria, tenemos que hablar de esto. De nosotros. Yo... Dios, no puedo seguir mintiendo. No puedo casarme con Camila cuando todo lo que quiero es...
—¿Es qué? —lo interrumpió ella, girando para mirarlo directamente a los ojos—. ¿Quieres estar conmigo? ¿Quieres dejarla por mí? ¿Quieres construir un futuro basado en la traición y la mentira?
La esperanza brilló en los ojos de Alonso como una llama estúpida y condenada.
—Sí. Sí a todo eso. Valeria, lo que siento por ti...
—Lo que sientes por mí es lujuria, Alonso —dijo Valeria con una frialdad que había perfeccionado durante diez años de construir murallas alrededor de su corazón—. Es la emoción de lo prohibido. Es el sabor de algo que no puedes tener. Pero no es amor. Y definitivamente no es suficiente para que destruyas tu vida.
Se liberó de su agarre con un movimiento brusco y salió del auto antes de que él pudiera detenerla. El aire frío de octubre en la Ciudad de México golpeó su piel acalorada como una bofetada de la realidad. Valeria cerró la puerta del Mercedes con más fuerza de la necesaria y caminó hacia las sombras del callejón sin mirar atrás, con sus tacones Louboutin resonando contra el pavimento mojado como una sentencia.
Detrás de ella, escuchó cómo Alonso salía del auto, cómo sus pasos la seguían durante tres segundos completos antes de detenerse. Sabía que él estaba mirándola alejarse, probablemente con esa expresión de confusión y dolor que los hombres siempre ponían cuando ella los dejaba queriendo más. Pero Valeria no se giró. Nunca se giraba. Esa era una de sus reglas inquebrantables.
El callejón olía a lluvia reciente y a los desperdicios de los restaurantes caros que rodeaban la zona. Valeria caminó hasta el final, donde las luces de la avenida Presidente Masaryk brillaban con la promesa de taxis y escape. Su teléfono vibró de nuevo en su mano, y ella lo miró esperando otro mensaje angustiado de Camila.
Pero el número que apareció en la pantalla era desconocido. Un código de área internacional. Y debajo del número, una fotografía que hizo que el mundo se detuviera violentamente a su alrededor.
Dante Esquivel.
Su Dante. El Dante que la había abandonado hace diez años. El Dante que le había enviado un mensaje de texto dos días antes de su boda diciendo que lo sentía, que se casaba con otra mujer, que esperaba que ella lo entendiera. El Dante que había tomado su corazón de dieciocho años y lo había pulverizado en algo tan pequeño y roto que nunca había podido reconstruirlo completamente.
En la fotografía, Dante estaba bajando de un jet privado en lo que claramente era el aeropuerto internacional de la Ciudad de México. Llevaba un traje oscuro que probablemente costaba más que el alquiler mensual de la mayoría de las personas, con el cabello negro peinado hacia atrás de esa manera que solía hacer cuando tenía reuniones importantes. Seguía siendo devastadoramente hermoso, con esos ojos que alguna vez la habían mirado como si ella fuera lo único que importaba en el mundo.
Debajo de la foto, un mensaje en letras blancas que quemaron sus retinas:
"Volví por ti. Esta vez no escaparás."
El teléfono tembló en la mano de Valeria, pero no por el frío de la noche. Durante diez años, había construido una fortaleza alrededor de sí misma. Diez años convirtiéndose en la mujer que abandonaba primero, que controlaba cada situación, que nunca, jamás, permitía que alguien la lastimara de nuevo. Diez años de relaciones superficiales, de hombres que entraban y salían de su vida sin dejar marca, de un corazón que había aprendido a latir sin sentir realmente nada.
Y ahora él regresaba.
El recuerdo llegó sin invitación, rápido y brutal como un golpe en el estómago. Valeria a los dieciocho años, con su vestido de novia colgado en el armario, con las invitaciones ya enviadas, con su corazón lleno de una inocencia que nunca recuperaría. El mensaje de texto que había leído una y otra y otra vez hasta que las palabras se habían grabado en su cerebro como una cicatriz: "Lo siento. Me caso con Minerva. Ella está embarazada y su familia puede salvar la empresa de mi padre. Espero que lo entiendas."
No lo había entendido. Aún no lo entendía. Pero había aprendido a vivir con ello. Había aprendido a convertir ese dolor en algo útil, en armadura, en el combustible que la mantenía fría y calculadora y completamente intocable.
Valeria miró la fotografía durante cinco segundos completos. Luego, con dedos que no temblaron en absoluto, escribió una sola palabra:
"Bienvenido."
Envió el mensaje y guardó el teléfono en su bolso de mano. Una sonrisa se dibujó lentamente en sus labios, pero no era una sonrisa amable. Era la sonrisa de una depredadora que acaba de avistar a su presa después de una larga espera. Era la sonrisa de una mujer que había pasado diez años esperando exactamente este momento sin saberlo.
Si Dante Esquivel quería regresar a su vida, ella lo recibiría con los brazos abiertos. Y luego lo destruiría con tanta meticulosidad y precisión que desearía haberse quedado en Europa con su ex esposa y sus errores pasados.
El teléfono vibró de nuevo. Esta vez era una llamada. El nombre de Camila apareció en la pantalla acompañado de la fotografía de su hermana sonriendo con esa felicidad inconsciente que solía provocarle náuseas.
Valeria contestó con voz perfectamente modulada, dulce como la miel envenenada.
—Hola, hermanita. ¿Qué pasa?
La voz de Camila sonaba temblorosa, al borde de las lágrimas.
—Hermana, Alonso finalmente apareció, pero está actuando muy raro. Distante. Como si su mente estuviera en otro lugar. Yo... —hubo una pausa donde Valeria escuchó cómo su hermana intentaba no llorar—. ¿Tú crees que me esté ocultando algo? ¿Crees que ya no quiere casarse conmigo?
Valeria cerró los ojos por un segundo, saboreando el momento. La ironía era tan perfecta que casi dolía. Cuando los abrió de nuevo, su sonrisa se había ensanchado hasta convertirse en algo genuinamente aterrador.
—No, Camila —dijo con una certeza que era completamente falsa—. Estoy completamente segura de que Alonso te ama. Probablemente solo está nervioso por la boda. Es normal. Todo va a estar bien.
Escuchó cómo su hermana suspiraba con alivio al otro lado de la línea.
—Tienes razón. Estoy siendo tonta. Gracias, hermana. Te amo.
—Yo también te amo —mintió Valeria con una facilidad que hablaba de años de práctica.
Colgó el teléfono y levantó la mano para llamar a un taxi que pasaba por la avenida. Mientras el vehículo se detenía frente a ella, Valeria miró hacia arriba, hacia el tercer piso del restaurante donde las luces brillaban alegremente y la música seguía tocando.
Arriba, su hermana celebraba un futuro que nunca llegaría. Abajo, Valeria acababa de encender la mecha que destruiría todo.
Y lo mejor de todo era que nadie sospechaba que el verdadero monstruo en esta historia llevaba un vestido de diseñador y una sonrisa perfecta.
La casa familiar de los Santibáñez olía a dinero viejo y secretos más viejos aún, y Valeria estaba a punto de descubrir que su vida nunca había sido realmente suya.El amanecer llegó sin piedad y encontró a Valeria completamente despierta en su departamento de Polanco, con los ojos fijos en el techo blanco mientras los primeros rayos de luz se filtraban a través de las cortinas que había olvidado cerrar. No había dormido ni un solo minuto. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Dante a centímetros del suyo, sentía el sabor de sus labios, escuchaba su voz susurrando "mentirosa" contra su boca.Y luego veía a Alonso, recostado contra su Mercedes en el estacionamiento, con esa expresión de traición que había cortado algo dentro de ella que ni siquiera sabía que aún podía sentir.Valeria se levantó de la cama con movimientos que se sentían mecánicos, casi robóticos. Sus pies descalzos tocaron el piso de madera fría mientras caminaba hacia el baño, encendiendo las luces con un in
Entrar a Casa Bellavista era como cruzar las puertas del infierno, excepto que el diablo usaba traje Armani y esperaba a Valeria con una copa de vino que ella una vez prometió beber en su luna de miel.El departamento de Valeria en Polanco estaba sumido en un silencio que vibraba con la tensión de las decisiones imposibles. Eran las seis y media de la tarde, y ella estaba parada frente al espejo de cuerpo completo en su habitación, observando a una mujer que reconocía y al mismo tiempo le parecía completamente extraña. Su closet estaba abierto detrás de ella, con docenas de opciones colgando en perchas ordenadas por color, pero sus manos habían regresado una y otra vez al mismo vestido negro.Era un Saint Laurent de corte impecable, con mangas largas y un escote que sugería sin revelar, ceñido al cuerpo pero con una elegancia que mantenía todo a raya. No era seductor. Era una declaración de guerra envuelta en seda italiana.Valeria se lo puso con movimientos mecánicos, subiendo el cie
Valeria había pasado diez años construyendo murallas alrededor de su corazón, y Dante Esquivel acababa de regresar con una excavadora lista para demolerlas todas.La sala de conferencias en el piso veintidós del edificio corporativo en Paseo de la Reforma olía a café recién hecho y a la tensión característica de las negociaciones internacionales de alto nivel. Valeria estaba sentada en su cabina de traducción simultánea, con los auriculares puestos y los dedos volando sobre el teclado mientras su voz fluía sin esfuerzo entre español, inglés y mandarín. Los ejecutivos de la empresa automotriz alemana que negociaban con sus contrapartes mexicanas no tenían idea de que la mujer que traducía cada palabra técnica, cada matiz legal, cada amenaza velada entre cortesías corporativas, había pasado la noche anterior sin dormir, obsesionada con un mensaje de texto y un fantasma del pasado.—El punto tres del contrato especifica claramente que las patentes de los componentes eléctricos permanecer
La mano de Alonso se deslizaba por debajo del vestido de Valeria mientras, tres pisos arriba, su hermana brindaba por su futuro matrimonio con el hombre que gemía el nombre equivocado en la oscuridad.El callejón detrás del restaurante La Europea olía a basura húmeda y pecado recién cometido. El Mercedes negro de Alonso Garcés estaba estacionado en las sombras, con las ventanas empañadas por el calor de dos cuerpos que no deberían estar juntos. La música del salón de eventos en el tercer piso se filtraba débilmente hasta el asfalto mojado, una melodía alegre que celebraba un futuro que Valeria estaba destruyendo metódicamente con cada beso robado.Los dedos de Alonso encontraron el encaje de su ropa interior, y Valeria dejó escapar un suspiro que no era completamente fingido. Había algo adictivo en la traición, en el sabor prohibido de los labios de un hombre que pertenecía a otra mujer. Especialmente cuando esa otra mujer era Camila Santibáñez, la hermana perfecta, la hija favorita,
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