Cuatro segundos

Adriano no durmió.

No era el insomnio cómodo del hombre que se levanta cansado y sigue funcionando. Era otra cosa. Una vigilancia seca, rencorosa, alimentada por el nombre de Octavio Ibarra y por la sensación de que había estado defendiendo la parte equivocada de una historia demasiado tiempo.

A las tres de la mañana volvió a caminar por el ala oeste de la Torre Salcedo.

Se detuvo frente a la habitación de Renata.

La puerta estaba cerrada. La habitación vacía. Pero el olor seguía ahí, sutil, ca
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