Adriano no durmió.
No era el insomnio cómodo del hombre que se levanta cansado y sigue funcionando. Era otra cosa. Una vigilancia seca, rencorosa, alimentada por el nombre de Octavio Ibarra y por la sensación de que había estado defendiendo la parte equivocada de una historia demasiado tiempo.
A las tres de la mañana volvió a caminar por el ala oeste de la Torre Salcedo.
Se detuvo frente a la habitación de Renata.
La puerta estaba cerrada. La habitación vacía. Pero el olor seguía ahí, sutil, ca