La pantalla del banco decía lo mismo que llevaba horas diciéndole su propio cuerpo.
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Renata apagó el teléfono. Lo encendió otra vez. La misma frase volvió a mirarla, implacable, como si el idioma pudiera volverse más cruel por repetición.
Sobre la mesa del apartamento seguían los trescientos cuarenta dólares canadienses que le quedaban en efectivo. Dos billetes, monedas sueltas, el tipo de dinero que solo sirve p