La náusea llegó en el ascensor, entre el tercer y el segundo piso.Renata se apoyó contra la pared metálica y respiró por la nariz hasta que el mundo dejó de moverse tanto. Había aprendido a contar hasta ocho. A veces funcionaba. Hoy funcionó a medias.Las puertas se abrieron en el lobby.Caminó hacia la salida con la espalda recta y el bolso apretado bajo el brazo. Nadie la miró. En ese edificio nadie miraba a nadie, y a esa altura eso ya se parecía a un gesto de compasión.La clínica quedaba a seis cuadras al norte.Renata fue caminando bajo la lluvia fina de Vancouver, sin paraguas, porque no tenía, y porque el frío húmedo al menos la despertaba. El agua le ordenaba la cabeza mejor que el café.La doctora se llamaba Ana Leighton. Treinta y tantos, voz serena, manos limpias. Hizo preguntas directas, sin rodeos, sin la lástima que Renata ya estaba agotada de anticipar.—¿Último período?—Hace nueve semanas, más o menos.—¿Pruebas caseras?—Dos. Las dos positivas.Ana asintió y tomó n
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