La náusea llegó antes de que llegara la orden.Renata la sintió en el pasillo: una oleada caliente que le subió desde el estómago hasta la garganta mientras caminaba hacia el estudio principal. Se apoyó un segundo contra la pared fría, respiró por la nariz, la contuvo. No aquí. No ahora.El pasillo del ala oeste nunca le había parecido tan largo. Los retratos de los antepasados Salcedo la miraban desde sus marcos dorados —empresarios, políticos, un general— con ese desprecio sin esfuerzo que solo da el dinero heredado. Renata caminó bajo esas miradas con la espalda recta, la mandíbula apretada, y los pies moviéndose solos porque era lo único que podía controlar.El vestido azul de anoche seguía en el suelo de su habitación. Ella había elegido unos jeans y el primer suéter que encontró, y aun así se sentía desnuda. El teléfono silenciado en el bolsillo pesaba como una piedra: ya sabía lo que mostraría. Tres millones de reproducciones o diez millones, el número no cambiaba lo que había
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