Sombras en Vancouver

La náusea llegó en el ascensor, entre el tercer y el segundo piso.

Renata se apoyó contra la pared metálica y respiró por la nariz hasta que el mundo dejó de moverse tanto. Había aprendido a contar hasta ocho. A veces funcionaba. Hoy funcionó a medias.

Las puertas se abrieron en el lobby.

Caminó hacia la salida con la espalda recta y el bolso apretado bajo el brazo. Nadie la miró. En ese edificio nadie miraba a nadie, y a esa altura eso ya se parecía a un gesto de compasión.

La clínica quedaba
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