El edificio de La Candelaria olía a madera vieja y a esa humedad específica que acumulan los siglos en las paredes de barro cocido cuando nadie las gestiona correctamente durante demasiado tiempo.
Renata lo notó antes de entrar. Desde la acera, con la cámara en la mano y el cuaderno de campo abierto, lo olió: el olor del edificio que lleva décadas resistiendo sin que nadie le dé lo que necesita para seguir haciéndolo.
Era el 13 de agosto. Veintinueve semanas y un día.
La arquitecta del Grupo Sa