Mundo ficciónIniciar sesión«—¡Sí, mi bonita! ¡Así! ¡No te detengas! —gruñó él, sus dedos hundiéndose en sus cadera mientras la marcaba como suya en la oscuridad. —Oh, joder… Mi Capitán… Tu padre está en la habitación de al lado, nos va a escuchar… —jadeó ella, con la voz rota por el placer y el miedo—. Pero, joder… ¡no te detengas, cavernícola! Dame más». Maya Nikos era la joya de la corona de la élite griega, una bailarina cuya vida fue vendida al mejor postor: Viktor Petrova, un hombre poderoso, implacable y lo suficientemente mayor para ser su padre. Desesperada, Maya decidió que el abismo de los acantilados de Palamidi era mejor que una cama compartida con un monstruo. Lo que no planeó fue que un primate uniformado la rescataría antes de que el mar la reclamara. Connor Petrova, el Capitán de la unidad de rescate, no solo salvó su cuerpo; reclamó su voluntad. Tras el accidente, Maya finge una amnesia conveniente para ocultarse a plena vista bajo el apodo de "Bonita", pero no sabe que su salvador guarda secretos más oscuros que los suyos. Bajo su uniforme de héroe, se esconde un hombre con una sed insaciable de control, un experto en el arte de la dominación que reconoce una mentira a kilómetros de distancia. Él sabe exactamente quién es ella: la prometida de su padre. Ella sabe exactamente quién es él: el hombre que la posee en las sombras. En un juego de rol donde la sumisión es la única regla y el peligro de ser descubiertos es el mejor afrodisíaco, Connor no tiene intenciones de entregar su trofeo. En la ciudad de Palamidi, el fuego no solo apaga incendios; consume reputaciones, lealtades y familias enteras. ¿Qué pesa más: la sangre de un padre o el deseo prohibido por su mujer?
Leer másLa lluvia en Palamidi no caía; castigaba. Era un diluvio bíblico que borraba la línea entre el cielo plomizo y el mar Egeo, que rugía furioso cien metros más abajo, estrellándose contra los acantilados de piedra caliza. Para Maya Nikos, ese estruendo era la única melodía que encajaba con el caos de su alma.
Llevaba un vestido de seda blanca, ahora empapado y pegado a su cuerpo como una segunda piel fría. Sus pies descalzos resbalaban en el borde del precipicio. Un paso más. Solo uno. Y la pesadilla terminaría. No habría boda con Viktor Petrova, no habría más sumisión a los caprichos de su padre, Stavros. Solo silencio.
Cerró los ojos, inclinándose hacia adelante, saboreando la libertad del vacío.
—¡Ni se te ocurra, maldita sea!
La voz no fue un grito, fue un trueno que cortó el viento. Maya abrió los ojos de golpe, girándose con brusquedad. A diez metros, emergiendo de la cortina de agua como un titán oscuro, estaba un hombre. Llevaba el uniforme pesado de bombero, la chaqueta negra con bandas reflectantes amarillas brillando bajo la luz intermitente de las sirenas que, a lo lejos, rasgaban la noche.
Era joven, quizás unos años mayor que ella, pero su presencia llenaba el espacio. Su cabello oscuro estaba empapado, pegado a la frente, y una barba de pocos días acentuaba la mandíbula apretada por la furia y la determinación. Sus ojos, oscuros y penetrantes, estaban fijos en ella, no con lástima, sino con una orden directa.
—¡Atrás! —gritó Maya, su voz apenas un hilo contra el viento. Dio un paso más hacia el borde. Una piedra suelta rodó hacia el abismo.
El bombero se detuvo en seco, levantando las manos enguantadas en un gesto de aparente calma, aunque sus músculos estaban en tensión máxima.
—Tranquila. Solo quiero hablar —dijo él, su voz extrañamente calmada ahora, profunda y autoritaria—. Me llamo Connor. Soy el Capitán de la unidad de rescate. Dame tu mano.
—No quiero tu ayuda, Connor —escupió ella, el pánico mezclándose con la adrenalina—. No quiero que nadie me salve. Déjame en paz.
—No funciona así, bonita —respondió él, dando un paso corto y calculado hacia adelante—. Mi trabajo es asegurarme de que nadie muera hoy bajo mi guardia. Y tú pareces una bailarina que ha perdido el escenario, no una mujer que quiere terminar con todo.
Esas palabras la golpearon. ¿Cómo sabía que era bailarina? Su postura, su equilibrio incluso en ese borde traicionero... la había leído en segundos.
—No sabes nada de mí —replicó Maya, sintiendo una extraña indignación—. A veces, la única forma de ganar es rindiéndose.
—Rendirse es de cobardes —dijo Connor, ahora a solo cinco metros. Su mirada era un desafío—. Y tú no pareces cobarde. Pareces... furiosa. Úsala. Úsala para dar un paso hacia mí, no hacia el puto vacío.
—¡No entiendes! —gritó ella, las lágrimas mezclándose con la lluvia en su rostro—. Si vuelvo... si me encuentran... es peor que la muerte.
—Nada es peor que la muerte, créeme. He visto suficientes cadáveres para saberlo —Connor dio otro paso. Estaba peligrosamente cerca—. Dame tu mano, joder. Solo eso.
Maya miró el abismo, luego a Connor. Había algo en ese hombre, una fuerza telúrica que la atraía y la aterrorizaba al mismo tiempo. Dudó. El viento sopló con una ráfaga traicionera, empujándola.
—¡Cuidado! —gritó Connor.
Se lanzó hacia ella en el mismo momento en que el pie de Maya resbalaba en el barro líquido. Ella gritó, sintiendo el vacío reclamándola. Pero no cayó sola.
Connor la atrapó por la cintura con una fuerza brutal, un ancla humana. El impacto de su cuerpo contra el de ella fue ensordecedor. Pero el impulso los arrastró a ambos. No cayeron al abismo, pero rodaron violentamente por la pendiente empinada y llena de rocas y matorrales espinosos que precedía al precipicio.
Fue un torbellino de dolor, seda rota, barro y uniformes pesados. Maya sentía los golpes de las piedras en la espalda, el peso de Connor tratando desesperadamente de proteger su cabeza con sus brazos enguantados mientras rodaban sin control. Sus cuerpos estaban entrelazados en una lucha desesperada contra la gravedad.
—¡Mierda! —gruñó Connor, su voz cortada cuando su hombro impactó contra una roca grande.
El mundo giraba. Maya sentía el olor a tierra mojada, a humo y al perfume varonil y sudoroso de Connor. Por un segundo, sus rostros estuvieron a centímetros, la respiración entrecortada de él golpeando su mejilla, sus ojos oscuros clavados en los de ella con una intensidad posesiva que la dejó sin aliento, no por el golpe, sino por la extraña conexión que sintió. No era el rescate de un héroe; era la captura de un depredador.
Entonces, el giro terminó. Impactaron contra un saliente de piedra que detuvo su caída a pocos metros del borde real. El golpe fue brutal. Maya sintió un dolor agudo en la sien y, de repente, la luz de la tormenta se apagó.
El silencio fue inmediato.
Connor, jadeando, se incorporó lentamente sobre sus codos. El dolor en su hombro era intenso, pero lo ignoró. Debajo de él, la chica estaba inerte. Su vestido blanco estaba marrón de barro, su cabello rojo extendido como un charco de sangre en la piedra mojada. Estaba pálida, demasiado pálida.
—¿Eh? ¿Bonita? — Connor le dio unos golpecitos suaves en la mejilla con su guante embarrado. Nada.
El pánico, el verdadero pánico de un rescatista que ve a su víctima desvanecerse, lo invadió. Se quitó los guantes rápidamente, sus manos ahora libres y frías buscaron el pulso en su cuello delicado. Estaba allí. Débil, rápido, pero allí.
—Capitán, ¿dónde está? —La voz de Elias, su segundo al mando, llegó desde arriba, cortando la lluvia. Las linternas tácticas empezaron a barrer la zona.
Connor miró a la chica desmayada. No tenía ni idea de quién era. Solo sabía que era la mujer más hermosa y obstinada que había visto en su vida, y que casi se le escapa de las manos. La rabia por su estupidez se mezcló con una extraña y oscura fascinación. Se había lanzado al abismo para salvarla, y en esos segundos en que rodaron juntos, sintió algo que no debería haber sentido.
—¡Aquí abajo! —gritó Connor, su voz recuperando la autoridad—. Está inconsciente. Ha recibido un golpe fuerte en la cabeza. Necesitamos la camilla de rescate técnico. ¡Dante, Luka, bajad con cuidado!
Se quedó solo con ella de nuevo. La lluvia seguía cayendo, pero ahora Connor la usaba para limpiar un poco el barro de la cara de la chica. Sus dedos recorrieron la línea de su mandíbula, su sien herida.
—No sé qué te asusta tanto ahí arriba, bonita —susurró, su voz ahora baja, casi peligrosa—, pero te prometo que, a partir de ahora, vas a desear haber saltado. Porque no pienso dejar que nadie más te toque... hasta que yo diga cómo y cuándo.
Fue una promesa, no un consuelo. Y mientras Luka y Dante bajaban rapelando con el equipo, Connor Petrova se juró a sí mismo que esta "bailarina sin escenario" se convertiría en su proyecto más personal.
La mañana en Palamidi entró por la ventana con un sol radiante que no encajaba para nada con el humor de perros de Maya. Estaba sentada a la mesa de madera, todavía envuelta en la camisa de cuadros de Connor —que ahora olía a ella y a café—, viendo cómo los dos bomberos devoraban huevos fritos como si no hubieran comido en una semana.—No —dijo Connor, sin siquiera mirarla, mientras cortaba un trozo de pan.—¡Ni siquiera he terminado la frase, cavernícola! —protestó Maya, golpeando la mesa con la palma de la mano.—Ibas a decir que quieres venir a la estación porque te aburres aquí encerrada. Y la respuesta es no. Es una zona de trabajo, no un centro de día para bailarinas con amnesia —Connor levantó la vista y se topó con el arma secreta de Maya: un puchero perfecto. Los labios fruncidos, los ojos verdes brillantes y esa expresión de absoluta injusticia.Dante, que estaba a mitad de un bocado, se detuvo en seco. —Oh, venga, Cap... Mira esa cara. Parece un gatito abandonado bajo la ll
La casa de Connor y Dante era exactamente como Maya esperaba: techos de madera, paredes de piedra y un desorden masculino que gritaba "aquí no vive ninguna mujer". Sin embargo, la cocina estaba impecable. Mientras Connor se movía con una eficiencia sorprendente entre ollas, el aroma a ajo, aceite de oliva y especias griegas empezó a llenar el aire.—No te quedes ahí pasmada, bonita —dijo Connor sin volverse, mientras picaba cebolla con una velocidad envidiable—. Ve a arriba. Dante te ha dejado ropa limpia sobre la cama de la habitación del fondo. Dúchate y quítate ese olor a hospital.Maya le dedicó una mueca a su espalda —una que él no pudo ver, pero que seguramente presintió— y subió las escaleras refunfuñando.—Primate mandón... —masulló mientras entraba al cuarto.Sobre la cama, en efecto, había una pila de ropa. Maya entró al baño, se dio una ducha rápida y, al salir, buscó algo que ponerse. Vio una camisa de franela a cuadros rojos y negros, suave y de aspecto cómodo. "Seguro es
Maya bajó las escaleras de la estación arrastrando los pies, vestida con unos pantalones de chándal de algodón gris que le quedaban un poco grandes y una camiseta de tirantes negra que Micaela le había prestado. Se veía pequeña, casi frágil, si no fuera por la llamarada de determinación que desprendían sus ojos verdes.Al llegar a la planta baja, encontró a Connor apoyado contra el parachoques del camión de bomberos, con los brazos cruzados y una expresión de suficiencia que le daban ganas de abofetearlo.—Micaela dice que te mudas —soltó Connor sin preámbulos, su voz resonando en el hangar vacío—. A mi casa. Ahora.Maya se detuvo en seco, a tres metros de él. —¿Perdona? He debido de golpearme la cabeza más fuerte de lo que pensaba, porque he creído oír que voy a vivir contigo. La respuesta es un "no" rotundo, absoluto y eterno, Capitán Cavernícola.Connor se separó del camión con una lentitud felina. Cada paso que daba hacia ella parecía acortar el oxígeno en la habitación. —No es un
La estación de bomberos de Palamidi era un edificio de techos altos y ecos constantes, pero en la zona de las duchas, el vapor y el silencio solían ser la norma. Maya acababa de terminar de quitarse el rastro de barro y salitre de su piel. Se sentía renovada, envuelta en una toalla blanca que apenas le llegaba a la mitad del muslo, cuando la vio.Era enorme. O al menos, en su estado de nervios, parecía del tamaño de una langosta. Una araña peluda descansaba pacíficamente sobre su sandalia.—¡AAAAHHHH! ¡POR LOS DIOSES! —el grito de Maya rebotó en los azulejos.Sin pensar, sin medir las consecuencias de su desnudez parcial y olvidando por completo su papel de "víctima amnésica", Maya salió disparada del área de duchas hacia el salón principal, donde los chicos estaban revisando el equipo.Connor estaba de espaldas, guardando una manguera, cuando sintió un impacto directo. Maya, impulsada por el puro terror arácnido, saltó sobre su espalda, rodeando su cintura con las piernas y hundiendo
Último capítulo