Deseos Impuros

Deseos ImpurosES

Romance
Última actualización: 2023-11-25
Blanca Rios  Completo
goodnovel18goodnovel
9.4
34 Reseñas
79Capítulos
22.9Kleídos
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Resumen
Índice

Karen creia haber encontrado al amor su vida, su esposo Joshep Torres un importante arquitecto multimillonario que buscaba a la mujer perfecta para ser su esposa, era el hombre sus sueños o eso creia hasta despues de su boda que empezó a notar que su comportamiento no era el mismo, intentando encontrar una explicación a su actitud distante con ella, trata de disfrutar de su luna de miel, pero sus planes dan un giro inesperado cuando conoce al extraño Vladimir Vermilion, un extraño que no solo estará dispuesto de adueñarse de su mente, si no también de su corazon y de su cuerpo pero, podrá Karen mantener mantener su matrimonio en pie después de probar lo prohibido?

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Capítulo 1

CAPITULO 1

Karen se miró al espejo, sintiendo cómo el corazón le latía con una fuerza desbocada contra las costillas; estaba maravillosamente abrumada por el inminente comienzo de su nueva vida junto a Joseph. Él no era solo su pareja, era una fuerza de la naturaleza que la hacía sentirse emocionada y viva. Un arquitecto multimillonario cuya imponente presencia parecía moldear el mundo a su antojo, de la misma forma en que trazaba las líneas de sus fríos e imponentes rascacielos. Aún recordaba vívidamente aquella tarde que la sintió extraña y fuera de lugar en la que chocaron accidentalmente. Ella iba saliendo exhausta de su trabajo, distraída, cuando tropezó de frente contra el pecho firme de un desconocido. Al levantar la vista y encontrarse con aquellos ojos oscuros y magnéticos, no fue una simple chispa lo que estalló entre ellos, sino una corriente eléctrica que la consumió por completo; una atracción ineludible que desafió toda razón. Ahora, después de un año de aquel cruce del destino que le robó el aliento, el peso del oro y los diamantes en su dedo anular le confirmaba que al fin estaban casados. Las maletas ya aguardaban junto a la puerta, sellando la promesa de una luna de miel donde, lejos de las miradas del mundo, se entregarían por completo a esa pasión que había estado esperando con ansias.

Aunque el rechazo de su elitista familia se había manifestado en gélidas amenazas y cenas convertidas en auténticos campos de batalla, pero ninguna advertencia fue suficiente para doblegar la voluntad de Joseph. Para él, la opinión de su gran familia no era más que ruido de fondo. Él ya había tomado una decisión irrevocable desde aquel y nadie lo pudo obligar a lo contrario, porque para él, el instante en que su mirada capturó a la hermosa castaña entre la multitud de un mundano centro comercial fue algo que despertó sin desearlo. Karen era la encarnación exacta de la mujer que deseaba coronar como su esposa. A menudo, Joseph observaba con desdén a las hijas de los magnates y socios comerciales que su familia intentaba imponerle: mujeres vacías, prefabricadas y moldeadas por la frivolidad del dinero. Ninguna de aquellas herederas de cristal poseía el fuego, la autenticidad y la devoción que Karen le entregaba sin reservas. Para la alta sociedad, el único e imperdonable defecto de la joven era su falta de abolengo y su cuna humilde; pero para Joseph, esa supuesta falla de no pertenecer a una alta posición solo la hacía más suya, una joya invaluable que él estaba dispuesto a proteger del mundo entero, sin importar a quién tuviera que enfrentar en el proceso.

Joseph la tomó por la cintura, acercándola a su cuerpo con esa firmeza que a ella tanto le fascinaba y conocía muy bien que la hacía estremecer.

—¿Lista para nuestra luna de miel? —susurró él, con una voz profunda y aterciopelada que le erizó la piel.

—¡Más que lista! —chilló Karen, incapaz de contener la emoción, envolviendo sus brazos alrededor del cuello de su esposo. La idea de tener a ese hombre imponente para ella sola durante semanas enteras la embriagaba por completo.

Se dispusieron a subir al lujoso auto negro que los aguardaba con el motor en marcha, pero la brillante sonrisa de Karen se congeló en sus labios de golpe. Al otro lado del vehículo, de pie con una postura rígida y sosteniendo una tableta con frialdad calculada, se encontraba una presencia que le revolvió el estómago. Era la asistente personal de su ahora esposo. Karen la observó de arriba a abajo, sin disimular el amargo disgusto que le provocaba esa mujer de traje impecable y mirada siempre vigilante que parecía inmiscuirse en su intimidad.

La perfecta burbuja de felicidad amenazaba con romperse. Karen se tensó en los brazos de Joseph y lo miró a los ojos, con un tono de abierto reproche.

—Dijiste que solo seríamos nosotros dos —le reclamó en un susurro áspero, sintiendo una repentina punzada de territorialidad—. Es nuestro viaje de bodas.

Él notó de inmediato la rigidez en el cuerpo de su esposa. Con un movimiento suave pero dominante, acunó el rostro de Karen entre sus manos grandes y depositó un beso lento y tranquilizador en su frente.

—Cariño... —murmuró Joseph, acariciando su mejilla con el pulgar para aplacar su molestia—. El imperio que construyó mi familia no duerme, lo sabes bien. Ella solo irá por si surge algún imprevisto corporativo que sea de suma importancia. Te doy mi palabra de que será como una sombra, como si no existiera. Ya verás que ni siquiera recordarás que está cerca —prometió, mirándola con una intensidad tan profunda y devoradora que disipó sus dudas—. En este viaje, mi atención te pertenece absoluta y exclusivamente a ti.

Karen tragó grueso, sintiendo un nudo de insatisfacción apretándole la garganta. Las palabras de Joseph sonaban seguras y eso le daban un poco más de seguridad en que así sería, pero su instinto femenino seguía en alerta roja. Sin embargo, se mordió el interior de la mejilla para contener la réplica; se negaba rotundamente a permitir que la simple sombra de esa mujer empañara las primeras horas de su luna de miel.

El lujo desmedido del resort de cinco estrellas apenas logró distraerla. La furia de Karen volvió a encenderse, ardiendo bajo su piel en un silencio sepulcral, cuando al llegar al piso VIP descubrió la distribución de las habitaciones. Joseph había alojado a su asistente en la suite inmediatamente contigua a la suya. Solo una elegante pared la separaba de su santuario nupcial. Sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos, sintiendo aquella cercanía como una intrusión imperdonable.

Obligándose a respirar hondo, decidió tragarse el orgullo y no iniciar una guerra por lo que él llamaría "pequeñeces sin sentido". El esfuerzo pareció rendir frutos; bajaron a la playa privada y la tensión se disolvió bajo el sol abrasador. Disfrutaron de una tarde idílica entre las olas, donde el mar fue el único testigo de sus besos salados y risas compartidas. Durante esas horas perfectas, la asistente brilló por su ausencia, devolviéndole a Karen la paz y la ilusión de ser los únicos habitantes de aquel paraíso.

Exhausta tras un día cargado de emociones, Karen visualizó el cierre perfecto para la velada. Quería recrear la magia sencilla de cuando eran novios: pedir servicio a la habitación, acurrucarse entre las sábanas de seda y ver una película abrazada al pecho de su marido. Con esa dulce expectativa latiendo en su pecho, salió del cuarto de baño con una toalla envuelta en su cuerpo. Pero el mundo de fantasía se le derrumbó de golpe. Sus planes íntimos se hicieron añicos al instante. Allí estaba Joseph, dándole la espalda, ajustándose el reloj y los gemelos de plata sobre un impecable traje oscuro hecho a la medida, luciendo de pronto tan distante, inalcanzable y frío como uno de sus propios edificios.

La ilusión de Karen se desvaneció tan rápido como la humedad de su piel cuando la sangre se le subió a la cabeza de la decepción. Apretó los bordes de la toalla contra su pecho, sintiendo de pronto que la enorme habitación de hotel se había vuelto insoportablemente fría y demasiado asfixiante.

—¿Vas a salir? —preguntó. Detestó cómo su voz tembló ligeramente, traicionando la profunda decepción que le oprimía el pecho.

Joseph se giró hacia ella, terminando de abotonar su saco con movimientos elegantes y calculados. La miró con esa indulgencia que a veces la hacía sentir diminuta, como si ella fuera una niña caprichosa que no entendía cómo funcionaba el mundo de los adultos.

—Amor, olvidas que habíamos acordado ir al casino un rato después de estar en la playa toda la tarde —respondió él, con un tono suave pero impregnado de esa autoridad natural de quien está acostumbrado a que sus planes jamás se discutan.

Karen frunció el ceño, dando un paso al frente. La confusión rápidamente dio paso a una punzada de abierta indignación.

—¿Qué? Pero si yo no recuerdo haber acordado eso en ningún momento —replicó, alzando la barbilla para sostenerle la mirada—. Es más, creí que pediríamos la cena a la habitación y veríamos una película juntos. Acurrucados, a solas. Tal y como lo hacíamos antes.

Joseph dejó escapar un suspiro casi imperceptible y caminó hacia ella, invadiendo su espacio personal con ese aroma embriagador a loción costosa y poder absoluto.

—Karen... —murmuró, inclinándose apenas para buscar sus ojos, con una mezcla de cansancio y condescendencia—. ¿En serio quieres que hagamos exactamente lo mismo de siempre cuando nos encontramos de luna de miel en uno de los paraísos más exclusivos del mundo? ¿No te apetece salir, ponerte ese vestido que compré para ti y hacer algo diferente?

La sutil insinuación de que sus planes eran mediocres o insuficientes, sumada a la frustración reprimida por la asistente en la puerta de al lado, fue la gota que derramó el vaso. Su corazón se endureció. Lo miró fijamente a esos ojos oscuros, cerrando cualquier brecha de vulnerabilidad.

—No —dijo cortante, dejando que esa única palabra cayera entre los dos como un bloque de hielo.

El silencio que siguió a la cortante negativa de Karen fue pesado, casi asfixiante. Joseph tensó la mandíbula por una fracción de segundo, leyendo en los ojos de su esposa que aquella inquebrantable barrera no cedería. Sin embargo, Joseph, molesto y el magnate que llevaba dentro no estaba acostumbrado a dar un paso atrás. El llamado del casino, la adrenalina cruda de las apuestas y la necesidad de mantener el control eran una tentación demasiado fuerte como para ignorarla por un berrinche. Con un suspiro de molestia contenida, suavizó sus facciones y se acercó a ella, depositando un beso rápido y superficial en su frente; un roce que a Karen le supo a cenizas y a compromiso vacío.

—Solo será un rato, preciosa. No voy a perder esta oportunidad de relajarme, pero te doy mi palabra de que estaré de vuelta en exactamente una hora —le susurró, utilizando esa voz profunda y persuasiva que solía derretir todas sus defensas—. Cuando vuelva me pondré cómodo y veremos lo que tú quieras, ¿tenemos un trato?

Karen no muy convencida asintió lentamente, tragándose la amargura como si fuera cristal molido, aferrándose desesperadamente a esa frágil promesa. Pero en el instante en que la pesada puerta de roble se cerró a espaldas de su esposo con un clic metálico, la imponente suite nupcial perdió todo su encanto. De pronto, se sentía como una jaula de oro exquisitamente decorada, enorme, fría y dolorosamente vacía.

El tiempo comenzó a arrastrarse con una lentitud agónica. Los sesenta minutos prometidos se consumieron en el reloj digital de la mesita de noche, dando paso a una hora y media, y luego a dos. La soledad se le pegó a la piel, provocándole un escalofrío. Para acallar el nudo de abandono y ansiedad que se retorcía en su estómago, decidió pedir servicio a la habitación. Encendió el inmenso televisor, subiendo el volumen para ahogar el silencio sepulcral que dominaba la estancia, intentando convencerse de que la llave de Joseph giraría en la cerradura en cualquier segundo.

Tres golpes secos resonaron contra la madera de la entrada, arrancándola de sus pensamientos.

—Servicio de habitaciones —anunció una voz amortiguada desde el pasillo.

Karen se puso de pie de un salto, ajustándose la bata de seda sobre los hombros. Abrió la puerta y recibió el carrito plateado con una sonrisa automática. Sin embargo, en cuanto el empleado se dio la vuelta y ella levantó la reluciente campana de metal, un aroma fuerte y rancio inundó sus fosas nasales. Aquello no era la cena ligera que había pedido.

—¡Oiga, disculpe, espere! —exclamó, reaccionando por puro instinto.

Salió disparada hacia el pasillo, olvidando por completo que iba en bata. Sus pies descalzos se hundieron en la espesa alfombra, mientras el aire acondicionado del corredor le erizaba la piel de golpe. Corrió los escasos metros hacia los elevadores, pero la suerte le dio la espalda. Llegó justo a tiempo para ver cómo las pesadas puertas de acero se cerraban implacablemente frente a su rostro, cortando su respiración y dejándola allí, sola, con la frustración quemándole la garganta.

Karen mordisqueó su labio inferior, trazando círculos nerviosos con los dientes mientras sopesaba sus opciones. La idea de arrastrar aquel pesado carrito metálico por los interminables pasillos del hotel, vistiendo apenas una delgada bata de seda, le resultaba humillante y terriblemente tediosa. "No, mejor llamo a recepción desde la habitación y exijo que vengan a solucionarlo", decidió, soltando un bufido de exasperación.

Giró sobre sus talones y comenzó a trotar de regreso hacia su suite, sintiendo el roce frío de la alfombra bajo las plantas de sus pies descalzos. Iba deprisa, con la frustración nublándole el juicio, cuando de repente, por el rabillo del ojo, captó el inconfundible destello de un traje oscuro doblando la esquina del pasillo. Su corazón dio un vuelco doloroso. "¿Joseph?", pensó. Giró el rostro hacia atrás por instinto, perdiendo de vista el camino frente a ella por una fracción de segundo fatal.

Fue entonces cuando ocurrió. Sin darse cuenta de que, a escasos centímetros de ella, la puerta de otra habitación se había abierto de golpe por el mismo error en el servicio de comida, Karen chocó de frente contra un muro de músculo sólido. El impacto le robó el aliento y desequilibró su cuerpo por completo.

Cerró los ojos, soltando un jadeo ahogado, preparándose mentalmente para el duro golpe contra el suelo. Pero la caída nunca llegó. Un brazo fuerte, tenso y peligroso se cerró alrededor de su cintura como una banda de acero caliente, deteniéndola en el aire con una firmeza y una facilidad asombrosas.

Al abrir los ojos y alzar la vista, el aire abandonó sus pulmones de manera definitiva. Se quedó paralizada, abrumada por la pura magnitud de la presencia masculina que la sostenía contra su cuerpo.

—Y-Yo... —tartamudeó, sintiendo que la garganta se le secaba al instante, incapaz de formular un pensamiento coherente.

—Debería ver por dónde va.

Las palabras golpearon el silencio del pasillo con la fuerza de un latigazo. Su voz era un barítono profundo, ronco y áspero, una vibración oscura que viajó desde el pecho del desconocido hasta el vientre de Karen, erizándole cada milímetro de piel bajo la seda. Era un tono dominante que exigía absoluta sumisión.

Incapaz de apartarse, los ojos de Karen se anclaron en los de él. Eran una anomalía hipnótica, un océano de un azul gélido y penetrante que se fracturaba con feroces destellos de un verde esmeralda cerca del iris. Era una mirada salvaje, depredadora y magnética. Karen quedó atrapada por completo en aquel abismo bicolor, olvidando cómo respirar, olvidando su enojo e, incluso, olvidando que era una mujer casada.

—¡¡Vladimir, cariño!!

El grito agudo y femenino de una mujer que asomaba por una de las puertas rompió el trance como un cristal estallando en mil pedazos.

"Se llama Vladimir", repitió la mente de Karen, aturdida, saboreando el peso de ese nombre en absoluto silencio.

El sonido de esa voz femenina la sacó violentamente de su estupor. El calor subió a sus mejillas de golpe al darse cuenta de la posición en la que se encontraba: aferrada a los hombros de un extraño extremadamente atractivo, casi pegada a su torso. Apoyó las palmas en el duro pecho de él para empujarse y recuperar el equilibrio, aunque sus piernas temblaban traicioneramente.

—Lo... Lo siento mucho —balbuceó, retrocediendo un paso torpe, intentando aferrarse a la primera excusa coherente para justificar su torpeza—. Es que... es que me llevaron la comida equivocada y yo...

Una risa grave, oscura y cargada de una burla irresistible brotó del pecho de Vladimir ante la evidente falta de reacción de la chica. El sonido reverberó en el pasillo, rompiendo de tajo el trance de Karen. La humillación le subió por el cuello como una llamarada ardiente al darse cuenta de lo vulnerable y torpe que debía verse, paralizada frente a él. Sin añadir una sola palabra, el pánico escénico se apoderó de su cuerpo; giró sobre sus talones y echó a correr hacia su suite como si la persiguiera el mismo diablo. Entró de un portazo, giró el pestillo con manos temblorosas y apoyó la espalda contra la fría madera, dejándose resbalar lentamente hasta que su cuerpo golpeó el suelo alfombrado.

—¡Qué fue eso! ¡Karen, eres una completa idiota! —se regañó a sí misma en un susurro desesperado, escondiendo el rostro encendido entre las palmas de las manos, sintiendo cómo el corazón le martilleaba furiosamente contra las costillas.

Apenas había logrado estabilizar su respiración cuando tres toques firmes en la puerta la hicieron dar un salto. «Al fin, el servicio de habitaciones», pensó, alisando apresuradamente la seda de su bata antes de abrir. Sin embargo, la poca sangre que le quedaba en el rostro lo abandonó de golpe. Su respiración se atascó en la garganta. Allí, llenando todo el marco de la puerta con su imponente y peligrosa presencia, estaba el mismo hombre de hace unos minutos. Karen palideció, quedándose petrificada y con los labios entreabiertos, incapaz de articular un solo sonido bajo el peso escrutador de esos ojos bicolores.

—Dijiste algo sobre un error con la comida —interrumpió él, con esa voz áspera que volvió a erizarle cada milímetro de piel—, por lo que deduje que eres tú la que pidió esto.

Con un gesto fluido de su gran mano, señaló el carrito que traía consigo. Karen parpadeó, saliendo abruptamente de su letargo al comprender que sus pedidos se habían cruzado. Con agitación, corrió a buscar el carrito erróneo que ella tenía y lo empujó hacia la entrada.

—Lo siento muchísimo. Su esposa seguramente debe estar muy molesta por todo este retraso —soltó Karen con nerviosismo, recordando el grito de aquella mujer.

—¿Esposa? —repitió Vladimir, arrugando el ceño. Una sombra de genuina confusión cruzó sus facciones, pero de inmediato, su aguda mirada descendió, atrapando el destello de la joya en el dedo anular de Karen.

«Es una verdadera pena que esté casada», pensó él. Y aunque no pronunció las palabras en voz alta, una chispa oscura y calculadora brilló en las profundidades de sus ojos esmeralda y zafiro.

De pronto, Vladimir soltó una carcajada corta y ronca. Le resultaba absurdamente fascinante que esa mujer tan frágil se estuviera culpando por la incompetencia del hotel.

—Lamento los problemas... —intentó decir Karen, sintiéndose cada vez más pequeña, sin entender la gracia de la situación—. Yo...

—Buenas noches —la cortó él suavemente. Le dedicó una última mirada indescifrable y se dio la vuelta, dejándola en el umbral, temblando ligeramente bajo el rastro de su perfume.

La forma cortante en la que la despachó, con ese «Buenas noches» seco y carente de toda emoción, la dejó descolocada. Segundos antes, la pesada atmósfera vibraba con una tensión casi palpable, y ahora, Karen se encontraba sola frente a una puerta cerrada, sintiendo un escalofrío irracional recorrer su espina dorsal. ¿Por qué de repente se sentía rechazada por un completo desconocido?

Mientras tanto, al regresar a su propia y ostentosa suite, Vladimir dejó el carrito de comida a un lado con total desinterés. Su secretaria quien no era más que una compañía conveniente para el viaje y el trabajo lo esperaba impaciente. Él se recostó en el sofá de cuero negro, aflojándose la corbata con movimientos rígidos. Su mente fría y calculadora estaba extrañamente desenfocada. Solo podía ver la imagen de aquella castaña de cabello ondulado, sus grandes ojos asustados, el rubor violento en sus mejillas y, sobre todo, ese anillo de diamantes en su dedo que le resultaba una provocación imperdonable.

—Vladimir, vamos, quiero ir a bucear. El yate nos espera —insistió la mujer, acercándose con intenciones claras.

—Tengo algo que hacer. Después te alcanzo —murmuró él. Su tono no admitía réplica. Encendió su tableta, fingiendo revisar unos pendientes corporativos para ahuyentar a la mujer.

—Pero prometiste...

—Dije que iré luego —bramó, con una voz tan gélida y autoritaria que la secretaria retrocedió un paso.

—Bien —masculló ella, furiosa, saliendo de la suite dando un portazo.

Una vez a solas, el silencio no logró apaciguar la extraña sed de Vladimir. Terminó de enviar un par de correos, se cambió el traje por una camisa de lino negro que acentuaba su físico imponente, y salió de la habitación. Al entrar al ascensor de cristal, pulsó el botón del vestíbulo. Las pesadas puertas de acero comenzaron a cerrarse cuando un grito femenino y apresurado rompió la quietud.

—¡Por favor, espere!

Vladimir extendió su gran mano deteniendo el sensor. Las puertas se abrieron de nuevo, y una ráfaga de un perfume dulce floral inundó el reducido espacio.

—Muchas gracias... —suspiró la recién llegada, levantando la vista mientras recuperaba el aliento.

Una sonrisa lobuna, lenta y peligrosa, se dibujó en la comisura de los labios de Vladimir. Era la misma chica de anoche. Karen se quedó petrificada. Al reconocer esos ojos bicolores, un destello de genuino pánico cruzó por su rostro. Retrocedió de inmediato por puro instinto de supervivencia, pegando la espalda contra la pared opuesta del ascensor, abrazándose a sí misma para mantener la máxima distancia posible. El aire de repente se volvió pesado, irrespirable.

—¿Sola nuevamente? —preguntó él. Su voz profunda resonó en las paredes de metal, envolviéndola.

Karen tragó saliva, obligándose a no apartar la mirada para no parecer débil. —Mi esposo me está esperando abajo —respondió, forzando una sonrisa tímida que no llegó a sus ojos, usándolo como un escudo protector—. Por lo que veo, usted también está solo.

Vladimir no se inmutó. Ignoró sus palabras por completo, manteniendo una mirada tan intensa y depredadora sobre ella que Karen sintió que la estaba desnudando capa por capa. El silencio se volvió asfixiante.

De pronto, un chirrido metálico ensordecedor rebotó por todo el hueco del edificio. La cabina se detuvo en seco con un impacto brutal. Las luces parpadearon violentamente y el repentino frenazo hizo tambalear todo el habitáculo. Karen perdió el equilibrio por completo. Sus pies resbalaron, soltó un grito de terror y, sin poder evitarlo, salió proyectada hacia adelante, chocando de lleno contra el muro de piedra que era el pecho de Vladimir.

Terminaron en el suelo del ascensor. Perpleja, con el corazón latiéndole en la garganta a mil por hora y la respiración entrecortada, ella levantó el rostro para disculparse e intentar ponerse en pie. Pero la sangre se le congeló en las venas. Con un movimiento tan ágil y dominante que la dejó mareada, Vladimir invirtió las posiciones.

En un parpadeo, Karen se encontró de espaldas contra el frío suelo de metal, mientras el cuerpo inmenso y pesado del hombre la acorralaba, enjaulándola entre sus brazos. La oscuridad de su mirada era ahora abrumadora.

—Buen truco para acercarte a mí —susurró él, y su aliento cálido golpeó el rostro de Karen.

«¡Qué! ¡Pero si yo no hice nada!», gritó su mente, horrorizada y ultrajada.

Abrió la boca para defenderse, pero la voz la abandonó. La gruesa y áspera mano de Vladimir se deslizó con una lentitud torturadora por su cuello, bajando peligrosamente hasta rozar el borde de su escote. El toque quemaba como hierro candente. Karen quería gritar con todas sus fuerzas, exigirle que se detuviera, pero la mezcla letal de pánico y una extraña atracción que le revolvía el estómago la paralizó por completo. Era la presa acorralada por el depredador absoluto.

Vladimir bajó el rostro, rozando con su nariz la piel expuesta de su clavícula. —Dicen que los labios carnosos y rojos son los más sabrosos y exquisitos del mundo... —murmuró, su voz rasposa vibrando contra la piel de ella.

—No... —logró gemir Karen, una súplica ahogada y temblorosa.

—Bueno... —La mirada de Vladimir descendió hacia su boca entreabierta, sus propios labios acercándose peligrosamente a los de ella—. ¿Qué tal si lo averiguamos?

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34 Reseñas · 34 bookdes.reviews
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Grullon Dolores
Me gusto mucho tu historia y el epílogo dw que poe fin terminaron juntos y felices.
2023-11-26 23:24:05
0
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Grullon Dolores
Cuando será que podrán vivir en paz, su hija los necesita.
2023-11-04 20:17:22
3
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Grullon Dolores
Diablo que jodida traicion y ahora como saldrán de esa.
2023-10-24 12:49:00
1
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Grullon Dolores
Karen dejas que Bladimir se encargué de ese trío de enfermos y le de un castigó digno del todo el daño que han hecho.
2023-10-24 10:07:17
1
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Grullon Dolores
Por fin Karen de ser terca y le dirá la verdad
2023-10-24 09:39:31
0
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Grullon Dolores
Blanca,gracias por el marathon estubieron super.
2023-10-15 10:58:07
0
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Grullon Dolores
Ellos son un par de tontos en vez de tratar de disfrutar de su bebe juntos se la pasan en peleas sin sentido mientras ese otro par de idiotas lo traen como titeres.
2023-10-15 10:55:26
0
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Grullon Dolores
No,puedo creer que Vladimir le disparó.
2023-10-10 21:45:22
0
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Grullon Dolores
Ufff que horrible el castigo de esa descarada, lo que no entiendo es porque el incluyo a Karen y su amiga a tremendo espectáculo.
2023-09-30 05:25:55
0
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Grullon Dolores
Karen y Vladimir y su tira y jala ya no se que será lo que sigue. y cuando será k se darán cuenta k no son hermanos.
2023-09-12 03:19:51
1
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Grullon Dolores
Que alivio Vladimir evitó que el abusara de el.
2023-09-10 04:59:37
0
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Grullon Dolores
imbecil abusador ufff que Vladimir logré encontrarla antes de que la lastimé
2023-09-02 08:45:05
0
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Grullon Dolores
Cuanto suspenso,ni bien salen de un problema y les cae otro.ahora quién las secuestraria.
2023-08-29 03:25:58
0
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Grullon Dolores
Uff este capitulo fuen tanta la emoción de que el encontró Karen, mal interprete lo que estaba pasando. pero ahora Vladimir sabe que tiene una hija y el amigo también será papá. ño que ancio es que descubran k no son hermanos
2023-08-26 21:50:56
0
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Grullon Dolores
Ellos se aman deberían hacerse una prueba de ADN para saber la verdad.
2023-08-24 06:14:36
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  • 1
  • 2
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79 chapters
CAPITULO 1
CAPITULO 2
CAPITULO 3
CAPITULO 4
CAPITULO 5
CAPITULO 6
CAPITULO 7
CAPITULO 8
CAPITULO 9
CAPITULO 10
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