Asimilar la magnitud de lo que estaba sucediendo era lo único que su cerebro intentaba procesar, pero su mente se encontraba sumida en un estado de catatonia absoluta. El aire de la habitación parecía haberse vuelto denso, asfixiante, casi sólido. Karen se quedó allí, sentada en medio de la inmensa cama revuelta, abrazando las sábanas de seda contra su pecho desnudo como si fueran un escudo, mientras sus ojos desorbitados observaban la espalda y los hombros anchos del gigante que descansaba plácidamente a su lado. Su respiración era errática, superficial, un jadeo contenido en la garganta. Parpadeó una, dos, tres veces, rezando desesperadamente para que aquello fuera una simple pesadilla inducida por los excesos del alcohol, pero la cruda realidad se rehusaba a desvanecerse. Intentó articular una palabra, formular un insulto, gritarle que se largara de inmediato, echarlo a patadas de su habitación o hacer cualquier cosa que le devolviera el control de la situación. Sin embargo, su garg
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