Acorralada contra la fina madera de la pared, con los pies colgando un par de centímetros en el aire y la inmensa mano de Vladimir oprimiendo su garganta con la precisión de una trampa de acero, el mundo de Karen se detuvo. El oxígeno abandonó sus pulmones de golpe. La mirada sombría y letal del ruso la atravesaba como si fuera de cristal. El pánico amenazó con hacerla desmayarse, pero el instinto de supervivencia fue más fuerte.
Aferrándose a la última gota de cordura que le quedaba, respiró pr