Mundo ficciónIniciar sesiónAlicia Bennett desaparece en altamar durante una tormenta y es dada por muerta. Pero sobrevive. Rescatada cerca de la costa de la Isla de Wight, despierta sin recuerdos, sin identidad y sin pasado. Incapaz de recordar quién es realmente, termina construyendo una nueva vida bajo el nombre de Helena Hamilton. Años después, presionada por las deudas y sin muchas opciones, acepta convertirse en madre subrogada para una poderosa pareja millonaria. Lo que parece ser una oportunidad para empezar de nuevo pronto se convierte en una pesadilla. Desde su llegada a la mansión Spencer, Helena comienza a experimentar extraños recuerdos, emociones intensas y una inexplicable conexión con William Spencer, un hombre frío, poderoso… y peligrosamente irresistible. Al mismo tiempo, Leonor Patterson, la esposa de William, empieza a verla como una amenaza. Entre secretos, tensión y una atracción imposible de ignorar, Helena se verá atrapada en una red de mentiras donde nada es lo que parece. Porque su pasado sigue vivo. Y alguien está dispuesto a hacer cualquier cosa para que jamás lo recuerde.
Leer másWilliam Spencer se encontraba junto al altar conmemorativo dedicado a Alicia Bennett, su esposa, quien había desaparecido hace dos meses en un trágico accidente en altamar. A pesar de los esfuerzos incansables de los rescatistas, su cuerpo nunca fue hallado.
Aceptaba los pésames sin decir una palabra, apenas con un leve movimiento de cabeza. Entre los dedos apretaba una rosa blanca; se aferraba al tallo como si esa flor fuera lo único que le quedaba de ella. Desde un rincón, cerca de las coronas fúnebres, Leonor Patterson observaba a William. No hacían falta palabras para ver que ahora estaba completamente solo: al mando de un imperio empresarial y de una fortuna que muchos envidiaban, pero, por primera vez, sin Alicia a su lado. Tras un breve silencio, se puso de pie. Alisó la tela de su vestido negro, una prenda ajustada que acentuaba sus curvas con una elegancia fría. Con el cabello impecable, se acercó a William con un andar felino, sigiloso. Al llegar a su lado, no dijo nada. Mantuvo las manos entrelazadas frente al retrato de Alicia en un gesto de falso respeto; sin embargo, ocultos tras las gafas oscuras, sus ojos lo escudriñaban de reojo. —Es increíble que ya no esté —dijo Leonor, rompiendo el silencio—. Era una mujer extraordinaria. La voz se le quebró en las últimas palabras, como si el dolor todavía la tomara por sorpresa. William no contestó. Siguió inmóvil, con los ojos fijos en la foto de su esposa, atrapado en esa sonrisa que tantas veces lo había sostenido. Quiso responder a Leonor, pero el nudo en la garganta le ahogó la voz. Leonor se acercó un paso, mirándolo de reojo tras sus gafas oscuras. —Ella te amaba mucho —dijo en voz baja. William bajó la mirada hacia la rosa blanca que sostenía y apretó el tallo. El dolor seguía ahí, trabado en el pecho, sin dejarlo hablar. —Lo sé —logró decir William, con la voz ronca. Un segundo después, murmuró—: A veces todavía espero escucharla. Es una tontería, supongo. —No es ninguna tontería —respondió Leonor en voz baja—. La amabas. William levantó la mirada hacia la fotografía de Alicia. —La sigo amando. A Leonor se le revolvió el estómago. Le dio una punzada de envidia en el pecho: ni muerta, Alicia dejaba de estorbarle. —Sigo intentando entender todo esto. Aún no puedo creerlo —dijo William. El silencio se extendió entre ellos durante unos segundos. Finalmente, él giró un poco el rostro hacia ella. —Tú estabas con ella ese día. Sé que también te duele porque era tu mejor amiga, pero... necesito saber qué pasó de verdad. A Leonor se le detuvo el corazón y el aire faltó en sus pulmones. Fue solo un segundo. De inmediato, contuvo el aliento, sostuvo la mirada de William y no dejó que ninguna emoción la traicionara. En un parpadeo, la foto de Alicia desapareció. En su lugar, el mar rugió bajo la tormenta. El viento sacudió el yate, la madera crujió y la lluvia cayó con tanta fuerza que borró todo a su alrededor. Entre la cortina de agua, Leonor la vio: Alicia seguía junto a la barandilla con los binoculares en la mano. Tenía el pelo en la cara y los ojos desencajados. —¡Leonor, hay que volver! —le gritó—. Esto se está poniendo feo muy rápido. Voy a mirar el radar y a pedir ayuda. Pero Leonor ya no escuchaba. Estaba paralizada frente a Alicia, empapada por la lluvia, mirándola con los ojos fríos, idos. Unos sollozos a su espalda rompieron el recuerdo. Leonor pestañeó. La tormenta se desvaneció y estuvo de vuelta en el presente. Las velas seguían encendidas alrededor del retrato y los invitados murmuraban en voz baja. —No hay mucho que contar. Fue un accidente —respondió finalmente Leonor, forzando la voz para que no le temblara—. Todo pasó demasiado rápido. Al pronunciar aquellas palabras, su voz se quebró. Se llevó una mano al rostro y dejó escapar un sollozo ahogado que sacudió sus hombros; luego vino otro, más profundo, cargado de dolor. Su cuerpo temblaba levemente mientras las lágrimas fluían por sus mejillas. William observó la escena en silencio. Una opresiva culpa se instaló en su pecho al verla luchar contra el llanto. Había estado tan concentrado en su propio tormento que, por un momento, olvidó que Leonor también había perdido a alguien importante. —Lo siento, Leonor —dijo él—. No quería hacerte pasar por esto. Ella guardó un silencio estratégico. Con la mirada fija en el suelo, se limpió el rastro de las lágrimas con las yemas de los dedos. William sintió el peso del remordimiento oprimiéndole el pecho. —Por favor, discúlpame —insistió en voz baja. William metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un pañuelo de tela fina, bordado con sus iniciales. Con un gesto amable, se lo ofreció. Al tomarlo, el perfume de William se elevó desde la tela, claro y envolvente. Ese aroma provocó en Leonor una reacción visceral, un vuelco inesperado que casi la delata. Rápidamente, reprimió el impulso y volvió a forzar la cara de pena. —No tienes que disculparte —murmuró Leonor. Tenía los ojos rojos y hacía fuerza por calmarse. Se secó las lágrimas, se puso otra vez las gafas oscuras y apretó el pañuelo. Luego, mientras William miraba el retrato de Alicia, lo dobló rápido y lo metió en su bolso como un trofeo. El silencio se prolongó durante unos minutos ante el altar. —¿Qué voy a hacer ahora sin ella? —dijo entre sollozos—. Éramos inseparables. Lo era todo para mí. William la miró, conmovido por verla tan rota. —No estás sola, Leonor. Ella levantó la mirada despacio, oculta tras los cristales oscuros. —A veces siento que sí. El silencio regresó, espeso, entre ambos. Por un instante, Leonor dejó caer una mano a su costado y rozó los dedos de William, un contacto tan corto que pudo pasar por un accidente. William giró la cabeza hacia ella, con un destello de confusión en la mirada. Al notar su extrañeza, Leonor retiró la mano de inmediato. —Lo siento —murmuró, forzando un temblor en la voz—. Estos días han sido realmente difíciles. William la miró. No vio malicia; ante él solo estaba una mujer que, al igual que él, hacía lo que podía por no caerse a pedazos. —No te preocupes —dijo él. Luego desvió la mirada hacia la fotografía de Alicia, entrelazando las manos. Leonor copió el gesto. Pero detrás de las gafas oscuras, estuvo a punto de escapársele una sonrisa. —Alicia siempre decía que tenías buen corazón —comentó con una sonrisa triste—. Tenía razón. William no dijo nada. Leonor aprovechó el silencio para observarlo discretamente. Incluso devastado por el dolor, seguía siendo un hombre impresionante; su porte, su seguridad natural y aquella tristeza contenida lo hacían parecer más accesible que nunca. De inmediato, sepultó esa fascinación bajo un rostro compungido. —Debes estar agotado —dijo ella—. Llevas semanas cargando con todo esto solo. —Hago lo que puedo. —No tienes por qué hacerlo solo —respondió Leonor. Esperó unos segundos. Luego, estiró el brazo y le tocó el antebrazo con suavidad, un segundo, antes de apartar la mano. —Si necesitas hablar... aquí estaré. —Gracias, Leonor —asintió él. Ella dejó la mano un segundo de más antes de quitarla. La ceremonia terminó poco después. Los invitados empezaron a marcharse en grupos pequeños y los murmullos se apagaron, dejando el salón otra vez vacío. William se quedó hasta el final y Leonor no se movió de su lado. Frente al altar, él miraba la foto de Alicia, sin terminar de creerse que ya no estuviera. Leonor observó el retrato en silencio. Detrás de las gafas oscuras, una sonrisa apenas perceptible rozó sus labios. Para ella, en cambio… todo acababa de comenzar.William se quedó inmóvil, viéndola perder el control.—Estoy hablando completamente en serio —dijo con una calma helada.Leonor se pasó las manos por el cabello con desesperación, caminando sin rumbo por el despacho, incapaz de contener la agitación.—No. Esto no tiene sentido —insistió, con la voz a punto de romperse—. Vamos a tener un hijo, William. El heredero que tú y tu familia tanto querían. Para eso hicimos todo esto… por eso buscamos a esa mujer.Esas palabras le tocaron una fibra extraña. El heredero… ya no le importaba.Leonor había transformado ese deseo en una obligación, en una burda imposición para encajar en la sociedad. Sus padres también querían imponerle ese niño. Pero para él, todo había cambiado radicalmente desde la aparición de Helena.William apartó la vista. Caminó a paso lento hacia la ventana y se quedó mirando afuera, dándole la espalda.—Eso no cambia nada —dijo, sin un gramo de emoción—. El niño va a ser el heredero Spencer. Pero lo nuestro se terminó.Det
Varios días habían transcurrido desde que William visitó la clínica, revisó el expediente de Helena y la eligió.Aquella noche, regresó a la mansión tras una larga y agotadora jornada de trabajo.El cansancio pesaba sobre cada fibra de su cuerpo; sin embargo, no era aquello lo que realmente le quitaba el sueño.Desde aquel encuentro, no había logrado apartar a Helena de su mente.La imagen de Helena detrás del cristal polarizado seguía persiguiéndolo con una intensidad inquietante. Su rostro había quedado grabado en su memoria: los mismos ojos verdes, luminosos y profundos; la misma sonrisa suave y serena. Cada detalle despertaba el eco de sus recuerdos.El parecido con Alicia era perturbador. Por más que intentaba convencerse de que Helena era una desconocida, algo muy dentro de él se negaba a aceptarlo.Lo había atrapado por completo, y eso lo descolocaba.Ya no era una simple candidata.Sin mirar a nadie, avanzó por el vestíbulo con pasos lentos y pesados, ajeno a las voces y al mo
Finalmente, una tarde, mientras estaba sola en la pequeña cocina de la casa donde vivía, Helena decidió tomar su teléfono. La pantalla iluminó el papel arrugado con el número que Laura le había dejado.Helena observó los dígitos durante unos segundos antes de decidirse a marcar. Antes de que pudiera cambiar de opinión, presionó el botón de llamada.La llamada duró poco. Una recepcionista amable contestó enseguida y le hizo unas preguntas. Le explicó que, antes de la cita, debía llenar unos formularios y enviar una foto reciente por correo.Helena dudó cuando la recepcionista le pidió la foto, pero prefirió no preguntar nada.—Es parte del proceso de evaluación inicial, señora Hamilton —aclaró la recepcionista con aire profesional.Helena guardó silencio y colgó. La cita ya estaba programada.Los días previos al miércoles transcurrieron entre la incertidumbre y la expectativa. A veces pensaba que era su gran oportunidad; otras, que cometía un grave error.Finalmente, llegó el día.Hele
Meses después,Graciela sacó el álbum de fotos del viejo baúl de madera que estaba en la esquina. Al pasar las hojas, los recuerdos de Henry le cayeron encima todos juntos.Se detuvo en la foto del día de su boda. Acarició el papel con la yema del dedo y los ojos se le nublaron; todavía le costaba entender que la casa estaba vacía.Entonces recordó aquel día fatídico: Henry doblándose de dolor, el pánico de ella intentando reanimarlo en el suelo, y el peso de su cuerpo cuando se quedó frío entre sus brazos. Todavía le dolía el pecho de solo pensarlo.Las lágrimas empezaron a resbalarle por la cara, en silencio, hasta caer sobre la foto.Helena todavía no recordaba nada de su pasado. Al ver llorar a Graciela, se acercó despacio y se sentó a su lado en el suelo.Le pasó un brazo por los hombros, apoyó la cabeza contra la suya y empezó a acariciarle el brazo. Al poco tiempo, una lágrima le resbaló también a ella por la mejilla.No había pasado décadas con Henry como Graciela, pero su ause
Último capítulo