CAPITULO 2

El tiempo pareció detenerse en seco, ahogando cualquier sonido dentro de la cabina de metal. Karen se congeló por completo en el instante exacto en que la boca de Vladimir devoró la suya. No fue un roce accidental ni una petición educada; fue una invasión absoluta, un asalto brutal y hambriento que le arrebató el oxígeno de los pulmones. Sus labios, ardientes y exigentes, se movieron contra los de ella con una pericia tan salvaje que el cerebro de Karen hizo cortocircuito.

El pánico inicial la sacudió, impulsándola a luchar por su vida. Apretó los puños y comenzó a golpear el pecho de él, encontrándose con una muralla de músculo duro como la piedra. Trató de empujarlo, de liberar su cuerpo de aquella prisión asfixiante, pero para Vladimir, sus golpes desesperados eran apenas caricias insignificantes. Con una facilidad exasperante y un dominio absoluto, movió una de sus grandes manos, apresó ambas muñecas de la castaña y las alzó por encima de su cabeza, inmovilizándolas contra el frío suelo de metal con un solo y férreo agarre.

Karen soltó un quejido ahogado que murió contra la boca de él. Atrapada debajo de su enorme anatomía, sintió la ineludible y peligrosa fricción de sus cuerpos entrelazados; la dureza de los muslos del hombre presionando contra los de ella, el peso de su torso dominándola, el calor irradiando a través de la fina tela de sus ropas. Trató de forcejear con desesperación, quiso alzar las rodillas para patearlo, para sacárselo de encima a como diera lugar, pero el peso del cuerpo masculino era una trampa letal que no le daba el menor margen de maniobra. Sus piernas estaban apresadas por las de él. Estaba a su total y absoluta merced.

Y entonces, ocurrió lo impensable. Mientras su mente gritaba alarmada, recordando el peso del anillo de bodas en su dedo anular y el rostro de Joseph, su cuerpo la traicionó de la manera más vil. Bajo la embestida experta de esa lengua que exploraba su boca con una posesividad arrolladora, una corriente eléctrica e indeseada estalló en su bajo vientre. Por un microsegundo, una minúscula fracción de tiempo que la llenaría de una culpa nauseabunda, sus labios se reblandecieron y correspondieron al beso, cediendo instintivamente a la oscura tentación que aquel demonio de ojos bicolores representaba.

Vladimir lo notó de inmediato. Cuando finalmente decidió darle tregua y sus bocas dejaron de ser prisioneras la una de la otra, el aire frío del ascensor golpeó el rostro ardiente de la joven. Con el pecho subiendo y bajando frenéticamente, luchando por recuperar el aliento en medio de un ataque de furia y profunda vergüenza, ella le gritó que se quitara de encima con una voz que se quebró por el miedo.

Él obedeció con una lentitud exasperante, casi perezosa. Se incorporó a medias, apoyando un brazo sobre la rodilla mientras la observaba desde arriba con una sonrisa perversa, oscura y escandalosamente triunfal. Sin apartar su mirada depredadora de la de ella, Vladimir pasó la punta de su lengua por sus propios labios, delineándolos lentamente, saboreando el dulce rastro que ella había dejado en él. Disfrutaba a lo grande al ver el rostro de la castaña teñido de un rojo escarlata, delatada por el pudor y por la innegable verdad de que le había correspondido.

—¡Qué demonios cree que hace! —estalló Karen, arrastrándose hacia atrás hasta chocar con la pared del elevador, abrazando sus rodillas temblorosas en un inútil intento de protegerse—. ¡Soy una mujer casada!

La sonrisa de Vladimir no flaqueó. Por el contrario, se ensanchó en un gesto afilado y peligroso.

—Lo sé —respondió, y en esas dos simples sílabas se escondía una promesa de ruina inminente.

Antes de que Karen pudiera procesar el descaro monumental de ese hombre, un campaneo electrónico rompió la tensión que flotaba en el ambiente. Las luces de emergencia parpadearon, el mecanismo crujió, y las pesadas puertas de acero se abrieron de par en par. La luz cegadora del vestíbulo del hotel los bañó de golpe. Allí, de pie y revisando un mensaje en su teléfono, estaba Joseph.

La adrenalina pura inyectó fuerza en las venas de Karen. Se puso en pie a trompicones, alisándose la ropa con manos frenéticas. Salió disparada de la cabina, corrió hacia su esposo y le tomó la mano con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron. Tiró de él, obligándolo a caminar rápido en dirección al restaurante, alejándose lo más posible del peligro.

Desde el interior del ascensor, aún envuelto en las sombras de su propia aura, Vladimir no hizo ademán de detenerla. Simplemente se quedó allí, de pie y con las manos en los bolsillos, observándola huir de él como si fuera una plaga incurable. Pero él conocía perfectamente las reglas de la cacería: la presa ya había probado el veneno, y solo era cuestión de tiempo para que volviera a caer.

«¿Acaso no le gustó?», se preguntó Vladimir mientras caminaba con paso firme, repasando mentalmente cada segundo de la escena ocurrida dentro de la cabina de metal. Una risa áspera, oscura y cargada de absoluta suficiencia vibró en el fondo de su pecho. ¡Patrañas! No importaba cuánto intentara negarlo la ruborizada e indignada mujer; él había sentido perfectamente cómo su respiración se cortaba, cómo su cuerpo temblaba bajo su toque, y cómo sus labios se habían reblandecido, cediendo a la presión de los suyos por ese fatídico instante que lo cambiaba todo. Ja, no le importaba si ella fingía repulsión, porque él sí que lo había disfrutado a fondo, saboreando el veneno de la culpa en la boca de ella.

Al llegar finalmente al punto de encuentro en el muelle privado, su acompañante lo recibió con los brazos cruzados y una expresión de furia mal contenida que a él solo le provocó hastío.

—Te tardaste demasiado —le reclamó la secretaria con voz aguda, golpeando la madera del muelle con su tacón—. La actividad de esnórquel ya terminó por tu culpa y casi perdemos nuestra...

Las quejas y los reclamos de la mujer se esfumaron en el aire cuando los penetrantes ojos bicolores de Vladimir captaron una silueta inconfundible a lo lejos. A unos cuantos metros, a punto de abordar un exclusivo catamarán de lujo, estaba la castaña de cabello ondulado. Su esposo la sostenía por la cintura, guiándola hacia la cubierta. Una chispa puramente depredadora se encendió en la mirada del ruso al ver que iban a bucear. Sin mediar palabra, ni importarle un comino las protestas de su secretaria, Vladimir la tomó bruscamente por la muñeca y, con zancadas largas y decididas, la arrastró por el muelle hasta abordar exactamente el mismo yate un segundo antes de que los tripulantes retiraran la pasarela.

Mientras tanto, en la proa de la embarcación, Karen cerraba los ojos, dejando que la fuerte brisa marina y el olor a salitre le golpearan el rostro. Necesitaba desesperadamente que el viento del océano y el sol del Caribe borraran el fantasma del sabor de aquel hombre y el ardor pecaminoso que aún persistía en su piel. Trató de tranquilizarse, de convencerse de que el incidente del ascensor había sido un error anómalo, y se propuso firmemente pasar un rato agradable con su esposo. Pero la frágil paz se hizo añicos. Al girar la cabeza hacia la popa, el corazón se le detuvo en seco. Allí, apoyado casualmente contra la barandilla, estaba Vladimir. Su mirada, fija, oscura y devoradora, se clavó en ella desde el otro extremo de la cubierta, advirtiéndole sin palabras que no había escondite posible.

La ansiedad comenzó a consumirla por dentro. Se frotó los brazos, sintiendo un sudor frío resbalar por su nuca.

—¿Estás bien? —preguntó Joseph, notando finalmente la palidez espectral de su esposa.

Karen apartó la vista de su acosador con un movimiento brusco, forzando una sonrisa.

—Sí... solo estoy un poco mareada. El movimiento del barco.

Joseph suspiró, ajustándose las gafas de sol con un deje de impaciencia.

—Te lo dije. Te advertí que era una pésima idea venir a bucear con tiburones. Es absurdo.

Karen frunció el ceño, genuinamente desconcertada.

—Amor, es emocionante —replicó, buscando sus ojos tras los cristales oscuros—. Además, no entiendo por qué de repente dices que es una mala idea. Tú me dijiste antes de venir que te parecía realmente fascinante por la adrenalina pura que te hace experimentar.

Joseph tensó la mandíbula, mirando hacia el horizonte con frialdad.

—No recuerdo haber dicho eso jamás. Te confundes.

La respuesta cortante la dejó helada. Estaba absolutamente segura de que él había sido el promotor de aquella aventura tiempo atrás; era una de las pocas pasiones salvajes que compartían antes de que él se volviera tan distante. Aquella extraña fisura en su comunicación solo aumentó la sensación de soledad de Karen.

Cuando finalmente se sumergieron en las jaulas de acero, el azul profundo del océano y los majestuosos escualos lograron anestesiar su miedo por unos minutos. Sin embargo, al salir a la superficie, la realidad la golpeó de nuevo. Fue dolorosamente evidente que ella había sido la única que se divirtió. Joseph lucía miserable y desesperado por abandonar el barco.

De regreso en la suite del hotel, consumida por la culpa de haberlo arrastrado a algo que él detestó, a Karen se le ocurrió una idea para salvar la noche. Le sugirió que se fuera libremente, que la dejara en la habitación y bajara a hacer lo que él quisiera. Muy en el fondo, esperaba que él se negara y prefiriera quedarse a su lado. Por eso, su corazón se desplomó al ver cómo el rostro de Joseph se iluminaba, aceptando la oferta con una rapidez sorprendente. Sorprendida y decepcionada, se tragó el nudo en la garganta y asintió; al final, ella solo quería que él también se divirtiera, aunque su matrimonio se sintiera cada vez más frío.

El eco de la pesada puerta cerrándose tras Joseph resonó en la inmensa suite como una verdadera sentencia de aislamiento. Nuevamente, Karen se encontraba atrapada en esa jaula de oro, completamente sola. Caminó descalza por la mullida alfombra, sintiendo que el silencio de la habitación amenazaba con aplastar sus pulmones. Su mente no dejaba de proyectar imágenes de su esposo en el ruidoso casino del hotel, arrojando fichas sobre el tapete verde, rodeado de aduladores. Esa repentina obsesión le revolvía el estómago; le aterraba profundamente la idea de que Joseph estuviera desarrollando una adicción despiadada a los juegos de azar, una vía de escape oscura para no enfrentar su realidad matrimonial.

"Pensé que sería una luna de miel diferente", se lamentó en un susurro roto, dejándose caer al borde de la inmensa cama de tamaño King, cuyas sábanas de seda permanecían impecables, estiradas, frías y dolorosamente intactas.

Perdida en el laberinto de sus propios pensamientos, la inseguridad comenzó a devorarla viva. ¿Acaso no estaba haciendo las cosas bien? ¿Había dejado de ser atractiva para él el mismo día en que firmaron el acta de matrimonio? La aplastante conclusión a la que llegaba, mientras abrazaba sus propias rodillas, era que el exitoso y todopoderoso arquitecto prefería perder decenas de miles de dólares frente a un frío crupier que pasar la noche con su joven esposa. Ni siquiera habían hecho el amor desde que llegaron. El recuerdo constante de esa carencia física le quemaba el orgullo y la decepcionaba hasta hacerle picar los ojos. Si la noche anterior él no se había dignado a regresar hasta que los primeros rayos del sol despuntaron en el horizonte, era fácil deducir que la historia se repetiría hoy con la misma crueldad.

Sin embargo, la sangre le hirvió de pronto. Se negó rotundamente a quedarse allí encerrada, llorando sus penas y cenando las sobras de su dignidad en una bandeja de plata. Se levantó de un salto. Iba a pelear por la atención de su marido. Se dirigió al baño y se arregló meticulosamente: eligió el vestido más ajustado y seductor de todo su equipaje, uno que realzaba cada una de sus curvas como una segunda piel, se maquilló con esmero pintando sus labios de un carmín intenso, y se perfumó con la intención de sorprender a su pareja en medio de las mesas de apuestas y arrastrarlo de vuelta a la cama.

Con una mezcla de nerviosismo y firme determinación, bajó al nivel inferior. El ruido ensordecedor de las máquinas tragamonedas, el tintineo de las monedas, las luces de neón parpadeantes y el humo de los puros la golpearon de frente al cruzar las puertas del casino. Caminó con paso altivo entre las multitudes, escudriñando cada mesa de póker, cada ruleta giratoria, cada rincón exclusivo del área VIP. Pero a medida que los minutos pasaban, su esperanza se iba marchitando lentamente. Joseph no estaba. Lo buscó por todos lados, desesperada, escaneando los rostros de cientos de desconocidos que la miraban con codicia. Fue al elegante bar del casino, revisó los salones privados, pero el resultado fue el mismo: no había ni rastro del imponente hombre de negocios.

Tras casi dos horas de una búsqueda silenciosa, humillante y patética, Karen se rindió. Terminó sentada sola en una esquina de la barra, consumiendo un platillo que le supo a cartón y pidiendo una copa tras otra para adormecer el nudo de rechazo que le estrangulaba la garganta. Bebió en exceso, buscando ahogar la humillación en licores fuertes que le quemaban el paladar pero adormecían su mente.

El trayecto de regreso se sintió como una pesadilla inestable y borrosa. Se preguntaba obsesivamente en qué maldito lugar del inmenso resort, o con quién, se encontraba su esposo. La duda la carcomía mientras esperaba, apoyando la frente caliente contra el metal frío, a que las puertas del ascensor se abrieran en su piso.

El sonido electrónico anunció su llegada. Al salir del elevador, el pasillo entero giró violentamente a su alrededor, estirándose como un túnel infinito. Sus pies, enfundados en unos tacones altísimos que antes la hacían sentir poderosa, ahora temblaban sin control. La visión se le nublaba y apenas podía sostener su propio peso, viéndose obligada a apoyarse torpemente contra la pared empapelada para no caer de bruces.

—Tan...to que me esforcé... —balbuceó al vacío, arrastrando las palabras pesadamente, con el maquillaje ligeramente corrido por las lágrimas reprimidas—. Tanto que me esforcé... en arreglarme... y al final... termino sola... como un perro de la calle...

Una risa floja, pastosa y carente de toda gracia escapó de sus labios manchados de carmín mientras forcejeaba torpemente con la manija dorada de la puerta. Estaba tan mareada que apenas podía enfocar la vista. De pronto, se dio cuenta de que ni siquiera estaba cerrada con llave; cedió bajo su peso con un suave empujón. La densa oscuridad de la habitación la envolvió al instante como un manto de terciopelo pesado. «Joseph...», pensó su mente completamente nublada por los excesos del alcohol. Su cerebro, intoxicado, vulnerable y desesperado por un atisbo de validación, hiló de inmediato la única teoría que su corazón herido necesitaba creer: su esposo había regresado del casino antes de tiempo, arrepentido por su abandono, y la estaba esperando en las sombras del lecho nupcial.

Con movimientos desequilibrados, tambaleándose ligeramente en la penumbra y luciendo una sonrisa cargada de picardía ebria, deslizó la cremallera de su vestido ajustado. La tela cayó al suelo formando un charco a sus pies, seguida rápidamente por su ropa interior. Completamente desnuda y sintiendo el contraste del frío aire acondicionado contra su piel ardiente, levantó las sábanas de seda y se deslizó con sigilo bajo ellas, reptando por el colchón como un felino al acecho. Quería darle el regalo que tantas veces él le había suplicado y que ella siempre guardó celosamente bajo la excusa de esperar hasta que fueran marido y mujer.

Al encontrar la anatomía masculina en medio de la oscuridad, sus manos cálidas comenzaron a trabajar con audacia. Sin embargo, por un brevísimo y confuso instante, Karen frunció el ceño. Sus dedos registraron una inconsistencia innegable; la abrumadora firmeza, el grosor y las dimensiones de aquel miembro le parecieron sorprendentemente mayores, mucho más imponentes y pesadas de lo que su memoria corporal guardaba.

—Te... voy... a sorprender... —balbuceó, arrastrando las sílabas en un susurro ronco y pesado.

Un ronco y tenso «¿Qué?» vibró en el pecho del hombre, una sílaba gruesa que cortó el aire de la habitación. Pero antes de que Karen pudiera procesar ese tono profundamente distinto, el sonido fue rápidamente ahogado por una serie de gemidos guturales, oscuros y cargados de una lujuria indomable. Convencida de que lo estaba enloqueciendo de placer, continuó con un ritmo torturador de succionar y lamer, por alguna extraña razón lo disfruta mucho y cuando se mueve en su boca succiona la punta de su falo hasta que se detuvo deliberadamente justo en el filo, milímetros antes de que él alcanzara el clímax inminente.

Disfrutando de su aparente poder sobre él, gateó lentamente sobre el inmenso colchón, siguiendo la línea de fuego de aquel cuerpo. Repartió besos ardientes y húmedos sobre un pecho que se sentía ancho, rocoso, brutalmente esculpido y cubierto por una capa de vello que no recordaba. Subió por la recia línea del cuello hasta finalmente capturar su boca. En cuanto sus labios chocaron, el mundo entero de Karen pareció desdibujarse. La textura no encajaba. Aquellos no eran los labios pulcros y calculados de su marido; era una boca dura, exigente, áspera y absolutamente voraz.

Pero antes de que la alarma de pánico pudiera detonar en su cerebro, una mano inmensa, ruda y extremadamente posesiva se enredó con fiereza en su nuca, atrapándola sin escapatoria alguna. El beso estalló en un infierno de intensidad pura. Fue un asalto despiadado, tan abrumadoramente erótico y dominante que el alcohol barrió con cualquier asomo de cordura. En cuestión de segundos, una humedad copiosa empapó su entrepierna. Su cuerpo entero hervía, convulsionando de excitación, aullando internamente y exigiendo más, desesperada por no detener ese incendio abrasador.

—No, no... no. Te... apenas... estamos empezando, cariño —susurró contra esa boca devoradora, esbozando una sonrisa rota, perdiendo la cabeza por completo—. Ahora... demuéstrame qué tanto puedes domar a tu hembra.

La respuesta a su provocación no fue un acto de amor romántico, fue una invasión bestial que le fascinó. Al sentir la primera embestida, salvaje, profunda y desmedida, Karen soltó un grito ahogado que se rompió en el aire. Un latigazo de dolor agudo la atravesó por la fuerza brutal y el volumen que la reclamaba sin piedad, desgarrando cualquier vestigio de delicadeza en un solo movimiento. Pero esa punzada inicial se desvaneció casi al instante, siendo devorada por una violenta ola de placer afrodisíaco, oscuro y arrollador que dejó su mente completamente en blanco.

Era una marea de sensaciones extremas que iba en aumento con cada fricción y embestida la deja en shock por el placer, cada embate bestial que aquel hombre ejecutaba, estaba haciéndole cosas que Joseph jamás habría soñado hacerle; posturas crudas, toques posesivos que apelaban a su instinto más primitivo y salvaje.

—Cariño... estás lleno... de sorpresas... —logró articular entre jadeos, arrastrando las palabras.

Gemía extasiada, ahogándose en su propio placer, con la cabeza echada hacia atrás. Tuvo que aferrarse desesperadamente al grueso cuello de su acompañante para no caer al vacío, sintiéndose diminuta mientras él la levantaba entre sus fuertes brazos, dominándola por completo, mientras ambos se fundían en la oscuridad en una danza de sexo crudo y desenfrenado.

Tras una madrugada consumida por un placer abrasador, Karen cayó en un sueño profundo y pesado. Las primeras luces del alba se filtraron por la habitación, despertándola. Con una sonrisa lánguida y el cuerpo aun latiendo por la salvaje pasión desatada la noche anterior, giró el rostro sobre la almohada, buscando la figura de su esposo para contemplarlo tiernamente mientras dormía. Sin embargo, la sangre abandonó sus venas de golpe, helando su alma por completo. Palideció horriblemente al instante. El hombre imponente que descansaba a su lado, desnudo y respirando con calma, no era Joseph. Era el mismísimo Vladimir.

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