Mundo de ficçãoIniciar sessãoAsimilar la magnitud de lo que estaba sucediendo era lo único que su cerebro intentaba procesar, pero su mente se encontraba sumida en un estado de catatonia absoluta. El aire de la habitación parecía haberse vuelto denso, asfixiante, casi sólido. Karen se quedó allí, sentada en medio de la inmensa cama revuelta, abrazando las sábanas de seda contra su pecho desnudo como si fueran un escudo, mientras sus ojos desorbitados observaban la espalda y los hombros anchos del gigante que descansaba plácidamente a su lado. Su respiración era errática, superficial, un jadeo contenido en la garganta. Parpadeó una, dos, tres veces, rezando desesperadamente para que aquello fuera una simple pesadilla inducida por los excesos del alcohol, pero la cruda realidad se rehusaba a desvanecerse. Intentó articular una palabra, formular un insulto, gritarle que se largara de inmediato, echarlo a patadas de su habitación o hacer cualquier cosa que le devolviera el control de la situación. Sin embargo, su garganta estaba completamente seca como el desierto y sus labios temblaban de forma patética sin lograr emitir un solo sonido.
«¡Qué... rayos...! ¡Todo lo que hice anoche... todas esas cosas asquerosamente deliciosas... fueron con él!», gritaba su mente, horrorizada, mientras fragmentos explícitos de la madrugada, que antes atribuía a una fantasía salvaje con Joseph, ahora le golpeaban la conciencia sobria con una nitidez nauseabunda.
A su lado, Vladimir comenzó a moverse. Sintió la intrusiva y cálida luz de la mañana filtrándose por los pesados ventanales que alguien había olvidado cerrar la noche anterior. Frunciendo el ceño por la molestia en sus ojos, soltó un gruñido ronco y perezoso, estirando su musculatura marcada por pequeños rasguños recientes. Al ir abriendo los ojos lentamente, con el cuerpo aún saturado del letargo posterior al mejor sexo que había tenido en su vida, lo primero que encontró fue el rostro de Karen. Estaba pálida como un fantasma, sudando frío. Vladimir repasó rápidamente los eventos de la noche anterior. Aún en su estado de duermevela, no lograba comprender cómo demonios aquella castaña puritana y asustadiza, la misma mujer que en el ascensor lo miraba con asco y pánico, había entrado sigilosamente a sus dominios para terminar dándole la noche más desinhibida y espectacular que podía recordar.
Durante un par de segundos que se estiraron como una eternidad, ambos se miraron fijamente a la cara. Los ojos bicolores de él, cargados de una genuina confusión adormilada, chocaron contra la mirada llena de terror puro de ella. Y entonces, el peso de la traición y el miedo la aplastó. Entrando en pánico total, Karen abrió la boca y soltó un grito ensordecedor, agudo e histérico que rebotó con violencia en las paredes de la suite. El estruendo fue tan repentino que Vladimir dio un salto, levantándose de la cama de golpe, genuinamente asustado por la desproporcionada reacción. Aprovechando ese microsegundo de distracción, Karen saltó del colchón. Sin importarle su absoluta desnudez, corrió despavorida por la habitación, tropezando ciegamente con sus propios pies y con la alfombra hasta llegar al baño. Entró como un huracán, cerró la pesada puerta de un portazo y pasó el cerrojo de seguridad con manos temblorosas.
Afuera, Vladimir se frotó el rostro, ahuyentando el sueño por completo. La confusión inicial fue rápidamente reemplazada por una irritación furiosa. Caminó desnudo hacia la puerta del baño y la golpeó con el puño cerrado, haciendo temblar el marco.
—¿¡Pero qué demonios pasa contigo!? —gritó él, molesto, con su voz ronca retumbando en la madera.
Desde el otro lado, Karen retrocedió hasta chocar con la pared de la ducha. Las lágrimas de histeria le quemaban las mejillas. —¡Tú... tú me violaste! —gritó ella, presa de los nervios, sollozando—. ¡Eres un animal! ¡Te voy a denunciar!
Al escuchar semejante acusación, Vladimir soltó una carcajada desconcertada y oscura. La acusación era un insulto absurdo para él. No le parecía lógico en lo absoluto que la misma mujer que lo había devorado a besos sin previo aviso ahora lo llamara violador. «¿Acaso esta mujer está rematadamente demente?», pensó, sintiendo cómo la ira se acumulaba en sus venas. —¡De qué diablos estás hablando, maldita loca! —bramó, golpeando la puerta una vez más—. ¡Tú fuiste la que entró en mi habitación a mitad de la noche, tú te metiste en mi cama y me hizo...
—¡¡Cállate!! —chilló Karen a todo pulmón, apretando las manos contra sus oídos. Estaba muerta de vergüenza, aterrorizada de que él pronunciara en voz alta lo que ella había hecho—. ¡Cállate! ¡Entre nosotros no pasó nada! ¡Yo... soy una mujer casada!
—Claro... —respondió Vladimir, destilando veneno y sarcasmo, acercando los labios a la rendija de la puerta—. Aunque yo no recuerdo que hayas dicho nada de tu estúpido matrimonio anoche. Al contrario, me cabalgabas y gemías que querías más de mí.
Al escuchar sus propias palabras escupidas como un arma, la cara de Karen se encendió como un tomate. Las rodillas le fallaron y cayó sentada pesadamente sobre el frío suelo de baldosas. No podía creer que ella hubiera sido capaz de haberse acostado con otro hombre que no fuera su esposo, y mucho menos que le hubiera rogado por placer a ese extraño que consideraba un troglodita peligroso.
El silencio pesado solo fue roto por los sollozos ahogados de Karen. Vladimir, perdiendo la poca paciencia que le quedaba, golpeó la puerta con la palma abierta. —Oye, ya vas a salir de ahí o quieres que entre por la fuerza. Porque te recuerdo que esta es mi habitación, y es mi baño.
Karen abrió los ojos, empañados por las lágrimas. El terror la hizo reaccionar con la primera estupidez que le cruzó por la mente. —No es cierto... —dijo, desesperada y con la voz temblorosa por los nervios—. Es... es del hotel.
Inmediatamente después de pronunciar esa absurda defensa, Karen cerró los ojos con fuerza y hundió el rostro entre las rodillas. «¿En serio acabo de decir eso?», se recriminó, sintiéndose la mujer más patética del mundo.
Sentada sobre el frío mármol del cuarto de baño, Karen cerró los ojos con fuerza y golpeó con sutileza la parte posterior de su cabeza contra la pesada puerta de madera. Una y otra vez. «Es del hotel...». El eco de su propia voz, repitiendo esa excusa tan estúpida, infantil y carente de toda lógica, resonaba en su cabeza atormentándola. Se sentía como una completa idiota. Encogida sobre sí misma, con las rodillas pegadas al pecho y las sábanas blancas envueltas alrededor de su cuerpo tembloroso como si fueran una armadura de papel, intentaba desesperadamente encontrar una forma de despertar de esa pesadilla.
Al otro lado de la puerta, Vladimir se pasó una mano grande y pesada por el rostro, frotando su mandíbula endurecida. Exhaló un suspiro gutural, buscando en su mente fría la forma más rápida de convencer a aquella mujer, ahora histérica, de salir de su encierro voluntario sin tener que echar la puerta abajo a patadas. El silencio de la suite solo era interrumpido por el sonido de su propia respiración, hasta que, de pronto, un zumbido constante y ahogado captó su atención. Algo estaba vibrando. El sonido rítmico provenía del suelo, cerca de los pies de la cama. Al seguir el rastro acústico con la mirada, Vladimir encontró la fuente del ruido: sepultado debajo de un charco de seda fina que resultó ser el vestido de noche de Karen, y enredado entre una diminuta ropa interior de encaje que él mismo le había arrancado horas antes, estaba el celular de la castaña.
Vladimir se agachó y tomó el aparato entre sus largos dedos. La pantalla iluminaba la penumbra del suelo con un nombre destellando en letras grandes y claras.
«Amor».
Una sonrisa lenta, oscura, cargada de malicia y de una perversa ironía, se ladeó en la comisura de sus labios. Era el esposo de la fugitiva. El hombre cornudo que buscaba a su devota mujer. Con un paso silencioso y depredador, Vladimir se acercó nuevamente a la puerta del baño, deteniéndose a escasos milímetros de la madera.
—Oye —llamó, con su voz ronca vibrando con un tono de fingida cortesía—. Tu... "amor"... te está llamando.
Las palabras funcionaron con la eficacia de un hechizo. En una fracción de segundo, el pestillo giró con un clic metálico desesperado. Como impulsada por un resorte invisible, Karen abrió la puerta de golpe, pálida y con los ojos desorbitados por el pánico. Al ver el teléfono en la gran mano del ruso, la angustia nubló su raciocinio por completo. Se abalanzó sobre él y le arrebató el celular usando ambas manos. En su desesperación por silenciar el aparato y contestar antes de que la llamada se perdiera, olvidó un detalle crucial: al levantar los brazos, las sábanas que cubrían celosamente su desnudez resbalaron por sus hombros, cayendo al suelo y formando un halo blanco alrededor de sus pies.
Karen deslizó el dedo por la pantalla para responder y, antes de emitir un solo sonido, inhaló profundamente, tragándose el terror y obligando a sus pulmones a estabilizarse. Necesitaba que su voz sonara perfectamente normal para que Joseph no notara su extraño comportamiento.
Lo que la pobre y mortificada Karen no notó, absorta como estaba en su mentira telefónica, era que se encontraba completamente desnuda, expuesta a la luz de la mañana, frente al imponente hombre con el que acababa de pasar la noche. Vladimir, por su parte, no hizo el menor intento de apartar la vista. Al contrario, sus ojos bicolores se oscurecieron con una lascivia cruda y hambrienta, devorando cada curva, cada centímetro de piel que aún conservaba las sutiles marcas rojas de su posesión.
—¿Joseph? Hola... —comenzó ella, forzando una dulzura enfermiza en su tono—. No, claro que no. ¿Cómo crees? Yo no soy de tomar hasta perder la cordura, y lo sabes perfectamente...
Escucharla mentir con tanto descaro sobre su sobriedad, mientras estaba de pie sin una sola prenda de ropa en la suite de otro hombre, encendió algo salvaje en el interior de Vladimir. No pudo resistirse ante la visión espectacular de su cuerpo. Cuando Karen, por puro instinto de nerviosismo, le dio la espalda para caminar unos pasos hacia el interior del baño mientras hablaba, Vladimir fijó su mirada en la elegante curvatura de su columna vertebral. Sus ojos descendieron lentamente, trazando el camino hasta llegar a su redondeado trasero, deteniéndose con fascinación en un pequeño y coqueto lunar oscuro estratégicamente ubicado en una de sus posaderas.
Sin hacer ruido, como un fantasma gigante, se acercó por detrás hasta que su pecho casi rozó la espalda desnuda de ella. Karen seguía absorta en su mentira: —Te juro que estuve en la habitación toda la... ¡¡Ah!!
Con una sonrisa cargada de malicia pura, Vladimir estrelló la palma de su mano fuertemente contra la suave carne del trasero de Karen. El sonido de la palmada fue seco, sonoro y escandaloso. El impacto le arrancó a la chica un grito de pura sorpresa y sobresalto, pero debido a la sensibilidad residual de la noche anterior, el sonido salió de su garganta sonando peligrosamente más parecido a un gemido obsceno que a un grito de susto.
Karen cortó la llamada abruptamente, hundiendo el botón rojo con pánico. Volteó de inmediato, con el rostro ardiendo en llamas por la furia y la humillación, y sin pensarlo dos veces, levantó la mano y le cruzó la cara con una sonora cachetada. El golpe le hizo girar el rostro a Vladimir, pero él apenas parpadeó.
Pasando a su lado como un torbellino indignado, Karen se agachó y recogió su ropa del suelo. Comenzó a vestirse con movimientos torpes, frenéticos y erráticos, metiéndose en el vestido arrugado a la velocidad de la luz. Su única meta era escapar de allí antes de que su corazón la delatara. Pero justo cuando estaba a punto de tomar sus altos tacones para salir corriendo descalza, la mano férrea de Vladimir se cerró alrededor de su muñeca con la firmeza de unas esposas de acero.
—No te irás y me dejarás así, ¿verdad? —preguntó él, con esa voz baja y seductora que amenazaba con derretir sus defensas.
—¿De qué habla? ¡Suélteme! —exigió ella, luchando inútilmente contra su agarre.
—Ahora me hablas de "usted"... —se burló Vladimir, dando un paso más cerca, obligándola a levantar la barbilla para mirarlo—. ¿No crees que mantener las formalidades a estas alturas de la mañana da un poco igual? Y más después de la noche de excesos que tuvimos...
—¡Quiere dejar de recordarme a cada maldito rato el terrible error que cometí! —estalló Karen, con los ojos cristalizados por las lágrimas de frustración.
—Ah... así que ahora resulta que fue un error —dijo Vladimir, arqueando una ceja, sin creerle ni una sola sílaba de su indignación actuada.
—¡Sí, lo fue! —reafirmó ella, levantando la voz en un intento por convencerse a sí misma—. Lo que pasó anoche, jamás pasó. Usted y yo no nos conocemos de nada. Olvídelo.
Vladimir mantuvo intacta su exasperante sonrisa burlona. Esa arrogancia volvía loca a Karen. Pero antes de que ella pudiera soltar otro insulto, él la tomó por sorpresa. Tirando de su muñeca con firmeza, la pegó contra su pecho duro y estampó sus labios contra los de ella en un beso efusivo, voraz e inesperado. Fue un choque de dominación pura que la dejó mareada, con los pulmones vacíos y las rodillas temblando. Con la misma rapidez con la que la capturó, Vladimir la soltó de la mano, dejándola libre.
Karen se tambaleó hacia atrás, completamente confundida y sin aliento. Sin mirar atrás, giró sobre sus talones y salió disparada de la habitación, corriendo por el largo pasillo alfombrado mientras sentía que su corazón, traicionero y estúpido, latía enloquecido por un simple y dictatorial beso.
Corrió todo el trayecto hasta su propia suite, aferrando sus tacones contra su pecho. Justo cuando estaba a punto de insertar la tarjeta magnética en la puerta de su habitación, una escena al otro lado del pasillo la dejó paralizada. Se quedó de pie, petrificada, sintiendo una punzada aguda, helada y traicionera en el centro de su pecho. A escasos metros de ella, saliendo tranquilamente de la habitación contigua que le correspondía a la asistente personal, estaba Joseph.
Su esposo llevaba la camisa ligeramente desarreglada y no portaba su corbata. Al escuchar los pasos, Joseph se percató de su presencia. Se detuvo un segundo, su expresión fue ilegible, pero rápidamente compuso una sonrisa plácida y se acercó a ella con una tranquilidad que resultaba espeluznante. Detrás de él, la figura impecable y pulcra de Elizabeth, su asistente, se asomó por el umbral de la puerta.
—Buenos días, señora Lodwood —saludó la asistente con una voz robótica y profesional, sin que un solo músculo de su rostro delatara incomodidad—. Señor Lodwood, haré la llamada de inmediato para cancelar la reunión que el dueño de la compañía nos había forzado a tener ahora en la mañana.
—Bien —respondió Joseph, metiendo una mano en el bolsillo de su pantalón con gesto relajado—. Porque esta vez, estaré muy ocupado pasando tiempo de calidad con mi esposa y no tendré ni un minuto para atenderlo. Asegúrate de que no nos molesten.
La asistente asintió secamente, cerró la puerta de su habitación y desapareció. El silencio cayó pesadamente sobre el pasillo matrimonial. Karen apretó los tacones contra su pecho hasta que los nudillos se le pusieron blancos. La culpa que venía arrastrando desde la suite de Vladimir chocó violentamente con una sospecha oscura y venenosa que ahora carcomía su mente. Observó con inquietud y fijeza el rostro de su marido, analizando cada milímetro de su expresión impasible.
—¿Por qué estabas saliendo a estas horas de la habitación de tu asistente? —preguntó Karen. Su voz sonó grave, directa y desprovista del habitual tono dulce, exigiendo una verdad que, en el fondo de su destrozada alma, temía conocer.
Joseph la miró con una expresión de suave reproche, acomodando el cuello de su camisa con una tranquilidad que desarmaba.
—Toqué la puerta de su habitación un par de veces para saber si de casualidad ella sabía dónde estabas anoche —explicó, con la voz cargada de una aflicción que sonaba escalofriantemente sincera—. Pero como no respondía, me preocupé y entré usando la tarjeta maestra, pensando en una emergencia. Al parecer, ella, que estaba profundamente dormida, y tú, dondequiera que estuvieses, fueron las únicas que se divirtieron anoche. En cambio yo... tuve que pasar la noche completamente solo en las cuatro paredes de nuestra habitación.
—¿Solo? —La palabra escapó de los labios de Karen como un hilo de voz, rasposo y ahogado por un nudo gigantesco y doloroso que se formó de golpe en su garganta.
—Sí. —Joseph suspiró con pesadez, pasando una mano por su cabello perfectamente peinado—. Me sentí terriblemente culpable por dejarte sola en nuestra segunda noche de luna de miel. Me di cuenta de que estaba siendo un idiota y un completo egoísta. Así que abandoné el casino temprano, compré un ramo inmenso de rosas rojas para pedirte disculpas y regresé con la intención de prepararte una velada inolvidable. Pero... no te encontré. Te esperé toda la maldita noche, paseando de un lado a otro. Y como no regresabas, mi mente empezó a imaginar lo peor. Me preocupé tanto que esta mañana, apenas salió el sol, fui con mi asistente, rogando que hubieras ido con ella o que al menos supiera algo de ti.
El peso de esas palabras cayó sobre los hombros de Karen como una tonelada de plomo líquido. Oírlo hablar con tanta aparente devoción y vulnerabilidad hacía que sintiera unas ganas incontrolables de vomitar por la culpa. El remordimiento en su conciencia era un monstruo con garras afiladas, devorándola viva desde adentro. Había profanado su matrimonio de la forma más vil y salvaje, gimiendo bajo el cuerpo de otro hombre, mientras su esposo, supuestamente arrepentido, la esperaba con rosas y el corazón en la mano.
El dolor en el pecho era tan agudo, tan insoportable, que en un arrebato de desesperación y asco hacia sí misma, tomó la precipitada decisión de soltar la verdad. De decirle exactamente lo que había hecho en la cama de ese demonio de ojos bicolores. No quería, no podía, ocultarle algo tan asqueroso al hombre que la había elevado de la nada.
—Joseph... la verdad es que yo... —comenzó, con los labios temblando incontrolablemente y los ojos cristalizados por las lágrimas a punto de desbordarse.
Pero entonces, su voz falló y guardó un silencio sepulcral. Su mente se aceleró, proyectando de golpe imágenes brutales de un futuro alterno, un cataclismo inminente: vio la mirada de amor absoluto de Joseph transformándose en puro asco y desprecio; escuchó sus gritos resonando en el pasillo, llamándola ramera, exigiendo el divorcio; se vio a sí misma siendo arrojada a la calle sin nada, perdiendo al hombre de su vida, enfrentando la humillación pública ante la alta sociedad y regresando a la miseria de la que él la había rescatado. El terror absoluto la paralizó, congelando la confesión en su lengua.
—Yo... —carraspeó, desviando la mirada hacia la alfombra, tragándose la verdad como si tragara cristales rotos—. Anoche, quería sorprenderte. Te busqué en el casino, en el bar y en todas partes del hotel. Pero al no encontrarte, me sentí tan mal... Creí que te habías decepcionado de mí. Por eso salí a la zona privada de la piscina, tomé un par de copas fuertes para calmar mi tristeza y, sin darme cuenta de lo exhausta que estaba, me quedé profundamente dormida en una de las tumbonas alejadas.
Joseph la observó por un segundo que a ella le pareció una eternidad condenatoria. Luego, acortó la distancia y la envolvió en un abrazo cálido, firme y protector.
—Oh, cariño... —susurró él, besando la cima de su cabeza, acariciando su espalda con devoción—. Si te elegí a ti, contra la voluntad de todos, fue porque te amo con locura. No hay nadie más perfecta que tú para estar a mi lado como mi esposa. Eres mi mundo entero.
Karen cerró los ojos, apoyando la mejilla contra el pecho de su marido. Debería sentirse aliviada, pero su alma estaba helada. La caricia de Joseph se sentía correcta, pero su piel aún ardía con el fantasma de las manos ásperas de Vladimir. «No pude... no puedo decirle algo así jamás. Lo conozco mejor que nadie, destrozaría su orgullo de hombre y me odiaría para siempre», pensó, abrazándolo de vuelta con fuerza desesperada, dolorosamente consciente de que acababa de clavar el último clavo en su propio ataúd, atrapándose en una mentira de la que no habría escapatoria.







