CAPITULO 5

—Así que me estás siguiendo... —La voz de Vladimir retumbó profunda, rasposa y envuelta la misma aura arrogante que lo caracterizaba, cortando el espeso velo de vapor que flotaba sobre las aguas termales.

Karen estaba completamente paralizada. Sus pies parecían haberse fusionado con la tierra húmeda del sendero y sus ojos, desobedeciendo cualquier orden racional de su cerebro, se centraban en un solo y abrumador objetivo. El agua cristalina le escurría por el abdomen brutalmente esculpido, descendiendo en líneas pecaminosas hasta llegar a su masculinidad expuesta. Era imponente, pesado, y el hecho de que él no hiciera el menor ademán de cubrirse la dejó sin oxígeno.

Vladimir ladeó la cabeza, adoptando una postura relajada. Una sonrisa perversa y juguetona, cargada de oscura diversión, curvó la comisura de sus labios al darse cuenta de que ella no dejaba de mirar su falo.

—Podrías, al menos, intentar no ser tan descaradamente obvia cuando me ves el miembro, preciosa.

El rubor subió por el cuello de Karen como una llamarada ardiente, incendiando sus mejillas hasta las orejas.

—¡Y-Yo... no estaba viéndote nada! —soltó de inmediato, con la voz temblorosa, casi chillando por la mezcla de indignación y mortificación pura.

Giró sobre sus talones con brusquedad, dándole la espalda para romper el contacto visual. Apretó los puños a los costados e intentó desesperadamente controlar sus hormonas alteradas. El corazón le martilleaba contra las costillas con una violencia dolorosa. Pero lo que creyó que sería un escape se convirtió rápidamente en una trampa sin salida; no se dio cuenta de lo rápido y silencioso que él podía moverse.

—Soy yo la que debería decir eso, no tú... —intentó replicar, pero todo su cuerpo se tensó como la cuerda de un arco a punto de romperse.

Un calor inmenso, húmedo y firme chocó contra su espalda. Sintió la dureza irrefutable de su erección restregándose descaradamente contra la suave curva de su trasero, con una fricción tan evidente que la tela de su short no servía de barrera.

—¿Qué haces...? —jadeó, perdiendo la voz.

Vladimir no respondió con palabras. La tomó del cuello con una mano grande, cálida y áspera, inmovilizándola por completo, mientras su otro brazo la rodeaba, sujetándola por la cintura con un dominio absoluto. Su respiración caliente, pesada y agitada erizó cada milímetro de la piel de su nuca. Su aliento robó el de Karen cuando depositó un beso húmedo, lento y torturador justo debajo de su oreja, como si fuera un suspiro letal.

De pronto, sintió esa gran mano deslizarse por su abdomen y colarse con total audacia por debajo de su top de tela ligera. Karen mordió su labio inferior hasta casi sacarse sangre para no gemir cuando los dedos expertos de él encontraron su pecho desnudo y tiraron sin piedad de su pezón endurecido.

«¿Por qué diablos me vine sin sostén?», maldijo internamente, sintiendo que un latigazo de electricidad bajaba hasta su vientre.

—No digas idioteces... —murmuró ella en un patético y débil intento de controlar su respiración entrecortada—. Suéltame. Mi marido... él llegará en cualquier momento a buscarme.

—¿En serio? —Vladimir sonrió contra su piel, soltando una risa grave, incrédulo ante sus patéticas defensas—. Bueno, eso lo hace mucho más excitante, ¿no crees? Dime... ¿Qué pasaría si tu querido marido apareciera ahora mismo por ese camino... —La mano de Vladimir dejó de torturar su pezón y viajó con una rapidez felina hacia el sur, colándose por el borde de su ropa hasta presionar su entrepierna— ...y nos viera? ¿Qué pasaría si viera que yo estoy haciendo lo que él es incapaz de hacer contigo?

—No hay nada que él no haga... —intentó mentir, pero fue un quejido roto.

Las piernas de Karen desfallecieron por un momento, cediendo ante el peso del placer prohibido. La sonrisa de Vladimir se agrandó al sentir cómo ella se dejaba caer hacia atrás, aferrándose desesperadamente a sus brazos macizos para no desplomarse. Él sabía leer los cuerpos. Sabía perfectamente cuándo una mujer vibraba diferente, cuándo estaba sedienta y no era satisfecha por completo; no era la primera vez que arrastraba a la locura a alguien ya comprometida.

Pero justo cuando Vladimir saboreaba su victoria, el instinto de preservación de Karen estalló. Odiaba sentirse tan vulnerable y leída con tanta facilidad. Reuniendo cada onza de orgullo que le quedaba, se enderezó de golpe, zafándose de su agarre con un movimiento brusco. Al pronunciar sus propias palabras y recordar la humillación, hizo que el candente deseo desapareciera, encerrándolo en una caja de hielo.

Volteó a verlo, componiendo una sonrisa fría, vacía y cargada de un sarcasmo defensivo.

—Si eso es todo lo que querías demostrar, felicidades —escupió con desdén, dando un paso atrás—. Que tengas un lindo regreso al hotel.

Él no se inmutó. Lejos de retroceder o de lanzarse sobre ella como un animal hambriento, Vladimir simplemente cruzó sus gruesos brazos sobre su pecho desnudo y la observó con una calma helada, elevando una ceja oscura mientras su mente calculadora intentaba descifrar el repentino cambio de actitud de la castaña. Para su genuina sorpresa, Karen no huyó despavorida. Con un desafío nacido de la pura desesperación, ella comenzó a desvestirse frente a él. La tela de su ropa cayó al suelo húmedo, dejándola completamente desnuda y expuesta bajo la tenue luz que se filtraba entre las hojas.

Vladimir apretó la mandíbula. Sus penetrantes ojos bicolores se oscurecieron, delineando con una lentitud devoradora cada curva de su cuerpo tembloroso, cada sombra, cada detalle de la piel que ya había saboreado la noche anterior. Sin embargo, algo en la dinámica se había roto. Él no esperaba que reaccionara de esa forma; esperaba resistencia, miedo, la deliciosa cacería de doblegar su moral. Verla rendirse tan rápido, casi ofreciéndose con un deje de resignación sarcástica mientras caminaba hacia la orilla y se sumergía en las aguas termales, le arrebató la emoción del juego. Pensó que caería ante sus caricias rogando, pero esta fría sumisión repentina le quitó el interés. La cacería había perdido su gracia. Al menos por hoy.

El agua caliente y espesa envolvió el cuerpo de Karen, brindándole un refugio temporal. Contuvo la respiración, esperando escuchar el sonido del agua agitándose, esperando sentir el calor abrasador de la piel de Vladimir pegándose a su espalda en cualquier segundo. Pero el silencio reinó. Cuando finalmente abrió los ojos y volteó la cabeza por encima del hombro, el corazón le dio un vuelco doloroso. Vladimir no estaba. Se había esfumado como un fantasma entre la densa niebla, sin hacer el menor ruido.

La sonrisa altiva y defensiva que Karen había intentado mantener se desvaneció de golpe, dejando paso a una mueca de patética decepción. "Creí que me seguiría... creí que se metería al agua conmigo", pensó, sintiendo una punzada de rechazo que le quemó el pecho. Frunciendo el ceño, completamente furiosa consigo misma por el rumbo oscuro de sus propios deseos, se hundió por completo en las aguas calientes, intentando ahogar sus pensamientos y quitarse el amargo sabor de boca de haber sido abandonada.

"¿Por qué demonios quería que se metiera al agua?", se recriminó bajo el agua, dejando que las burbujas acariciaran sus mejillas. "¡No puedo creer que haya pensado, siquiera por un maldito segundo, en la posibilidad real de tener sexo con él de nuevo, aquí mismo, al aire libre! Especialmente cuando me había jurado a mí misma olvidar lo que había pasado..."

El calor de las aguas termales, que supuestamente debía curar el estrés, no le ayudaba ni un poco. Lejos de relajarla, sentía que el agua hervía con la misma intensidad de su culpa. Ya no quería estar más en ese lugar. De hecho, ya no quería estar en ese hotel de lujo. El encanto de su exclusiva luna de miel se había podrido por completo, transformándose en una prisión asfixiante de secretos y tensiones.

Salió del agua, se vistió con prisa y emprendió el camino de regreso. Al acercarse a las instalaciones principales del resort, se dio cuenta de que el cielo ya se había teñido de un violeta oscuro; estaba anocheciendo. Apuró el paso, regresando a su habitación con el estómago revuelto, pensando que su esposo seguramente estaría buscándola como un loco y ella tendría que inventar otra mentira sobre dónde había pasado la tarde.

Llegó a la puerta de su suite. Sacó la tarjeta magnética y la deslizó por la cerradura electrónica. El clic le dio la bienvenida a la penumbra de la habitación.

—Cariño, lamento muchísimo la tardanza... —comenzó a decir, cerrando la puerta tras de sí.

Las palabras murieron en su garganta. La tarjeta magnética se resbaló de sus dedos temblorosos y cayó al suelo de mármol con un eco sordo. Frente a ella, iluminados apenas por la luz de las lámparas de noche, estaban Joseph y su asistente, Elizabeth. No estaban conversando. Estaban teniendo sexo. Joseph la tenía acorralada contra el borde de un sillón, besándola con una intensidad y un hambre que Karen rara vez había recibido de él.

Joseph se dio cuenta de inmediato de la presencia de su esposa por el ruido de la llave. El terror absoluto le desfiguró las facciones. Con un movimiento brusco, cobarde y desesperado, empujó a su empleada con tanta fuerza que Elizabeth salió despedida hacia atrás, tropezando con sus propios pies hasta caer sentada pesadamente sobre la mullida alfombra que adornaba el centro de la habitación.

—¡Cariño, yo...! —tartamudeó Joseph, pálido como la muerte, alzando las manos en un gesto inútil de rendición.

Karen no supo qué decir. No hubo gritos desgarradores, ni lágrimas histéricas. En su lugar, sintió cómo un extraño y profundo hueco se abría en la boca de su estómago, succionando todo el aire de sus pulmones mientras su cerebro procesaba lentamente la escena que acababa de presenciar. La impecable asistente se levantó del suelo, visiblemente molesta y humillada. Con un gesto altivo, se acomodó la ajustada falda de su vestido tallado al cuerpo, mirando a Joseph con resentimiento.

—Señor, debería tener los pantalones de ser honesto con su esposa de una buena vez —escupió la mujer, con veneno en la voz, antes de girarse hacia Karen—. Perdóneme, señora, pero yo soy...

—¡No digas cosas de las que te puedes arrepentir el resto de tu miserable vida! —gritó Joseph, completamente cabreado, con las venas del cuello marcadas por la furia y el pánico—. ¡Ahora mismo, largo de mi habitación! ¡Estás despedida!

La chica le lanzó una última mirada de desprecio, tomó su bolso y marchó a zancadas de la habitación, cerrando la puerta con un portazo que hizo temblar los cristales.

El silencio que siguió fue sepulcral. Joseph tragó grueso, dio un paso adelante y tomó la mano de su esposa. Karen lo observó con los ojos vacíos. Lentamente, zafó su mano de la de él y se alejó un par de pasos, sintiendo que el suelo bajo sus pies se desmoronaba. Lo más enfermo de todo era que no sentía el derecho a estar furiosa. Mientras lo miraba, solo podía pensar que esto era su culpa, un castigo divino. Le había sido infiel a su esposo con un hombre oscuro y peligroso, y no había tenido el valor para decírselo por el cobarde temor de que él le pidiera el divorcio.

"Carajo, es el karma. ¡Claro que es el karma!", gritó una voz cínica en su mente, destrozando su moralidad en mil pedazos.

—Te juro por mi vida, cariño, que no es lo que piensas... —suplicó Joseph, acercándose de nuevo, con la voz quebrada por una actuación patética—. Te lo juro. Ella fue la que se me insinuó, se me lanzó encima de repente y yo solo intentaba apartarla...

Karen lo miró a los ojos sus labios se curvaron en una sonrisa burlesca por lo patético que se ve con sus excusas de niño. Sabía que mentía. Sin embargo, el peso de su propia infidelidad con Vladimir la aplastó tanto que asintió lentamente.

—Está bien —murmuró ella con dificultad, con la voz ronca y carente de vida.

Joseph parpadeó, completamente descolocado. —¿En... serio? ¿Me crees?

Ella asintió, moviendo la cabeza en afirmación, sin derramar una sola lágrima. Se daba cuenta con aterrorizante claridad de que debían irse de ese hotel inmediatamente o todo se pudriría aún más. Si se quedaban, existía la enorme posibilidad de que ese demonio llamado Vladimir se cruzara con ellos, abriera la boca y le insinuara a Joseph lo que había pasado entre sus sábanas. La idea de que sus dos mundos de mentiras colisionaran la aterraba.

—Quiero que hagamos las maletas ahora mismo. Quiero regresar a casa —exigió Karen, cruzándose de brazos.

Pero su respuesta pareció disgustar enormemente a Joseph. El alivio en su rostro se transformó en una terca frustración; definitivamente no podían irse.

—¿Por qué no podemos? —preguntó ella, levantando por fin la voz, sintiendo que la rabia comenzaba a burbujear—. ¿Acaso tú...?

—¡No puedo irme! ¡Tengo una reunión crucial, de vida o muerte para la empresa! —estalló él, pasándose las manos por el cabello—. Tengo una junta con el dueño y accionista mayoritario de la compañía. Y esta noche, después de reunirnos con él, había planeado la sorpresa que te prometí. Todo depende de esto, Karen.

Karen frunció el ceño, completamente desconcertada por el cambio de su esposo. —¿El dueño? —repitió, confundida—. Pero si me dijiste hace meses que a ese hombre misterioso nunca le interesó la compañía, que jamás daba la cara, y que precisamente por eso estabas pensando en presionarlo para que te vendiera sus acciones mayoritarias. ¿Qué hace él aquí?

—Es por eso que vamos a ir y lo veremos  con una enorme sonrisa, y tú como mi bella esposa, lo atenderás como si fuera el rey del mundo para que acceda.

Su insinuación no le agradó en lo absoluto

—¿Enserio le estas pidiendo a tu esposa que sea un trozo de carne? Porque demonios no se lo pides a tu “asisteamante”

—¿Qué?

—A tu asistente idiota —Joseph se molesta por como lo llamó —Perdón… es que… aun estoy alterada por lo que vi —mintió

—Mi amor, —besa su mejilla —Como podría pedírselo a mi asistente, solo… mírala, no tiene gusto por la moda, no es refinada, bella. En cambio, tú, eres la mujer más hermosa que todo hombre desea poseer, eres delicada y muy refinada, elegante… no podría pedirle algo tan importante a alguien como ella. Solo puedo confiar en ti.

Karen se sintió contenta por la confianza que le tenia, y si era algo tan importante para ambos, no podía decirle que no a su esposo, además, si lo hace Joseph le promete partir al siguiente día a casa a si que aceptó.

—Joseph, era necesario un vestido tan descotado, no seré tan obvia, es mas parezco una prostituta.

—Amor, los viejos es lo que desean y lo sabes tanto como yo.

—Buenas noches.

—¿Señor Vermilion?

Había reconocido esa voz, cierra sus ojos mientras rogaba en su mente que solo haya sido su imaginación, gira sobre sus talones y cuando ve a Vladimir se congela mientras su rostro pierde color.

—Si, soy yo.

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