CAPITULO 4

—Buenos días.

La voz grave, rasposa y envuelta en un aura de arrogancia cortó el aire del pasillo como una navaja afilada. Karen se tensó de pies a cabeza, sintiendo cómo la sangre se le congelaba en las venas. Volteó la cabeza con una lentitud agónica, aterrorizada por lo que sus ojos encontrarían. A escasos metros de distancia, saliendo de su suite, estaba Vladimir. Lucía impecable; el traje oscuro hecho a la medida se ajustaba perfectamente a su cuerpo masivo, emanando peligro, poder y una abrumadora sensualidad que la petrifico mientras su mente la lleva a la salvaje y oscura noche que pasaron juntos. Karen intentó ignorarlo, tragando el pánico que le resecaba la garganta, y tiró desesperadamente del brazo de su esposo. Le rogó entrar a la habitación de una vez por todas para descansar, justificándose con la mentira de que había dormido en una posición muy incómoda en las tumbonas de la piscina.

Vladimir dio un paso al frente, ajustándose los gemelos de plata con una calma exasperante.

—No debería dormir a la intemperie en lugares así, señora... —comentó él, arrastrando las palabras con una cortesía envenenada que solo ella podía descifrar—. Cualquier enfermo podría aprovecharse de usted mientras duerme. Ya sabe lo que dicen: caras vemos... mentes no sabemos.

Karen sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. No podía creer el nivel de cinismo de ese hombre. Decirle eso, en su propia cara y frente a su marido, después de la barbaridad que habían protagonizado horas antes, era una crueldad psicológica la que usaba en su contra que la dejó sin aliento. Con el rostro encendido en un rojo violento por la vergüenza y el terror, empujó a su pareja a la fuerza hacia el interior de la suite. Necesitaba esconderse, no verle más la cara a ese demonio. Pero justo antes de cerrar la pesada puerta, sus miradas chocaron. Una sonrisa perversa, oscura y cargada de intenciones maliciosas adornaba el rostro de Vladimir.

Para el ruso, todo aquello era simple y llana diversión; un juego de dominación exquisito. Verla temblar de nervios frente a él, mientras su ingenuo esposo estaba parado a su lado, le inyectaba adrenalina pura. Y mientras tuvieran la oportunidad de compartir el mismo aire en aquel hotel, pensaba aprovechar cada segundo para seguir tirando de los hilos, disfrutando del enfermizo juego.

Minutos más tarde, Karen se encontraba encerrada en el baño. Cerró los ojos con fuerza, dejando que el agua hirviendo de la regadera golpeara su piel, en un inútil intento por lavar la suciedad de su traición. Intentaba vaciar su mente, no recordar. Había roto la promesa sagrada que le hizo a Joseph apenas tres días atrás en el altar. Le fue infiel de la manera más cruda, y la culpa le remordía la conciencia hasta darle náuseas.

Pero, traicioneramente, en alguna parte muy oscura dentro de ella, el remordimiento comenzó a mutar. Recordar la salvaje noche que tuvo con aquel hombre, al que creía un troglodita sin escrúpulos, enviaba descargas eléctricas directas a su bajo vientre. Le excitaba de sobremanera con solo revivir las memorias en su mente.

Una sonrisa lánguida y pecaminosa curvó sus labios mojados al recordar la presión de sus manos tomándola de la cintura, sometiéndola. Revivió los intensos escalofríos que la sacudieron cuando esos ásperos labios recorrieron cada parte de su piel, devorándola como si fuera el néctar más exquisito del mundo. Sus manos eran tan inmensas, mucho más grandes que las de Joseph; sus brazos la sujetaban con una firmeza brutal mientras la embestía sin piedad. El solo recuerdo de sus jadeos roncos la hizo sentir completamente mojada, ardiendo en un deseo prohibido.

«Fue... la mejor noche de toda mi vida», susurró su mente, intoxicada por la lujuria.

De golpe, abrió los ojos, jadeando asustada por sus propios pensamientos.

—Pero qué diablos estoy diciendo... —sollozó, apoyando la frente contra los azulejos fríos, aterrorizada del monstruo en el que se estaba convirtiendo.

Molesta consigo misma, con un nudo de frustración y asco apretándole el pecho, Karen cerró la llave de la regadera de un tirón rápido. El eco del agua dejó paso a un silencio pesado. Tomó una toalla blanca y esponjosa, secó su cuerpo con movimientos bruscos, casi castigándose, y salió de la neblina de vapor hacia el frío aire acondicionado de la inmensa suite. En el otro extremo de la habitación, su esposo se encontraba sentado al borde del sofá, con el ceño fruncido y la mirada fija, absorto en la pantalla de su computador portátil mientras analizaba un sinfín de tediosos documentos. La desconexión de esa escena la golpeó con fuerza. Karen caminó con pesadez hacia el tocador, y en su distracción, dejó caer la toalla mojada.

Joseph se vio súbitamente interrumpido cuando sintió que algo húmedo y pesado rozaba sus piernas. Al bajar la vista, vio la toalla empapada sobre la alfombra fina.

—Karen, vas a...

Las palabras de reprimenda murieron en su garganta al levantar la mirada. En silencio absoluto, Joseph se quedó paralizado. Su esposa estaba sentada al borde de la cama, dándole la espalda, deslizándose unas delicadas medias de seda por las piernas. Pasó saliva con dificultad, sintiendo que la boca se le secaba de golpe. Siempre le había parecido increíblemente sensual, casi una debilidad irresistible, que su esposa usara ese tipo de lencería ajustada con finos encajes. Ella solía alternar entre el negro misterioso, el blanco inocente o el rojo pasión, pero el blanco y el rojo siempre habían sido sus favoritos. Hoy, el contraste de esa fina tela blanca contra su piel humectada y cálida lo enloqueció de inmediato. Cerró la laptop de golpe.

Movido por un impulso que había estado ausente durante toda la luna de miel, Joseph se acercó a ella por la espalda con pasos sigilosos. Colocándose de cuclillas detrás de ella, comenzó a trazar un camino de besos suaves, calculados y pausados por la parte posterior de sus piernas, subiendo lentamente por la suave piel de sus muslos.

Karen se estremeció de pies a cabeza, pero no fue un temblor de deseo, sino de una extraña y repentina incomodidad. Volteó el rostro por encima de su hombro, tensando los músculos de la espalda.

—Joseph... no quiero interrumpir tu trabajo —susurró, intentando apartarse sutilmente, sintiendo que el contacto le resultaba ajeno, casi invasivo.

Pero él ignoró por completo sus palabras, cegado por la repentina necesidad de marcar su territorio y hacerla suya.

—Vamos, amor... —murmuró él con voz ronca, rodeando su cintura con ambos brazos y besando su cadera—. Es nuestra luna de miel. Se supone que vinimos a este paraíso exactamente a esto, pero fui un completo idiota y muy egoísta contigo al no darte la atención que tanto deseabas. Déjame compensártelo... ¿sí?

Karen cerró los ojos con fuerza. No quería decirle que no. Después de todo, esa intimidad, ese romance, era exactamente lo que ella había estado mendigando desde el momento en que subieron al avión. Tragándose el aplastante nudo de culpa que le rasgaba la garganta, accedió. Se obligó a dejarse llevar por la situación, correspondiendo a sus caricias y a sus besos predecibles, mientras Joseph la levantaba en brazos y la depositaba con cuidado sobre el inmenso colchón de la cama.

Sin embargo, a medida que los minutos avanzaban, el verdadero infierno personal de Karen comenzó.

"No lo entiendo... ¿Qué demonios me está pasando?", se preguntaba a sí misma, mirando el techo con la mente a mil kilómetros de distancia.

Desesperada y profundamente molesta consigo misma, buscaba una explicación lógica para el aterrador abismo que sentía. Estaba haciendo el amor con su esposo, el hombre que amaba, pero su cuerpo estaba anestesiado. No sintió ni una sola pizca de placer genuino. Cada caricia de Joseph le parecía débil, cada beso le resultaba aburrido. Al contrario de entregarse al éxtasis, en su fuero interno solo deseaba que él terminara pronto para poder darse una ducha y borrar su toque. Era como si hubiera accedido a la fuerza, como si su propia piel rechazara a su marido tras haber conocido el fuego puro.

Pero ese sentimiento gélido de repulsión y apatía dio un giro perturbador en los últimos minutos del acto. Joseph la tomó por los hombros y la volteó con un movimiento firme, acomodándola sobre las almohadas y tomándola por detrás. Ese simple cambio de posición fue un gatillo letal. Al sentir el peso del hombre sobre su espalda y unas manos aferrándose a sus caderas, la memoria corporal de Karen despertó violentamente.

Cerró los ojos con fuerza y, en la oscuridad de su mente, las manos de Joseph fueron reemplazadas por el agarre brutal, gigantesco y posesivo de Vladimir. Sustituyó la cama limpia de su luna de miel por las sombras de aquella suite ajena. Imaginó la rudeza salvaje de sus embestidas, el calor sofocante de su cuerpo inmenso aplastándola, y esos aterradores ojos bicolores taladrándole el alma. «Vladimir...», repitió ese nombre mentalmente como una invocación prohibida. Y con solo pensar en su rostro perverso y en la barbarie de la noche anterior, la humedad y el calor inundaron su centro. Su respiración se quebró, su excitación creció como un incendio forestal incontrolable, traicionando todo lo que era, hasta lograr llegar a un clímax ensordecedor y arrasador que la dejó temblando, rota, y llorando de pura vergüenza en el silencio de su propia mente.

Joseph se dejó caer de espaldas sobre el colchón, respirando con pesadez, con el pecho subiendo y bajando rápidamente bajo una fina capa de sudor brillante. Giró el rostro hacia ella, mirándola con una mezcla de absoluto asombro y genuina fascinación.

—Karen... eso fue... simplemente increíble —jadeó Joseph, pasándose una mano por el cabello desordenado, aún sin poder creer la intensidad de lo que acababan de compartir. Nunca había visto a su esposa tan desinhibida, tan audaz, ni mucho menos la creía capaz de dominar o exigir tantas posiciones con esa agresividad exquisita—. Wow... definitivamente hay que hacerlo mucho más seguido, amor. Estuviste espectacular.

Karen tragó el nudo de bilis que amenazaba con ahogarla y forzó una sonrisa vacía, jalando las sábanas de seda con desesperación para cubrir su desnudez.

—Sí... claro.

Se giró dándole la espalda, cerrando los ojos con tanta fuerza que le dolieron. «¿Por qué? ¿Por qué diablos me excité de esa forma tan animal cuando pensé en ese tipo sin escrúpulos?», se recriminó en el silencio de su propia mente, sintiéndose la criatura más sucia y despreciable sobre la faz de la tierra. «Estás jugando con fuego. ¿Acaso quieres perder tu matrimonio, Karen? ¿Quieres destruir todo lo que tienes por la sombra de un maldito troglodita?»

Ajeno a la tormenta psicológica que destrozaba a su esposa, Joseph se levantó de la cama rebosante de una energía renovada.

—Hoy, definitivamente pasaremos un gran día, cariño —dijo con entusiasmo mientras comenzaba a vestirse rápidamente con ropa casual pero elegante—. Te tengo una sorpresa maravillosa preparada para esta noche. Te va a encantar.

Sin embargo, antes de que Karen pudiera fingir interés, el tono agudo del celular de Joseph comenzó a sonar desde el buró. Él miró la pantalla y su expresión relajada cambió de golpe a una máscara de seriedad absoluta. Tomó el aparato con rapidez y, sin decir una sola palabra, caminó hacia el baño. Para sorpresa de Karen, cerró la puerta y pasó el seguro, encerrándose herméticamente para tomar la llamada.

Sola nuevamente en la inmensa habitación, Karen ni siquiera tuvo la fuerza para cuestionar su extraño y secreto comportamiento. Estaba demasiado hundida en su propia miseria. Solo podía pensar en lo inmensamente culpable que se sentía; le daba asco saber que, incluso en el acto más íntimo de amor con su marido, había tenido que pensar en otro hombre para poder sentir algo de fuego.

Minutos después, la cerradura giró y Joseph salió, ya con el teléfono guardado y una expresión de falsa urgencia.

—Cariño... lo siento muchísimo —comenzó, ajustándose el reloj en la muñeca con nerviosismo—. Yo... debo terminar un asunto corporativo de suma importancia que no puede esperar. ¿Te molesta demasiado si hago esto ahora?

Karen lo miró desde la cama, sintiendo una apatía gélida y molesta.

—No —dijo sin darle la menor importancia, con la voz apagada—. Iré a dar un paseo yo sola. Necesito aire.

Joseph se acercó al borde de la cama, inclinándose para dejar un beso cálido y rápido sobre sus labios fríos.

—Te prometo que terminaré lo más pronto posible —le aseguró con una sonrisa conciliadora—. Además, míralo por el lado bueno, así me dará más tiempo para preparar con lujo de detalle la sorpresa que te tengo. Nos vemos en un rato.

—Ok —murmuró ella, viéndolo cruzar la puerta y dejándola a solas con sus demonios.

Mientras descendía en el ascensor de cristal, con la mente atestada de culpas y el pecho apretado por la ansiedad, una pareja mayor subió en el piso de abajo. Ajena a la tormenta de la chica, la pareja charlaba animadamente sobre unas aguas termales naturales que pertenecían al hotel, comentando maravillas sobre cómo ese lugar ayudaba a desestresarse, purificar el cuerpo y liberar cualquier tensión acumulada. Para Karen, aquellas palabras sonaron como una intervención divina; decidió al instante que era la oportunidad perfecta para escapar, purificar su mente y olvidarse de todo el caos de su matrimonio.

Al llegar a la recepción, pidió indicaciones. La amable empleada le entregó un rústico mapa de papel, pero le advirtió con tono de disculpa que casi nadie iba a ese lugar. Estaba demasiado retirado de las lujosas instalaciones principales, oculto en el corazón de la selva privada del resort, y a los huéspedes de élite no les gustaba caminar y ensuciarse los zapatos de diseñador. Lejos de desanimarla, esa advertencia hizo que el destino le resultara muchísimo más interesante. Antes de conocer a Joseph y verse envuelta en un mundo de cristal y apariencias, Karen disfrutaba de los viajes de mochilera, del senderismo y de la conexión real y cruda con la naturaleza.

Con ropa cómoda y una botella de agua, emprendió la caminata.

—Si no me equivoco... las aguas deberían estar a unos cuantos metros de aquí —murmuró para sí misma, secándose una gota de sudor de la frente.

Llevaba ya una hora caminando por un sendero estrecho, devorado por la exuberante vegetación tropical y casi cubierto por completo por las enormes hojas secas de los árboles milenarios. La soledad y el esfuerzo físico la habían ayudado a despejar su mente. Por un momento de pánico creyó que estaba irremediablemente perdida en medio de la nada, pero al apartar unas gruesas lianas, vio el viejo rótulo de madera que tanto deseaba encontrar. Sonrió emocionada, sintiendo una inmensa victoria, y corrió los últimos metros hasta su objetivo para poder tomar, al fin, ese baño purificador y relajante que su alma le suplicaba.

—Al fin —suspiró con emoción, dejando caer su bolso sobre la tierra húmeda.

El lugar era un paraíso místico. Un humo casi transparente, espeso y caliente, salía perezosamente de la enorme poza natural que estaba bellamente rodeada de rocas volcánicas. El aroma a minerales y tierra mojada era embriagador. Creyéndose completamente sola en aquel edén escondido, comenzó a deshacerse de su ropa con urgencia. Se quitó la blusa, sintiendo la brisa en su piel erizada, y llevó las manos al botón de su short. Estaba a punto de bajar la cremallera cuando un sonido fuerte y brusco rompió la quietud del santuario. El agua se agitó violentamente.

Karen se quedó congelada, petrificada, con los dedos aferrados a la tela de su ropa. De entre la espesa niebla de vapor caliente, alguien emergió. Rompiendo la superficie del agua como una oscura deidad de la naturaleza, Vladimir se puso de pie. El agua cristalina resbaló por su pecho ancho, descendiendo por un abdomen brutalmente esculpido hasta perderse más abajo, revelando que estaba completamente desnudo.

«¿Él? ¿Qué maldita jugarreta del destino es esta?», gritó su mente, horrorizada.

—¿Tú... aquí? —fue lo único que logró tartamudear, con los ojos desorbitados y la voz quebrada, incapaz de dar un paso atrás o de apartar la vista de esa imponente y peligrosa visión.

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