Mundo de ficçãoIniciar sessãoLenora Govertz camina hacia el altar con una sola promesa ardiéndole en el pecho: destruir a Valen Kuffer de Saltzer, el hombre que la humilló frente al mundo entero y convirtió a la princesa del reino del mar en el hazmerreír de la realeza. Ahora está a punto de convertirse en su esposa. Pero mientras Valen cree haber doblegado a una mujer enamorada, Lenora planea destruir su corona, su orgullo… y su corazón.
Ler maisSiempre soñé con el día de mi boda. Desde que tenía cinco años y me comunicaron que estaba prometida al príncipe Valen Kuffer de Saltzer, futuro heredero de Duviz, mi corazón le perteneció únicamente a él.
Hoy, al fin, ese momento había llegado; sin embargo, estaba muy lejos de parecerse a como lo imaginé alguna vez.
La catedral estaba cubierta de flores blancas, listones de seda y enormes arreglos iluminados por lámparas de cristal. Todas las familias nobles del occidente habían acudido para presenciar el enlace. Políticos, empresarios, miembros de otras coronas y cientos de periodistas ocupaban cada rincón del recinto bajo el resplandor insoportable de los flashes.
Y aun así, faltaba lo más importante.
Amor.
La mirada del hombre que me esperaba en el altar estaba llena de desprecio. No había emoción en sus ojos pardos, ni una sola señal de calidez detrás de aquella postura impecable y arrogante con la que sostenía la corona de Duviz sobre la cabeza.
Y yo, mientras avanzaba hacia él, juraba destruirlo.
Cada maldito paso.
¿Cómo llegamos a esto?
Fácil.
Él nunca me amó.
Durante siglos nuestros reinos estuvieron enfrentados. Entre Astlan y Duviz se extendía una herida inmensa de más de mil quinientos kilómetros de bosque y montañas conocida como Sidren. Una frontera salvaje que dividía el occidente entre el mar y el frío, entre la sal y la piedra. Ninguno de los dos reinos había logrado dominar completamente aquella región hostil donde nacían los clanes criminales más violentos del mundo.
Entonces, un buen día, el rey de Astlan —mi padre— y el rey de Duviz —el padre de Valen— decidieron poner fin al conflicto uniendo a sus herederos mediante matrimonio.
Una reverenda idiotez.
Maldije aquel acuerdo con todo mi ser mientras avanzaba por el largo pasillo de la catedral.
Apreté el ramo de rosas rojas entre mis manos con más fuerza de la necesaria, aplastando algunos pétalos que fueron cayendo lentamente al suelo detrás de mí, marcando el camino hacia el altar igual que pequeñas gotas de sangre.
Por fortuna, mi rostro permanecía cubierto por un velo ligero. De lo contrario, los cientos de invitados, las cámaras y los miles de espectadores que seguían el evento más esperado del siglo habrían inmortalizado la amargura dibujada en mi expresión.
Todo marchó como los monarcas deseaban… hasta que el padre de Valen murió y él ascendió al trono de Duviz.
Su primer acto como rey fue romper nuestro compromiso.
Y no lo hizo en privado.
No tuvo siquiera la decencia de llamarme.
A través de un comunicado público declaró que yo era una salvaje pata salada, una mujer vulgar, sin modales, demasiado emocional y poco digna de convertirme en reina de Duviz.
Todavía recordaba el momento exacto en que leí aquellas palabras.
La presión insoportable en el pecho, el temblor de mis manos y la sensación de que el suelo desaparecía debajo de mí mientras veía mi nombre arrastrado frente al mundo entero.
La humillación se volvió viral en cuestión de horas.
Memes, titulares y programas completos burlándose de mí.
Durante meses mi rostro apareció editado sobre caricaturas de cavernícolas, pescadores y animales marinos. No podía salir del palacio sin sentir las miradas encima. Sin escuchar murmullos. Sin leer comentarios destruyéndome en redes y periódicos internacionales.
Pero el golpe más brutal no fue para mí.
Fue para mi padre.
El rey de Astlan pasó sus últimos años consumiéndose lentamente bajo una culpa que jamás le perteneció. Se disculpaba conmigo constantemente, convencido de que había fallado como padre por no convertirme en la mujer que Duviz esperaba.
Y yo…
Yo le juraba una y otra vez, por el alma de mi madre, que había sido el mejor padre del mundo.
Pero nunca logró perdonarse.
Murió decepcionado de sí mismo.
Y jamás le perdonaría al hombre que me esperaba en el altar el haber llevado a mi padre hasta ese punto.
Sobre todo porque Valen me utilizó únicamente para liberarse del compromiso y poder vivir el romance que realmente deseaba.
Enriqueta de Clark, el amor de su juventud y la mujer con la que siempre quiso casarse.
Tenía derecho a amar a quien quisiera. Eso nunca me importó realmente.
Lo imperdonable fue destruirme públicamente para conseguirlo.
Convertirme en el hazmerreír del continente solo porque necesitaba librarse de mí.
Años de burlas, humillaciones y cargando una marca invisible en la frente gracias a él.
Fue frente a la tumba de mi padre donde juré que, si algún día tenía la oportunidad de cobrarme aquella humillación, lo haría sin dudar.
Aunque, siendo sincera, en mis planes jamás estuvo retomar este matrimonio.
Pero la muerte de mi padre, los conflictos descontrolados en Sidren y la poca experiencia de Valen gobernando terminaron hundiendo ambos reinos en una crisis peligrosa. La violencia alcanzó niveles jamás vistos. Los clanes criminales comenzaron a tomar territorios completos mientras Astlan y Duviz luchaban inútilmente por separado intentando contenerlos.
Así que aquí estábamos.
A punto de unir nuestras vidas frente a Dios y frente al mundo entero.
Odiándonos más que a nadie.
Mis labios se curvaron apenas detrás del velo.
Cada segundo a su lado lo dedicaría exclusivamente a destruirlo.
Y estaba segura de que él planeaba exactamente lo mismo.
Podía verlo en la postura rígida que mantenía bajo aquel traje negro impecable, con la banda ceremonial atravesándole el pecho y la corona oscura descansando sobre su cabello negro perfectamente acomodado.
Sus ojos permanecían clavados en mí con una frialdad insoportable.
Como si tocarme siquiera le resultara desagradable.
Al llegar hasta el altar, mi hermanastro me entregó con un torpe empujón que estuvo a punto de hacerme perder el equilibrio. Las pequeñas risas ahogadas de algunos invitados no tardaron en extenderse entre las primeras filas.
Malditos buitres.
Valen rodó apenas los ojos antes de sujetarme de la mano con una frialdad que consiguió irritarme todavía más.
Sin una pizca de ilusión, deseo o siquiera deseo en su rostro.
Solo prisa por terminar con aquello.
Aunque, siendo sincera, yo tampoco soportaba ya el espectáculo. El corset me estaba asfixiando, el encaje raspaba mi piel y la corona comenzaba a provocarme un dolor insoportable en el cuello.
Pero era un pequeño sacrificio por algo mucho más importante.
El sacerdote tuvo que repetir las indicaciones varias veces porque ninguno de los dos estaba escuchando realmente. El pobre hombre parecía estar al borde de un colapso nervioso. El sudor brillaba sobre su frente mientras alternaba miradas entre Valen y yo, claramente consciente de que estaba uniendo a dos personas que preferirían arrancarse la garganta antes que besarse.
—Por favor, colóquense uno frente al otro para decir los votos —pidió con una cortesía temblorosa.
Valen soltó una maldición apenas audible antes de girarse hacia mí.
Yo, en cambio, levanté lentamente el rostro manteniendo la elegancia y delicadeza que el evento exigía.
Le daría al público exactamente lo que esperaba ver.
Una novia enamorada, devota y muy… muy Ilusionada.
Cuando Valen levantó mi velo, se encontró con la mirada más dulce y radiante que probablemente había visto en toda su vida.
El desconcierto le cruzó el rostro de inmediato.
Sus gruesas cejas oscuras se juntaron apenas mientras intentaba entender por qué lo observaba de aquella manera después de todo lo que me hizo.
Tuve que morderme la lengua para no reaccionar cuando apretó mis dedos con fuerza al colocarme el anillo.
Desgraciado.
Buscaba provocarme; hacerme perder el control frente a todos para convertirme una vez más en motivo de burla.
Pero ya esperaba algo así de una escoria como él.
—Si alguien se opone a esta unión, que hable ahora o calle para siempre —declaró el sacerdote.
El muy descarado levantó la vista hacia los invitados con una expresión casi esperanzada.
Como si todavía aguardara que Enriqueta apareciera entre la multitud para detener la ceremonia.
Pobre iluso.
¿De verdad este imbécil era rey?
—Su Majestad puede decir sus votos ahora…
—Saltaremos esa parte —ordenó Valen con voz fría.
El sacerdote hiperventiló discretamente antes de avanzar varias páginas de la Biblia con manos temblorosas.
—Repita después de mí. Yo, Valen Kuffer de Saltzer, rey de Duviz…
Valen comenzó a recitar el juramento como si cada palabra le desgarrara la garganta antes de abandonar sus labios.
Entonces llegó mi turno.
Le sostuve la mirada mientras una sonrisa perfecta se dibujaba lentamente sobre mis labios.
Yo, Lenora Govertz, reina de Astlan…
Juro destruirte y convertir tu vida en un infierno hasta que la muerte nos separe.
POV VALENPasé casi toda la noche observando a Lenora dormir, pensando en todo lo que habíamos pasado, en el punto en el que nos encontrábamos ahora y preguntándome qué sería de nosotros en el futuro. Aunque, sorprendentemente, ya no era algo que me preocupara como antes. Fuera lo que fuera lo que nos esperara, podría enfrentarlo siempre y cuando Lenora estuviera a mi lado.Tampoco me arrepentía de mi pasado. Sí, me arrepentía profundamente del sufrimiento que le había causado, pero no de habernos separado durante aquel tiempo. Ahora creía que todo lo que había ocurrido había sido necesario para llegar hasta ese momento con la certeza de que realmente nos elegíamos, y que lo nuestro no era simplemente el resultado de una imposición de nuestros padres.Me incliné sobre ella y dejé un beso en su frente antes de abandonar la habitación. Tal como le había dicho a Brau, ajustaría cuentas con Molva, así que había llegado el momento de enfrentarme a aquel pedazo de idiota.Antes de cerrar la
POV LENORANo había conseguido dormir.Cada vez que cerraba los ojos, mi mente regresaba a la noche anterior, como si se empeñara en torturarme con los mismos recuerdos una y otra vez. Todavía podía sentir las manos de Valen sobre mi cintura, la presión de su cuerpo contra el mío y aquella manera desesperada en que me había besado, como si llevara demasiado tiempo conteniéndose y finalmente hubiera perdido la batalla.Lo peor era que yo tampoco había querido detenerlo.Había respondido a su beso con la misma intensidad y, aunque después conseguí apartarme y recordarme todas las razones por las que debía mantenerme lejos de él, mi cuerpo parecía haberse quedado atrapado en aquel instante.Me senté al borde de la cama y me llevé ambas manos al rostro.—Esto no puede estar pasándome.Había pasado semanas convenciéndome de que debía olvidarlo, de que nuestro matrimonio había sido un error y de que lo más sensato era regresar a Aztlán y terminar con aquella farsa antes de que alguno de los
POV LENORA¿Qué demonios tenía que ver todo aquello con un maldito matrimonio?La propuesta de Molva seguía dando vueltas en mi cabeza mientras caminaba hacia la camioneta. No sabía si quería reírme, golpearlo o exigirle que me explicara qué clase de juego estaba jugando conmigo. Había llegado hasta Sidren convencida de que necesitábamos negociar el futuro de su pueblo y, de pronto, aquel hombre pretendía que considerara casarme con él.Como si no fuera suficiente con todo lo que ya tenía encima.Molva se acercó a mí antes de que pudiera alejarme.—Pregúntese, mi reina—murmuró junto a mi oído—. qué reino ha salido más perjudicado.Me aparté sin responder. La indignación se me había quedado atorada en la garganta y mi cabeza era una maraña de preguntas que no conseguía ordenar.Al pasar junto a Valen, evité mirarlo.Él estaba librando una silenciosa batalla de miradas con Molva y no pensaba participar en aquella absurda competencia entre dos hombres que parecían haber olvidado que yo e
CAPÍTULO 55POV LENORAEncontré a Molva rodeado de varios de sus hombres. Algunos terminaban de acomodar las mesas mientras otros permanecían vigilando los alrededores, atentos a cualquier movimiento que pudiera representar una amenaza para el campamento.Molva fue el primero en verme y se apartó del grupo para recibirme. Una sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro mientras se acercaba, acompañada de una mirada que oscilaba entre la diversión y algo mucho más malicioso que me incomodaba.A esas alturas había aprendido a desconfiar de sus sonrisas.—Majestad —saludó cuando estuvo frente a mí, inclinando apenas la cabeza.—Molva.Lo observé durante unos segundos mientras avanzábamos hacia las mesas. Resultaba difícil ignorar la presencia que tenía aquel hombre. Su barba perfectamente recortada delineaba todavía más su mandíbula y acentuaba sus facciones marcadas, mientras su complexión y la seguridad con la que se movía conseguían que todos a su alrededor parecieran estar pendientes de





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