—Shh… —siseó Vladimir, llevando rápidamente su inmensa mano para cubrir la boca de Karen antes de que el pánico la hiciera gritar.
—¡No me chites, carajo!... —intentó articular ella contra la palma áspera del magnate, con los ojos desorbitados por el terror absoluto, forcejeando débilmente.
Vladimir presionó su mano con un poco más de firmeza, asfixiando cualquier sonido. Lejos de compartir la urgencia o el miedo de la mujer que tenía aplastada contra la puerta, él sonrió. Era una sonrisa cargad