Constanza: la sangre no miente.

Constanza: la sangre no miente. ES

Romance
Última atualização: 2025-08-21
Amelia Bordo  Em andamento
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Índice

Constanza carga con el peso de un apellido, la herencia de una sangre salvaje y una inteligencia que despierta envidia. Pero esa combinación es peligrosa, mortal incluso, especialmente si el amor se suma a la fórmula. Constanza se ve obligada a casarse con alguien que no ama por el bien de su familia pero no quiere ser espectadora de su historia, sino autora de su propio destino. Ella desea ser libre y reencontrar su primer amor. ¿Hasta dónde llegará para liberarse?

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Capítulo 1

Capítulo 1: Antes del nombre hay un legado

Su nombre era Constanza, su apellido…Panfili por su padre, Ludovi por su marido, pero ella prefería Maidalkini, el apellido de su madre, una mujer potente pero no por su cultura, que era bastante elevada, sino por la posición de su marido, que era aún más destacada.

Olimpia Maidalkini había nacido en un pequeño pueblo en el que ninguno entraba ni salían y los días pasaban todos iguales. Su familia era noble pero con pocos recursos mas allá de algunas tierras y el titulo y, por desgracia para el padre, sus herederos eran todas mujeres; su semilla no había hecho florecer en el vientre de su esposa nada mas que tres preciosas niñas, hermanas destinadas a cosas muy diferentes.

Artemisa era la mayor, creció aprendiendo los deberes de una mujer espetable y se casó a temprana edad con un propietario de buenas tierras. Celeste, más conocida como Celestina, la encerraron en un convento q temprana edad, al igual que Olimpia y aceptó los votos lo más rápido que pudo. A diferencia de su hermana Olimpia se negó a aceptar el destino que le habían impuesto y regresó a casa, con su padre. Ella era rebelde y ambiciosa y tal vez por eso su padre la odiaba más que a todas.

La casa, que en otro tiempo había sido solar de orgullo y nobleza, se erguía ahora como un cadáver de piedra. Las paredes, ennegrecidas por la humedad, rezumaban un olor rancio, mezcla de moho y encierro. El techo, antaño adornado con maderas firmes, estaba vencido y abierto por grietas; de las vigas colgaban telarañas húmedas, y por las goteras el agua caía en un compás lúgubre sobre el suelo manchado.

- Hay goteras en el techo- dijo Olimpia entrando en la biblioteca donde su padre estaba escribiendo una carta.

- Lo vas a arreglar tu? - dejó la pluma de cuervo negro bañada en tinta

- Porque te empeñaste tanto en regresar? Solo eres una inútil- agarró el bastón para levantarse de la silla. - Desde que tu madre murió esta casa ha caído en desgracia- se acercaba a ella cojeando y aún así era inquietante y repulsivo.

- No la metas en esto.- Olimpia intentaba contener la rabia que había estado creciendo en ella desde que puso un pie en esa casa mugrienta.

- Ojalá hubieras muerto tú, si tú no estuvieras viva ella me hubiera dado un heredero varón. - los pasos y el ruido de la madera contra el suelo se habían detenido.

La madre de Olimpia había muerto dandola a luz.

- Ni siquiera un heredero varón pudiera arreglar esta casa y estas tierras- el fuego estaba ardiendo en sus ojos negros, ya no se podía contenter. - Están tan marchitas como tu corazón.

- Podías aprender de tus hermanas, ellas aceptaron su deber pero tú....eres igual a mi madre- el disgusto estaba marcado en su rostro.

- Me iré de este lugar lleno de pobreza y suciedad, lejos de tí.- Fue lo último que dijo antes de alejarse de él, con aire desafiante.

Ella no quería pudrirse dentro de esas paredes que cada día eran màs negras por la humedad. No quería, no moriría ahí como lo había hecho su madre.

Un dia el aire cambio en el aburrido e insignificante pueblo donde vivía Olimpia, a èl llego un joven noble y rico de nombre Ricardo Panfili. Èl se enamoro de Olimpia a primera vista, justo en el momento que poso sus ojos chocolate en su figura delgada y pequeña mientras caminaba por el mismo puente por donde todos cruzaban para ir a la iglesia los domingos vistiendo su mejor ropa. Su cuerpo musculoso y alto la esperaba todos los domingos en el puente y la invitaba a pasear por las mismas calles terrosas marcadas por el surco de pisadas, lo màs curioso sobre esos surcos era que solo habìa un camino para ir a la iglesia y regresar, uno para el pequeño mercado y hacia las casas y cada año se hacían màs profundos, nadie iba màs allà de esos caminos para formar uno nuevo con pisadas frescas.

- Olimpia yo...- se atrevía incluso a llamarla por su nombre- desde que te ví por primera vez me persigues en sueños.

El àrbol que les brindaba sombra danzaba impulsado por el viento, el brazo de Ricardo que se tensaba sobre él y sus cuerpos que se acercaban cada vez más, como un instinto. Olimpia veía en él su oportunidad y observaba claramente como él la deseaba.

Se besaron, un beso cálido como esos días de primavera en donde el sol aún no quema. Olimpia sintió como su respiración se aceleraba, como sus manos recorrían su cuerpo y agarraban su cintura.

- Vamos a tu casa? - preguntó ella. Querìa escapar, deseaba su libertad y ella estaba dispuesta a todo.

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Capítulo 1: Antes del nombre hay un legado
Capítulo 2: La Villa Panfili.
Capítulo 3: Donde todo comienza.
Capítulo 4: La carta del deseo
Capìtulo 5: Viaje en carruaje.
Capìtulo 6: El diario de Tia A
Capìtulo 7: El amor huele a menta y lavanda
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