Mundo ficciónIniciar sesiónConstanza carga con el peso de un apellido, la herencia de una sangre salvaje y una inteligencia que despierta envidia. Pero esa combinación es peligrosa, mortal incluso, especialmente si el amor se suma a la fórmula. Constanza se ve obligada a casarse con alguien que no ama por el bien de su familia pero no quiere ser espectadora de su historia, sino autora de su propio destino. Ella desea ser libre y reencontrar su primer amor. ¿Hasta dónde llegará para liberarse?
Leer másSu nombre era Constanza, su apellido…Panfili por su padre, Ludovi por su marido, pero ella prefería Maidalkini, el apellido de su madre, una mujer potente pero no por su cultura, que era bastante elevada, sino por la posición de su marido, que era aún más destacada.
Olimpia Maidalkini había nacido en un pequeño pueblo en el que ninguno entraba ni salían y los días pasaban todos iguales. Su familia era noble pero con pocos recursos mas allá de algunas tierras y el titulo y, por desgracia para el padre, sus herederos eran todas mujeres; su semilla no había hecho florecer en el vientre de su esposa nada mas que tres preciosas niñas, hermanas destinadas a cosas muy diferentes. Artemisa era la mayor, creció aprendiendo los deberes de una mujer espetable y se casó a temprana edad con un propietario de buenas tierras. Celeste, más conocida como Celestina, la encerraron en un convento q temprana edad, al igual que Olimpia y aceptó los votos lo más rápido que pudo. A diferencia de su hermana Olimpia se negó a aceptar el destino que le habían impuesto y regresó a casa, con su padre. Ella era rebelde y ambiciosa y tal vez por eso su padre la odiaba más que a todas. La casa, que en otro tiempo había sido solar de orgullo y nobleza, se erguía ahora como un cadáver de piedra. Las paredes, ennegrecidas por la humedad, rezumaban un olor rancio, mezcla de moho y encierro. El techo, antaño adornado con maderas firmes, estaba vencido y abierto por grietas; de las vigas colgaban telarañas húmedas, y por las goteras el agua caía en un compás lúgubre sobre el suelo manchado. - Hay goteras en el techo- dijo Olimpia entrando en la biblioteca donde su padre estaba escribiendo una carta. - Lo vas a arreglar tu? - dejó la pluma de cuervo negro bañada en tinta - Porque te empeñaste tanto en regresar? Solo eres una inútil- agarró el bastón para levantarse de la silla. - Desde que tu madre murió esta casa ha caído en desgracia- se acercaba a ella cojeando y aún así era inquietante y repulsivo. - No la metas en esto.- Olimpia intentaba contener la rabia que había estado creciendo en ella desde que puso un pie en esa casa mugrienta. - Ojalá hubieras muerto tú, si tú no estuvieras viva ella me hubiera dado un heredero varón. - los pasos y el ruido de la madera contra el suelo se habían detenido. La madre de Olimpia había muerto dandola a luz. - Ni siquiera un heredero varón pudiera arreglar esta casa y estas tierras- el fuego estaba ardiendo en sus ojos negros, ya no se podía contenter. - Están tan marchitas como tu corazón. - Podías aprender de tus hermanas, ellas aceptaron su deber pero tú....eres igual a mi madre- el disgusto estaba marcado en su rostro. - Me iré de este lugar lleno de pobreza y suciedad, lejos de tí.- Fue lo último que dijo antes de alejarse de él, con aire desafiante. Ella no quería pudrirse dentro de esas paredes que cada día eran màs negras por la humedad. No quería, no moriría ahí como lo había hecho su madre. Un dia el aire cambio en el aburrido e insignificante pueblo donde vivía Olimpia, a èl llego un joven noble y rico de nombre Ricardo Panfili. Èl se enamoro de Olimpia a primera vista, justo en el momento que poso sus ojos chocolate en su figura delgada y pequeña mientras caminaba por el mismo puente por donde todos cruzaban para ir a la iglesia los domingos vistiendo su mejor ropa. Su cuerpo musculoso y alto la esperaba todos los domingos en el puente y la invitaba a pasear por las mismas calles terrosas marcadas por el surco de pisadas, lo màs curioso sobre esos surcos era que solo habìa un camino para ir a la iglesia y regresar, uno para el pequeño mercado y hacia las casas y cada año se hacían màs profundos, nadie iba màs allà de esos caminos para formar uno nuevo con pisadas frescas. - Olimpia yo...- se atrevía incluso a llamarla por su nombre- desde que te ví por primera vez me persigues en sueños. El àrbol que les brindaba sombra danzaba impulsado por el viento, el brazo de Ricardo que se tensaba sobre él y sus cuerpos que se acercaban cada vez más, como un instinto. Olimpia veía en él su oportunidad y observaba claramente como él la deseaba. Se besaron, un beso cálido como esos días de primavera en donde el sol aún no quema. Olimpia sintió como su respiración se aceleraba, como sus manos recorrían su cuerpo y agarraban su cintura. - Vamos a tu casa? - preguntó ella. Querìa escapar, deseaba su libertad y ella estaba dispuesta a todo.Cuando llegaron a Prato Regina los recibió con un gran banquete preparado con todas las delicias de la región. Elizabeth no había dejado de hacer esos dulces que alegraban el corazón de todos. Federico le otorgó una flor a Lucrezia. Finalmente todos reunidos una vez más, en una suave brisa que soplaba para evitar que los pequeños se sofocaran demasiado mientras corrían. -Lucrezia, sabías que en la ciudas se Olimpia se hacían espectáculos deportivos? - dijo Francisco, siempre enseñándole algo nuevo.-Tal vez podrías ser una de las ganadoras - dijo Federico entre bocanadas que aire que agarraba para recomponerse. -Eres muy rápida.- No- dijo Lucrezia- Yo quiero ir a la universidad.- su voz chillona llenó de orgullo a Constanza. En ese momento era algo inpensable y aún así ese apellido lejano la retaba a romper los esquemas, las reglas, superar las expectativas a cambio de lo que fuera necesario. Lucrezia creció decidida a alcanzar sus sueños. Sus cabellos oscuros resplandecían al so
Regina murió después de dar a luz, su cuerpo se enterró en una ceremonia privada en donde ni siquiera sus padres pudieron participar con la excusa de que durante todos esos años ni siquiera le habían dirigido la palabra. Todos se preguntaron que sería del señor Medici que con la perdida de su esposa se había encerrado en casa y había contratado una nodriza para atender a su hija. Lo único que no fue abandonado fueron sus negocios que seguía haciendo como si nada hubiera pasado. Francisco sabía que la solución de Constanza había sido la mejor. Regina había sido lo suficientemente fuerte como para aceptar ese matrimonio concertado y finalmente había llegado el momento de liberarla. La solución era igual a cero, nadie sabía y nadie iba a saber jamàs el verdadero resultado del problema. Regina disfrutó demasiado fingir su propia muerte después de que finalmente Constanza había dado a luz a una hermosa niña que llamaron Lucrezia. Ahora, gracias a esa artimaña podría vivir tranquila
Constanza llegó al convento cuando los rayos del sol ya quemaban sus mejillas, las visitas se habían hecho màs comodas desde que su tía había renovado las celdas de visita, aunque en su opinión debía intentar recibirla en sus aposentos donde seguramente las sillas tenían almuadillas màs cómodas. -Hace demasiado tiempo que no venías a visitarme- dijo con un puchero que hizo evidente cada nueva línea que su rostro había creado en esas semanas que ahora, mirando sus ojos caídos parecían años. - Lo siento, necesitaba organizar todo- sonrió con gentileza, esa era la parte que, tal vez, solo Celestina conocía, una que nisiquiera su propia madre había visto. Sobre ella Constanza pensaba solo muy de vez en cuando, y ahora que escuchaba aquel tono extraño que su voz había adoptado para abrazar con cada palabra a su tía, recordaba otra vez que ella era su segunda madre. - Entiendo, estaba bromeando- era como una niña pequeña, que vivía feliz en su proprio castillo de fantasía, al me
-Cons....- sus ojos buscaron desorientados su cabello cobrizo entre las cuatro paredes que solo recibían oscuridad entre sus ángulos de 90 grados. Constanza, quería decir su nombre completo y abrazarla cuando la hubiera encontrado en esa casa que ahora le parecía demasiado grande de tanto buscar. Primero se dirigió corriendo a la puerta, miró las huellas dejadas por las ruedas del carruaje, se siento culpable por un momento, pues seguramente era el mismo medio de transporte que lo había despertado, tenía que haberse dado cuenta en ese momento y correr e impedir la huida cobarde de su amada. Se negó, eligió hacer caso omiso a las pruebas contundentes de su partida constanza nunca hubiera sido tan cobarde, nunca hubiera huido lejos de él con su hijo en su vientre, no, esa no era la mujer que amaba. - Francisco, basta, ya - Rebecca gritó por los jardines en donde aquel con quien había compartido tantos años de su vida estaba enloqueciendo. -Rebecca- sus ojos azules estaban trans
Último capítulo