- Olimpia...- la tomó de la mano- yo deseo ir a mi casa, contigo....pero....como mi esposa.
Sus bocas se fundieron en un "si" silencioso. Él era un hombre diferente, que podía despertar la curiosidad e incluso la envidia de todos. Había heredado una gran fortuna hacía unos años y ahora era el conde de una villa famosa por sus vinos. Claro, eso su padre no lo sabía, sino había dejado el bastón a un lado para abrazarlos por la noticia de casamiento. - Si desea la mano de mi hija, es suya, no creo que sea de mucha ayuda para usted tampoco, pero la dote no la concederè, no gastarè ni una moneda más en esa que dicen ser mi hija- dijo con desprecio. Olimpia solo esperaba que supiera algún día, antes de morir, que había despreciado justo aquello que le hubiera dado todo lo que siempre había soñado, porque si, la ambición de los Maidalkini no la heredaban solo las mujeres, solo que a ellas no les era permitido mientras que en los hombres esa ambición era admirada. - Tomarè la mano de su hija con mucho gusto señor Maidalkini, no es necesario una moneda, ni de oro, ni de plata, ni de ningùn metal, porque Olimpia es valiosa por si sola- habìa declarado Ricardo, si, estaba o totalmente loco o locamente enamorado. Después de la boda Olimpia fue llevada a la villa, cuando llegò alla puerta de hierro que separaba la villa del mundo exterior Olimpia finalmente se sintiò libre del mundo. Una contradicciòn. Encerràndose en esa casa estarìa finalmente bajo sus propias reglas, ella lo sabìa bien, estaba segura, y no se equivocaba, que habìa elegido el hombre perfecto para sus planes. Mientras el sol se ponía Olimpia tomaba un baño, el agua tibia le rozaba la piel mientras el vapor llenaba sus pulmones. La puerta se abriò, Ricardo entrò, listo para su noche de bodas. - Olimpia- le recorriò la mejilla con sus dedos- Panfili- finalmente podìa escuchar su apellido junto a su nombre - No me debo poner un camisòn e ir a tu cuarto? - Eso era lo que su hermana le habìa dicho. - Te lo voy a quitar igualmente- se comenzò a desabrochar la camisa. Cada botòn que dejaba al descubierto sus pectorales marcados y su piel quemada por el sol de la villa. La respiraciòn de Olimpia aumentaba. Cuando finalmente dejò caer la camisa al suelo, ella lo pudo observar, desnudo, como si Miguel Angel hubiera exagerado exagerado las proporciones del David, solo para ella. Cuando su cuerpo se sumergiò en el agua las piernas de Olimpia se abrieron obedientes. Sus cuerpos, el contraste entre la piel mojada y suave y aquella robusta se atraìan como imanes opuestos. Ricardo recorriò el cuello de Olimpia con su boca. Ella podìa sentir la electricidad en cada nervio. La bañera dura en su espalda se iba deshaciendo como el azùcar en el fuego. Finalmente la primera oleada de un placer que nunca habìa sentido antes. Otra vez ese contraste entre dolor y alivio mientras las manos de Ricardo recorrìan su espalda y su boca bajaba a saborear sus pechos. Un dolor dulce invadiò su interior mientras su boca dejò escapar un gemido. Pudo escuchar los latidos de Ricardo, solo por un segundo, despuès su aliento acelerado. - Finalmente- otra onda entre las aguas de la bañera- mi esposa- y otra. La bañera se desbordò y el agua empapó el suelo y aùn asì no se detuvo. Gemidos, sudor combinado con el agua de lavanda, los ojos de Ricardo estaban nublados de lujuria y placer, y asì le encantaba. Olimpia disfrutò ese momento, todo suyo, se entregò completamente mientras èl llenaba el vacìo entre sus piernas . - Mi....mujer- gemiò antes de que su peso callera completamente contra ella, sugetandola y empujandola con sus brazos musculosos. La luna brillaba intensamente esa noche, el viento soplaba haciendo bailar los árboles mientras se podía escuchar el agua que corría por las fuentes del jardín. Ella poseìa todo eso, cada centimetro cubico de esa casa, de esos jardines, de esas uvas que crecìan dulces en los alrededores pero lo mejor de todo era que habìa escapado, lejos de aquella ciudad donde algùn ancestro de su familia muchos años atràs habìa decidido vivir y arrastrar asì generaciones y generaciones, y aùn mejor, lejos de su padre que la habìa excluida una vez que se habìa negado a seguir los pasos de Celestina y la habìa tratado como una sirvienta cuando regresò a casa, que la habìa comparado tanto con sus perfectas hermanas que habìan cumplido con sus deberes de hijas, que le habìa negado la dote aùn cuando habìa encontrado un noble rico y con tierras prosperas que la deseaba. Parecía un sueño, pero se convirtió en realidad cuando al despertar Ricardo estaba a su lado. Y ese era solo el inicio, ellos eran solo los personajes secundarios de una historia que serìa aùn màs grande. Solo que aùn no lo sabìan.