La noticia del nacimiento llegó primero a Celestina, quien la recibió a través de un mensajero.
- Buenos días, poseo una carta para Sor Celestina. Su hermana le escribe buenas nuevas - dijo el joven. Celestina abrió la puerta, observó su piel oscura, quemada por el sol, y sus cabellos negros encarolados. Finalmente se detuvo en sus ojos negros y profundos, que le robaron el alma. - La señora Panfili le envía esta misiva, Sor Celestina - dijo, inclinando la cabeza y entregándole la carta. -Llámame Celestina, mi hermana me llama así - susurró, rompiendo al menos esa barrera y buscando intimidad a la distancia. - Celestina… hermoso nombre - respondió, sonriéndole. - Gracias - respondió Celestina. Su corazón latía con fuerza, deseando preguntarle su nombre, su historia, sus secretos. Por primera vez se sentía viva, curiosa. Él era la tentaciòn prohibida, justo eso de lo que le habían dicho que debía escapar. Pasaron semanas antes de que alguien tocara de nuevo las puertas del convento. Al abrir, se perdió otra vez en sus ojos negros. - Buenos días, Celestina - dijo sonriendo. - Buenos días. No ha olvidado mi nombre, qué halago - respondió, alzando las cejas y sonriendo. - Jamás me permitiría - dijo él. - ¿Es muy temprano, no cree? - preguntó ella. - En efecto, pero debo partir cuanto antes. - ¿Su mujer lo espera en casa? - por un instante, una sensación desconocida la invadió. - No, solo el señor Panfili que me espera - dijo, sonriendo. - Señor, me he dado cuenta de que tiene ventaja: usted sabe mi nombre, yo no el suyo - dijo Celestina, sonrojándose. - Soy Marco - respondió mientras sus pies dieron dos pasos instintivos hacia delante para acercarse a ella. El aire se cortaba por la tensiòn entre ellos - Marco… - su nombre salió como miel de sus labios - ¿usted es el mensajero del señor Panfili? - No, estudio medicina. El señor Panfili me ayuda a pagarlo - Me alegro que haya sido tan generoso - dijo Celestina. Cuando su hermana la visitó al mes siguiente, no hubo cartas. Olimpia percibió la tristeza en la mirada de la única persona que había considerado familia. - El mensajero… sus ojos me han robado el alma. He soñado con ellos. Nunca acepté del todo mi destino, esperando que alguien me salvaría de este encierro… pensé que sería la muerte - confesó Celestina. - Yo tuve mi oportunidad de escapar al destino; te daré la tuya - aseguró Olimpia, enviando cartas cada mes. Así fue. Semanas, meses, incluso años y con cada carta el deseo crecía, hasta que un día la carta no llevaba la firma de su hermana. Era su oportunidad de ser feliz. Querida Celestina: La señora Panfili ha estado ocupada con la vendimia y me otorgó el honor de escribirle la misiva de este mes. Me tomo la libertad de expresar mi felicidad al escribir estas palabras. Desde que me otorgó el honor de llamarla por su nombre, pienso en él cada día. Me ha regalado su sonrisa cada mes; son mis días preferidos. Terminaré mi maestría el año siguiente y espero pedir un puesto como médico del convento. Espero que mi plan sea de su agrado, en caso contrario, le ruego lo diga sin demora. Me disculpo si he sido demasiado impulsivo. Siempre tuyo, Marco PD: Tal vez debería tirar al fuego esta misiva. Celestina la tiró al fuego apenas terminó de leerla. Su corazón latía con fuerza, la sangre corría hasta sus mejillas, el calor invadía todo su cuerpo. Tomó papel de algodón, pluma de cisne y tinta negra; cada cosa que tocaba deseaba que fuera él, deseaba tenerlo, que se apoderara de su cuerpo y alma. Con manos temblorosas escribió: Querido Marco, Me llena de felicidad que haya aceptado el trabajo de escribirme esta misiva. Los días de tus breves visitas son mis preferidos y me emociona compartirlos contigo. Las noches se sienten más largas mientras espero la siguiente carta. No veo la hora de disfrutar de tu compañía más a menudo. Siempre tuya, Celestina La noche pasó lentamente. Celestina se movía inquieta en su cama, esperando los primeros rayos del alba, que parecieron tardar horas. La manta se sentìa màs lijera como si su cuerpo pudiera ser observado, revelando los pecados de su mente, corazón y entrepierna, húmeda solo por el recuerdo de sus ojos y los brazos musculosos que se estiraban para entregarle la carta. Soñaba como serìa su toque, como serìa si su mano rozara algo que no fuera la suya. Al día siguiente, Marco estaba nervioso. Se notaba en su respiración y en sus manos temblorosas al recibir la carta de Celestina. Todo estaba dicho. Marco tomó la carta, acariciando su mano. Sentir su piel y el calor que desprendía lo hacía consciente de lo prohibido, pero su corazón se aceleraba al verla, como cuando su caballo galopa libre desde la villa Panfili, uno con el viento. Pero esta era solo la calma antes de la tormenta. Un pequeño rayo de esperanza entre el agujero negro que los absorvería. Porque la peste se estaba extendiendo en el pueblo y no tardaría en llegar demasiado cerca.