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Capítulo 3: Donde todo comienza.

La ùnica que fue honrada con su presencia después de su matrimonio y la mudanza a la villa de su marido fue su hermana Celestina, la visita al convento se llevaba a cabo cada mes y ella la mantenìa informada de las novedades de su familia, Artemisa también la visitaba, incluso un poco màs a menudo por la pequeña distancia.

- Deberìas ir a verla, Olimpia- le dijo Celestina a la luz de las velas que iluminaban la habitaciòn y la sombra de las estrictas rejas que las separaban se reflejaban en su rostro palido.

- Artemisa no merece que haya desaparecido de su vida, pero mi padre si- dijo con rencor en su mirada

- Este es un lugar de paz, no de rencor- dijo Celestina pero su sonrisa indicaba otra cosa.

- No le guardo rencor a nuestro padre, pero morirà viejo y solo y sin una sola moneda.- dijo friamente Olimpia.

Eso era guardar rencor, pero ella nunca le darìa la razòn a nadie que no fuera ella misma.

Celestina puso sus manos en modo de rezo, pero no estaba rezando, hacìa que sus manos se juntaran y se separaran aplaudiendo silenciosamente con una sonrisa retorcida en sus labios. Para ellas su padre lo merecía.

Olimpia no estaba enamorada de Ricardo, lo veía como un simple instrumento, un medio para un fin, aunque después de los paseos, el matrimonio, la noche de bodas, la convivencia, una chispa de cariño encendió su corazón, cada día se repetia que había tenido suerte, que había encontrado un hombre amoroso y generoso, más allá de la riqueza, la servitud.

Esa noche la una resplandecia enteraen el cielo. Una noche calida de principio de primavera. Olimpia entro a la habitacion con su camison rosado, muchos botones, a ella le encantaba ver como Ricardo se deshacia de ellos uno a uno. Las velas que hacian que la habitacion brillara como el sol en el ocaso creaban la atmosfera perfecta. Ricardo estaba a su servicio, recorrio todo su cuerpo, primero con sus manos, despues con sus labios. Se detuvo justo en ese punto que la hacia gemir y retorcerse.

Esa noche la calidez de aquel primer beso se convirtio en el fuego gemelo de las velas y la leña de la chimenea y nueve meses despuè de ese carino nacerìa una niña de cabellos cobrizos y ojos chocolate.

La primera de saber del embarazo que traería felicidad a la casa de la familia Panfili fue Celestina.

-Hermana, hoy traigo buenas nuevas- se agarró de los barrotes que las separaban, deseaba abrazarla - Dentro de mi vientre crece la semilla de una nueva vida hermana.- dijo con alegría.

- Hermana, seguro que un heredero harà muy feliz al señor Panfili. - Celestina estaba emocionada, con la sonrisa más grande que le hubiera visto nunca.y. con sus ojos húmedo.

- No estoy segura si es un niño. Tal vez sea una hermosa niña.- La sonrisa de felicidad desapareció, tal vez se preguntaba si era tan malo que fuera una niña sí debería traer al mundo un heredero varón.

- De igual forma todavía Ricardo no sabe nada, estoy esperando el momento perfecto.

- Y cuando crees que llegarà ese momento? - preguntó Celestina.

Tal vez de las dos ella era la màs emocionada porque sabía que nunca le hubiera podido darle la misma noticia, sabía que estuvo condenada a la frialdad de ese convento, con olor a humedad, inciencio y cera de las velas que ardían por cada rincón.

El momento perfecto se presentó el mes siguiente.

- No vas a visitar a Sor Celestina este mes?- preguntó preocupado. - te sientes mal?

- No...bueno, es que estando embarazada no se si debería ir en carruaje. - Sonriò con ese toque pìcaro que a èl le encantaba.

Él escuchó nada màs después de la revelación. La pregunta que lanzó Olimpia para esconder su emoción y sus nervios no llegaron nunca a sus oidos mientras que todo su cuerpo era invadido por una felicidad que se desbordaba através su sonrisa.

La abrazó y la besó amorosamente y estuve de acuerdo de que era una buena decisión no subirse a un carruaje durante un tiempo. Los dìas pasaron y las caminatas por los viñedos se convirtieron en reposo en la biblioteca donde se sentaban leer y conversar.

Y asì pasaron tambièn laas semanas y los meses. El cuerpo de Olimpia cambiaba para darle espacio a esa nueva vida que crecìa en su interior y ocho y nueve meses y...ahì estaba ella.

Olimpia sintiò un dolor cortante, su cuerpo se estaba abriendo, como si sus huesos se estuvieran quebrando. Podia sentir el fuego de la chimenea, la quemaba. Esa noche de enero, una de las mas fria que ella hubiera esperimentado, se convirtio en la mas calida y luminosa cuando escucho ese llanto. Constanza, el nombre lo había elegido Ricardo pero Olimpia estuvo de acuerdo desde el primer momento, claro, su hija debía ser alguien que persevera y no se rinde.

Olimpia la observada retorcerse en la cuna mientras Constanza la mirada sonriendo inocentemente, la sensación de que el mundo sería demasiado cruel con esa pequeña niña por 1 segundo atravesó la mente de Olimpia. El mundo no sería demasiado cruel porque ella lo sería más porque ella era su hija y le enseñaría todo lo que fuera necesario para sobrevivir.

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