Leon se quedó un momento mirando hacia el jardín, con el eco de los tacones de Érica todavía martillando en su cabeza. El dolor del pisotón ya era un latido sordo, pero el orgullo le escocía más.
—¿Por lo visto ya te flecho? —escuchó una voz a su espalda.
Leon giró la cabeza y vió a su amigo John, apoyado en el marco de la puerta con esa sonrisita de suficiencia que siempre cargaba. John era el único que se atrevía a hablarle sin filtros, quizá porque se conocían desde que usaban pantalones cortos.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —le preguntó Leon, tratando de recuperar su compostura de heredero imperturbable.
—Lo suficiente para ver que tu prometida te atrae más de lo que esperabas, amigo. Tienes esa cara de idiota que pones cuando algo te interesa de verdad.
—Si... admito que es muy hermosa —confirmó Leon, suspirando. No tenía sentido mentirle a John.
—Más hermosa que Evolet.
El nombre cayó como una piedra en un estanque congelado. Leon tensó los hombros. —Tú sabes que es Evolet para mi y lo que significó. No mezcles las cosas.
—¿Entonces haces esto para olvidarla? —John se acercó, cruzándose de brazos—. Porque seamos realistas, Leon. Aceptaste casarte con una desconocida en menos de una semana. Eso huele a desesperación o a un intento muy desesperado de pasar página.
—No es eso. Admito que el amor que tuve por Evolet fue muy grande y a la vez algo enfermizo... pero ella tomo su camino y en ese camino no estoy yo. Como le dije a ella en su momento, estoy dispuesto a darme la oportunidad con Érica. Sé que se puede llegar a tener un afecto, una conexión real. No soy un robot, John.
—Pues creo que tu prometida ya te está demostrando su "afecto" —John pestañea los ojos rápidamente, burlón—. ¿Enserio crees que sí? Porque yo lo que creo es que baila muy bien el flamenco sobre tus pies.
Leon no pudo evitar soltar una carcajada corta. —Si, me dolió mucho el pisotón, no te voy a mentir. Pero en cierta parte la entiendo.
—¿La entiendes? —John lo miró como si estuviera loco—. Si yo fuera tú, estaría muy molesto. Te humilló frente a los viejos y te dejó casi cojo.
—Me molesto, claro que me molesto. Pero tampoco la puedo juzgar... dime, ¿quien estaría feliz de casarse con un desconocido por un contrato de negocios? Ella tiene fuego, John. Prefiero eso a una mujer sumisa que solo diga "sí, señor".
—Pero no te hagas el mártir —insistió John, poniéndose serio—. Tú puedes negarte. Podrías decirle a tu abuelo que quieres a otra mujer, o que simplemente no te da la gana, y listo. Si no lo haces es por algo, aunque a la vez es muy egoísta de tu parte, porque ella está más que claro que no se quiere casar contigo. Es un sacrificio donde ella pone el cuello y tú solo pones el anillo.
Leon bajó la mirada. El pisotón no era lo único que rondaba su mente. —Eso está más que claro. El pisotón no es lo único que me ha echo.
—¿Que otra cosa te hizo? —preguntó John, la curiosidad brillándole en los ojos.
—Me azoto la puerta en la cara cuando quise ser amable y enseñarle su habitación. Casi me vuela la nariz.
—¡Jaja! ¿Enserio? —John se dobló de la risa, contagiando a Leon por un momento—. ¡Esa mujer es dinamita!
—Pero no solo eso —continuó Leon, rascándose la nuca con algo de vergüenza—. Me dijo que soy un pervertido.
—¿Y eso por qué? No me digas que ya intentaste meterte en su cama.
—No, nada de eso. Es que... no podía dejar de ver su escote. Estaba ahí, frente a mí, y perdí el hilo de la conversación por un segundo.
John soltó un bufido de desdén. —¿Cual escote? Si la chica casi no tiene pechos, Leon. Estás alucinando.
—Para mi son perfectos —lo cortó Leon con voz firme—. Prefiero pechos pequeños que quepan en mi mano y pueda amánsarlos... tienen una elegancia que tú no entiendes.
—Pues no sabes de lo que te pierdes con las curvas de verdad. Pero allá tú.
—No me importa mientras yo los disfrute algún día. Lo que si te digo es que no me voy a dar por vencido tan fácilmente. Sé que puede haber algo entre nosotros, o por lo menos que podamos llevarnos bien como amigos antes del "sí, acepto".
John se puso serio de repente. —Que idiotez dices. ¿Amigos? Si quieres una amiga no es necesario que te cases con ella y le arruines la vida. Así que dime la verdadera razón por la cual te casas con una completa desconocida si tú puedes terminar con esto ahora mismo.
Se hizo un silencio enorme. Leon se quedó mudo. No tenía ni la menor idea de por qué estaba aceptando todo esto tan rápido. John tenía razón: él tenía el poder de detener la farsa, pero había algo en la mirada herida de Érica, algo en su resistencia, que lo empujaba a querer conquistarla, a querer ser el hombre que la hiciera cambiar de opinión sobre el matrimonio. Era un desafío, pero también algo más profundo que no sabía explicar.
—¿Porque te quedas callado? —insistió John.
—Porque se que tienes razón y que estoy siendo muy egoísta —admitió Leon finalmente—. Pero se me ocurre algo para no ser tan "villano" en su historia. Mañana hablaré con ella y buscaremos un punto medio.
Pero los planes de Leon se fueron al traste. Durante la cena estuvo esperando a Érica, pero ella nunca apareció; su padre dijo que tenía "migraña", aunque todos sabían que era puro coraje.
Pasó el día siguiente y Érica parecía un fantasma. Se escondía en los rincones de la mansión, salía al jardín cuando él entraba, y se encerraba bajo llave. Llegó la noche y, de nuevo en la mesa, su silla estaba vacía. Leon sentía una mezcla de frustración y ansiedad. Pasó otra noche sin poder cruzar palabra con ella.
Cerca de la medianoche, rendido, Leon se fue a su habitación. Necesitaba despejar la mente. Se fue directo al baño, abrió la llave y reguló el agua hasta que estuvo casi hirviendo. Se desvistió, dejando la ropa tirada sin cuidado, y entró a la regadera.
El agua caliente le caía por el cabello, bajando por sus hombros tensos hasta sus pies. Se pasó la mano por el cuerpo, tratando de lavarse el estrés, pero entonces las imágenes de Evolet invadieron su mente. Los besos prohibidos, las promesas rotas. Se detuvo en seco, golpeando la pared de azulejo con el puño.
—Deja de pensar en ella —se susurró a sí mismo, con los ojos cerrados bajo el chorro de agua—. Ella tomo su camino y en ese camino no estás tú. Érica es tu presente. Érica es en la que tienes que pensar ahora.
Terminó de bañarse y salió, con la piel roja por el calor. Se enredó una toalla a la cintura, se secó el pelo un poco y caminó hacia la cama. Estaba tan cansado que se quitó la toalla y se acostó así, completamente desnudo bajo las sábanas de seda. Cerró los ojos y el sueño lo venció casi al instante.
Era de madrugada, el silencio de la mansión era absoluto, cuando la puerta de su habitación comenzó a abrirse muy despacio. Alguien entró a hurtadillas, sus pasos casi imperceptibles sobre la alfombra. La figura se acercó a la cama donde Leon dormía profundamente.
La persona se deslizó bajo las cobijas, buscando el calor del cuerpo de Leon. De repente, él sintió unos labios recorriendo su cuello, unos besos hambrientos que lo sacaron del sueño de golpe. Se despertó asustado, con el corazón martilleando.
Se incorporó rápidamente y encendió la lámpara del buró. La luz amarillenta reveló a Keyla, la hermana menor, acostada en su cama y vestida solo con un conjunto de ropa interior provocativa.
—¿Que cárajos haces aquí, Keyla? —preguntó Leon, con la voz ronca de sueño y furia.
—¿Que no está claro que es lo que hago aquí? —respondió ella, arqueando la espalda y usando un tono que pretendía ser sensual pero sonaba desesperado.
—Pero... ¡yo soy el prometido de tu hermana! —Leon no podía creer el descaro.
—Mi hermana no te quiere, Leon. Ella te odia. Pero en cambio yo... yo sí estoy dispuesta a ser tu esposa de verdad. Quiero tocar ese regalote que tienes ahí —dijo ella, bajando la vista.
Leon se dió cuenta de que la sábana se había resbalado y estaba completamente desnudo ante ella. Con un movimiento brusco, tomó la cobija y se tapó hasta el pecho, sintiendo una mezcla de asco y rabia.
—¡Estás loca! Yo no te quiero a ti, a la que quiero es a tu hermana. Yo necesito una mujer a mi lado, no una niña que no sabe ni cómo limpiarse el trasero y que traiciona a su propia sangre.
Keyla se mordió el labio, ignorando el insulto. —Pues si no me quieres como tu esposa oficial, puedo ser tu amante. Nadie tiene por qué saberlo —le lanzó un beso con la mano.
—Si yo pensara en tener un amante, créeme que tú no estarías ni al final de esa lista. ¡Largo de aquí ahora mismo antes de que llame a tu padre! —Leon señaló la puerta con el dedo temblando de coraje.
Ella se levantó, pero en lugar de irse, caminó hacia él lentamente, moviendo las caderas. —¿De verdad no se te antoja quitarme la virginidad? ¿Ser el primero en tocarme? —se acercó tanto que Leon podía oler su perfume barato. Intentó poner sus manos sobre el pecho de él, pero Leon le atrapó las muñecas con fuerza.
—¿Que tipo de hombre crees que soy? A mí eso no me llama ni la más mínima atención. No soy un animal. Así que vete a buscar a otro que sí le interese tu juego, porque conmigo perdiste —le soltó las manos con un empujón.
Keyla, con la cara descompuesta por el rechazo y la humillación, recogió su orgullo y caminó hacia la salida.
—Keyla —la llamó Leon justo cuando ella llegaba a la puerta. Ella se giró, esperando quizá un arrepentimiento—. Que te quede claro: tú solo serás mi cuñada, y nada más. Nunca vuelvas a poner un pie en mi habitación.
Ella no contestó. Salió de la habitación cerrando la puerta con un portazo que debió despertar a media casa. Leon suspiró, se pasó la mano por la cara y apagó la luz, hundiéndose de nuevo en la oscuridad, preguntándose en qué clase de nido de víboras se había metido por intentar hacer lo correcto.