Capitulo 2

León caminaba por los pasillos exteriores, sintiendo todavía el punzante dolor en los dedos de su pie derecho. Esa mujer tenía una fuerza bárbara y una puntería envidiable. La buscó por el laberinto de arbustos, cerca de las fuentes, hasta que finalmente divisó una silueta apoyada en la barandilla del viejo kiosco de madera, ese rincón del jardín que siempre olía a pino húmedo y a recuerdos olvidados.

Érica estaba de espaldas, con los hombros tensos, mirando hacia el horizonte como si esperara que un rayo la sacara de allí. Él se acercó despacio, tratando de no hacer ruido sobre la gravilla, aunque su cojera ligera lo delataba. Se detubo justo detrás de ella.

—Si piensas que me disculpare estas mas que equivocado —soltó ella sin siquiera girarse. Su voz vibraba con una mezcla de orgullo y cansancio que a León, extrañamente, le pareció fascinante.

—Está bien si no te quieres disculpar, pero déjame decirte que tienes un pie muy grande para ser tan pequeña —respondió él con un tono burlon.

Érica se sobresaltó. Esa no era la voz ronca y autoritaria de su padre. Se giró con rapidez, sus ojos chispeando como brasas encendidas.

—Eres tu —dijo, y de inmediato volvió a darle la espalda, ignorándolo con una maestría que a cualquier otro hombre lo hubiera mandado directo a la depresión.

—Se nota que no estás feliz de conocerme —León se puso a su lado, apoyando los codos en la madera del kiosco. La brisa agitaba el cabello de la joven y, por un segundo, el aroma de su perfume —algo floral pero con un toque rebelde— inundó los sentidos de Leon.

—Pues dime, ¿quien estaría feliz de conocer a la persona con la que la van a casar a fuerza? —lo encaró ella—. Esto no es una historia de amor, Richter. Es una transacción comercial donde yo soy la mercancía.

—Si, te entiendo... —soltó él en un suspiro genuino.

Érica arqueó una ceja, sorprendida por esa pizca de empatía. Lo miró fijamente, buscando la mentira en sus ojos, pero León, distraído por la intensidad del momento, bajó la vista sin querer hacia el escote pronunciado de su vestido. Fue un error de cálculo, un instinto masculino traicionero que no pasó desapercibido.

—Tú no me entiendes —siseó ella, dando un paso atrás con el rostro encendido de furia—. Tú lo único que queries es co*erme, lo veo en tus ojos. Pervertido.

León abrió la boca para defenderse, para decir que no era eso, o al menos no solo eso, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Érica ya se alejaba a pasos agigantados, bufando de rabia.

—¡Érica, espera! —gritó él, yendo tras ella a pesar del dolor en el pie—. Disculpa mi falta de respeto, en serio. Pero es que... eres una mujer muy hermosa, y no estoy acostumbrado a que me traten como a un criminal por simplemente mirar.

Ella se detuvo en seco y lo miró por encima del hombro, con una sonrisa helada que no llegaba a sus ojos.

—Pues creo que eso ya lo sabías, no necesitas decírmelo. Pero si crees qué haciendo elogios baratos me convencerás de caer a tus pies, estás completamente equivocado. No soy como las modelos con las que seguramente te revuelcas.

Sin darle tiempo a replicar, ella retomó su marcha hacia el jardín principal. León la seguía un par de metros atrás, sintiéndose como un idiota. Al llegar a la mesa donde los "patriarcas" seguían planeando sus vidas como si jugaran al Monopoly, el señor Claudio levantó la vista con una sonrisa triunfal.

—Que alegria que lograste traerla, hijo. Vengan, siéntense, tenemos mucho que hablar —Claudio les hizo una seña casi imperativa.

Se sentaron uno frente al otro. La tensión era tan espesa que Keyla, la hermana menor, parecía estar disfrutando el espectáculo como si estuviera en el cine.

—¿De que hablaban? —susurró Érica hacia su hermana, tratando de mantener la compostura.

—Escucha y verás, hermanita —le respondió Keyla con una sonrisita maliciosa.

—¿Que te parece, Abel, que la boda sea en una semana? —soltó el señor Richter con la naturalidad de quien pregunta la hora.

—¡Que! —el grito de Érica casi hace que los pájaros salgan volando de los árboles—. ¿Porqué tan rápido? ¡Apenas ayer me enteré de que este tipo existía!

—Porque ya está todo preparado —intervino su padre, Abel, con esa voz gélida que usaba cuando no aceptaba réplicas—. Los contratos están firmados, la logística lista. Así que sí, Claudio, está muy bien que la boda sea en una semana.

Érica se quedó muda. Sintió que el mundo se le venía encima. Una semana. Siete días para dejar de ser ella misma y convertirse en la señora Richter. Apretó los puños debajo de la mesa, tanto que las uñas se le clavaron en las palmas.

—Perfecto —dijo Claudio levantándose—. Entonces me retiro, tengo algunos asuntos que arreglar en la oficina. Mi nieto los llevará a sus habitaciones. Ah, y Érica, la modista vendrá esta noche para tomar tus medidas para el vestido. No queremos retrasos.

Leon se levantó también, sintiendo el peso de la mirada de odio de su futura esposa.

—Si son tan amables de seguirme, les mostraré sus habitaciones —dijo él, tratando de sonar profesional y educado.

Entraron a la mansión. A pesar de su rabia, Érica no pudo evitar que se le cayera un poco la mandíbula. El lujo no era solo dinero, era historia. Cuadros al óleo, alfombras que tragaban el sonido de los pasos y una escalera de mármol que parecía subir hasta el cielo.

—Sientanse como en su casa —decía Leon mientras subían—. Pueden salir y pedir lo que quieran a los sirvientes, ellos están a sus órdenes las veinticuatro horas.

—Gracias, Leon, qué amables son —añadió Abel, fingiendo una preocupación que no sentía ni de lejos—. Espero y no ser una molestia.

—No es molestia, Abel. Ya casi somos familia —respondió Leon, aunque la palabra "familia" le supo a ceniza en la boca.

Llegaron a la primera puerta del corredor.

—Esta es su habitación, señor Montenegro.

—Dime Abel... o suegro —rio el hombre con una desfachatez que hizo que Érica rodara los ojos con tanta fuerza que casi se marea. Qué asco de servilismo.

Siguieron caminando. Leon se detuvo frente a la siguiente puerta.

—Esta será tu habitación, Keyla. Espero y sea de tu agrado.

—Gracias, Leon —Keyla pasó frente a él rozándole el brazo "accidentalmente" y dedicándole una mirada que era cualquier cosa menos fraternal. Entró a la habitación moviendo las caderas de una forma tan exagerada que Érica tuvo que contener una carcajada de burla. "Patética", pensó Érica. Aunque luego le dio una idea: si Leon caía en las redes de su hermana, ella tendría la excusa perfecta para mandar todo al carajo.

—Érica, puedes seguirme, te mostraré tu habitación —dijo Leon, interrumpiendo sus pensamientos.

Caminaron un poco más por el pasillo hasta llegar a una puerta doble, mucho más grande y ornamentada que las anteriores. Leon se detuvo y la miró con una suavidad que no había mostrado antes.

—Esta es tu habitación. La mande arreglar y amueblar exclusivamente para ti, pensando en lo que me dijeron que te gustaba.

Érica se quedó callada. Por dentro, una parte de ella quería gritar de la impresión, pero su orgullo era una armadura demasiado gruesa. Abrió la puerta, dio dos pasos hacia el interior y, antes de que Leon pudiera siquiera asomarse para ver su reacción, ella agarró el pomo de la puerta y la cerró con toda su fuerza.

¡BAM!

El impacto casi le da en la nariz a Leon. Él se quedó del otro lado, mirando la madera lacada, sorprendido por el desprecio. Él solo quería ver si le gustaba el color de las cortinas o la disposición de los muebles. Suspiró. Entendía su enojo, pero también sentía un vacío extraño. En el fondo, él seguía amando a Evolet, pero sabía que ese amor era un callejón sin salida. Había aceptado este compromiso por su abuelo, pero al ver a Érica... algo en su espíritu rebelde le atraía. Estaba dispuesto a intentar sentir algo por ella, aunque empezaran con pisotones y portazos.

Dentro de la habitación, Érica soltó el aire que contenía. Era preciosa. La decoración era exquisita, con un balcón enorme que daba al jardín. Salió al balcón y respiró el aire fresco de Alemania.

—Debo de admitir que todo esto es muy lindo —susurró para sí misma—, pero no me dejaré comprar. No soy un mueble más de esta casa.

Se dio unos golpecitos en la cabeza al recordar lo guapo que se veía Leon bajo la luz del sol. "¡No! ¿Qué carajos estoy pensando?", se regañó. "Que sea un adonis no quita que me estén vendiendo".

Entró de nuevo y exploró el lugar. El baño era un santuario de mármol y oro. El armario... Dios mio, el armario era del tamaño de su antigua habitación. Al abrirlo, se encontró con hileras de vestidos de seda, encaje y terciopelo. Abrió un cajón y brillaron collares de perlas y piedras preciosas. En otro, hileras de tacones de todas las marcas imaginables.

—Que carajos es todo esto... —murmuró, tomando un vestido de color lila, su favorito. Era una pieza de alta costura, suave como una caricia. Al ver la etiqueta del precio, casi se desmaya—. Mie*da... ¿este vestido se pone solo o qué? ¿Cómo puede costar tanto un pedazo de tela?

En ese momento, unos golpes suaves en la puerta la sacaron de su asombro. Dejó el vestido en la cama y fue a abrir, preparada para cerrarle la puerta en la cara a Leon otra vez. Pero era una joven de piel morena, con uniforme de servicio.

—Hola, señorita —dijo la chica con timidez—. Vine a decirle que la modista la espera en la sala para lo de su vestido de novia.

—Gracias —respondió Érica secamente.

La joven se retiró. Érica cerró la puerta, apoyó la espalda contra ella y dio un suspiro que le salió del alma. Miró el lujo que la rodeaba y se sintió más pobre que nunca. Salió de la habitación con el corazón pesado, lista para que le tomaran las medidas para su propia ejecución.

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