La luz del sol entraba por los grandes ventanales del comedor con una alegría que me resultaba ofensiva. No pegué el ojo en toda la noche después de que Keyla saliera de mi cuarto. Tenía el estómago revuelto, y no era por la cena que no probé. Miré el café negro en mi taza, deseando que tuviera el poder de borrar las últimas seis horas de mi vida.
—Buenos días, Leon. ¿Dormiste bien? —la voz de Claudio, mi abuelo, retumbó en el salón.
—Como pude, abuelo —respondí sin levantar la vista.
En ese mo