—Harás lo que yo te digo y punto —exclamo mi padre, con esa vena de la frente que siempre se le hincha cuando siente que está perdiendo el control. El aire en el despacho estaba tan pesado que casi se podía cortar con un cuchillo.
—No lo haré, no soy una niña a la cual puedes manejar a tu antojo —le solté yo, sintiendo como la sangre me herbia en las venas. Me dolía el pecho de tanto coraje, de tanta impotencia. ¿En qué siglo creía que vivíamos?
—Entonces si ya no eres una niña, Érica, ¡compórtate como tal y obedece a tu padre! —Su voz retumbó en las paredes, haciendo que los cuadros de caza que tanto odiaba vibraran.
—Pero explícame... ¿por qué carajos quieres que me case con un hombre que ni siquiera conozco? ¿Tan poco valgo para ti que me vendes al mejor postor? —Las lágrimas de rabia me nublaban la vista, pero no iba a dejar que me viera llorar. No hoy.
—Hija, no podemos perder esta oportunidad. Es por el bien de la familia, de la empresa... además, te he mostrado una fotografía de él y ni siquiera quisiste verla. —Sacó un sobre del bolsillo de su saco, intentando forzarme a tomar la maldita foto.
—¡No quiero verla! Porque un hombre que está dispuesto a comprar una mujer sin conocerla no puede ser un buen hombre. —Me di la vuelta, cruzándome de brazos, dándole la espalda a su mirada de decepción que tanto me pesaba.
En eso, la puerta se abrió de golpe. Era Keyla, mi hermana menor, que siempre tenía que aparecer en el momento menos oportuno.
—Papá, si mi hermana no se quiere casar con él, ponme a mí en su lugar porque yo sí quiero casarme con este adonis... —dijo tomando la foto de la mesa antes de que yo pudiera evitarlo. Soltó un suspiro dramático y le plantó un beso al papel—. ¡Por Dios, Érica, estás ciega!
—¿Ves padre? —dije con sarcasmo— Puedes casar a Keyla con él. Ella está más que dispuesta a ser un trofeo.
—Estás loca —mi padre suspiró, frotándose las sienes—. Tu hermana es muy pequeña para casarse y además... el señor Richter te pidió específicamente a ti, Érica. Eres tú la que tiene la edad y el perfil que ellos buscan.
—Pues no iré, padre. O me tendrás que llevar a la fuerza. —Me giré para encararlo de nuevo, desafiante.
—Pues no te estoy pidiendo tu opinión —su tono cambió a uno frío, de esos que dan miedo— así que espero y estés lista, porque mañana mismo lo conocerás y es mi última palabra. Vámonos, Keyla, dejemos a tu hermana sola... porque eso es lo único que le gusta.
Se marcharon dando un portazo que hizo eco en mi soledad. La furia me cegó. Tomé un florero de cristal que estaba en la mesa de entrada y lo estampé contra la pared. El sonido del vidrio rompiéndose en mil pedazos fue lo único satisfactorio de toda la tarde.
Caminé hacia el balcón buscando aire, pero me detuve en seco al ver la madera clavada. Recordé que hace unos días mi padre mandó tapar la entrada cuando intenté escaparme por ahí. La frustración subió por mis piernas y le solté una patada a la puerta sellada que me dejó los dedos del pie latiendo de dolor.
—¿Qué voy a hacer? —me pregunté en voz alta, dejándome caer en la cama—. Yo no quiero esto. Todos esos socios de mi padre son unos sádicos, unos enfermos que engañan a sus esposas con un millón de mujeres. Yo quería amor... quería elegir al hombre correcto. He cuidado mi virtud, mis sentimientos, todo este tiempo para alguien que valiera la pena... y ahora mi vida será desperdiciada en un extraño.
Miré el techo blanco, sintiéndome presa en mi propia casa. Pero una chispa se encendió en mi mente. "Si quiere que me case, se va a arrepentir de haberme elegido", juré para mis adentros.
El viaje a Alemania fue una tortura. El zumbido de los motores del jet privado me recordaba que cada kilómetro nos alejaba más de mi libertad.
—Quita esa cara, hija. Parece que fueras a un funeral —dijo mi padre, sentándose a mi lado con una copa de whisky en la mano.
—Claro que voy a un funeral, el mío. Porque desde hoy mi vida se irá marchitando hasta morir en una jaula de oro.
—¡Cállate, Érica! Como ya hablamos antes, no puedo rechazar esta oportunidad. Tú sabes bien qué poder tienen los Richter, no podemos dejar pasar este alidado... esta unión.
—Si me lo has estado repitiendo todo el tiempo, padre... pero si de verdad quisieras a tu hija, no me harías esto —le solté, sintiendo el nudo en la garganta.
—Ay, Érica... en serio no conoces realmente cómo nos encontramos a nivel financiero, pero en fin. Ya no quiero discutir. Intento por las buenas convencerte de que esto no es tan malo como crees, pero harás lo que yo te pida, queriendo o no. Prepárate, estamos por aterrizar.
Me dejó sola de nuevo. Al bajar del jet, el frío de Alemania me caló hasta los huesos. Subimos a un auto lujoso que ya nos esperaba. Durante el trayecto, solo miraba por la ventana las calles impecables, pensando en cómo hacerle la vida imposible a ese tal León. No pensaba ser la esposa sumisa que todos esperaban.
Cuando el auto cruzó las enormes puertas de hierro de la mansión Richter, hasta yo tuve que admitir que era impresionante.
—¡WOW! Qué casa... es mucho más grande que la nuestra —exclamó Keyla, pegando la cara al vidrio como una niña pequeña.
El auto se detuvo y un sirviente nos abrió la puerta. Bajamos en orden: mi padre, Keyla y al final yo, arrastrando mi dignidad por el pavimento.
—¡Hola, Abel! Qué gusto verte —un hombre mayor, elegante pero con mirada penetrante, se acercó a nosotros.
—Hola, Claudio. También es un gusto —se abrazaron como viejos amigos que acaban de cerrar el negocio del siglo.
—¿Ellas son tus hijas? —preguntó Claudio, barriéndonos con la mirada.
—Sí, ella es mi hija menor, Keyla, y ella es Érica, la mayor.
Keyla se deshizo en amabilidades, estrechando su mano con una sonrisa ensayada. Pero cuando Claudio se giró hacia mí, yo mantuve la cara de piedra.
—¿Y tú no vas a saludarme?
—Hola —dije secamente. Le estreché la mano apenas un segundo y la solté como si quemara. Pude ver a mi padre ponerse rojo de la rabia, pero se contuvo.
—Disculpa a mi hija, Claudio... es que es un poco tímida —mintió mi padre con una sonrisa falsa.
—No te preocupes, amigo, ya tendremos tiempo para conocernos. Pasen, por favor.
Caminamos por la casa, que era un museo de opulencia, hasta llegar al jardín trasero. Allí, sentado de espaldas a nosotros en una mesa de hierro forjado, estaba él. El "dueño" de mi destino.
—Hijo, levántate. Saluda a tu futura esposa y a su familia.
El hombre se levantó lentamente. Cuando se dio la vuelta, sentí un golpe en el estomago, pero no de asco. El maldito era guapo. Muy guapo. Parecía sacado de una revista de moda masculina, con unos ojos que te analizaban sin pedir permiso. Él también pareció quedarse mudo un segundo al verme; supongo que mi vestido verde esmeralda hacía su trabajo.
—Hola, mucho gusto. Mi nombre es Leon Richter —dijo con una voz profunda, extendiendo su mano hacia mí.
Noté esa sonrisita de suficiencia que puso al verme. Se creía que ya me tenía ganada solo por su cara bonita. "Error, principito", pensé.
—Hola, Leon —dije, fingiendo la sonrisa más dulce que pude convocar.
Me acerqué a él, tomé su mano con delicadeza y, justo cuando nuestros ojos se conectaron, descargué todo mi peso y mi rabia sobre su pie derecho con el tacón de aguja de mi zapato.
—¡AUCH! —gritó Leon, soltándome la mano de golpe y tambaleándose un poco. Su cara pasó de la galantería al dolor puro en un milisegundo.
—Igualmente, es un gusto conocerte —le dije con la voz más angelical posible antes de darme la vuelta y empezar a caminar hacia la fuente del jardín.
—¡Érica, ven acá ahora mismo! —rugió mi padre, avergonzado hasta la médula.
Escuché la risa del señor Claudio a lo lejos. —Jajaja, no me dijiste, Abel, que tu hija bailaba flamenco.
—Lo siento mucho... es que mi hija está nerviosa y no midió sus pasos —añadió mi padre, tartamudeando de la pena.
—Pues yo creo que los midió a la perfección —escuché decir a Leon, con un tono que ya no era de dolor, sino de algo parecido a la intriga.
—Iré por ella, lo siento tanto...
—No te molestes, amigo —intervino Claudio—. Mi hijo irá por ella. Así podrán "conocerse" mejor. ¿Verdad, Leon?
—¿Qué? Ah, sí... está bien abuelo, yo iré.
Sentí sus pasos detrás de mí. Estaba furioso, lo sabía, porque un pisotón de tacón de aguja duele como un demonio. Pero si él creía que esto iba a ser una boda tranquila, estaba muy equivocado. El juego acababa de empezar.