Capitulo 3

Érica caminó por los pasillos de la mansión sintiendo que cada paso la acercaba más al patíbulo. Siguió a la joven sirvienta, que caminaba con una ligereza que ella envidiaba, hasta que se detuvieron frente a una puerta doble. Al entrar, el aire se sintió pesado, saturado de olor a tela nueva y laca para el cabello. Era una habitación enorme, bañada por la luz de la tarde, pero estaba invadida por una marea blanca: vestidos de novia por todos lados, colgando de percheros, sobre maniquíes, desparramados en sillones de terciopelo.

Lo primero que vió fue a Keyla. Su hermana estaba en su elemento, con los ojos brillando de codicia, acariciando las sedas y los tules como si fueran tesoros sagrados.

—Hola, mi nombre es Yuri —escuchó una voz a su lado. Se giró y se encontró con una mujer de unos cuarenta años, elegantemente vestida de negro, con una cinta métrica colgada al cuello como una soga—. Usted debe ser la novia, ¿verdad? —preguntó la mujer con una sonrisa profesional.

—Creo que sí... aunque no por voluntad propia —susurró Érica, esperando que la mujer no la oyera, pero Yuri solo mantuvo su sonrisa imperturbable.

—Es un gusto conocerla, señorita Érica. Pero dígame, ¿cómo es el vestido que usted desea para su gran día? Mire, obsérvelos con calma y dígame si alguno es de su agrado. No sea tímida, tenemos lo mejor de Europa aquí.

Yuri la tomó del brazo, jalándola con una energía que Érica no tenía, forzándola a desfilar frente a murallas de encaje. Érica los miraba con desdén. Algunos eran tan grandes que parecían pasteles de merengue, otros tenían tantas aplicaciones que se veían vulgares.

—¡Mira, hermana! ¡Escoge este, es hermoso! —gritó Keyla desde el otro lado del salón, sosteniendo un vestido que pesaba más que ella.

Érica y la modista voltearon. Era un diseño estilo princesa, con una falda kilométrica y un corsé lleno de pedrería. Justo el tipo de cursilería que Érica detestaba.

—¿Hay alguno que le guste, señorita? —insistió la modista, notando la cara de asco de la futura novia.

En ese momento, una idea retorcida cruzó la mente de Érica. Si querían una boda, les daría un espectáculo que el abuelo Richter no olvidaría jamás. Un plan para seguir arruinando la reputación de la "niña perfecta" que su padre quería vender.

—Muéstreme los vestidos que sean transparentes —soltó con una frialdad absoluta.

—¿Que? —Yuri se quedó petrificada, parpadeando como si no entendiera el idioma. Keyla, a unos metros, dejó caer la percha que sostenía.

—Sí, lo que escuchó. Quiero algo atrevido, nada de monjas ni de princesas. Transparencias, encajes que no tapen nada, piel. Eso quiero.

—Está bien, señorita... —la modista tragó saliva y se fue a buscar en los percheros del fondo. Keyla se acercó a su hermana como un rayo, con la cara roja de la impresión.

—¿Estás loca, Érica? ¿Qué te pasa por la cabeza? —le siseó al oído.

—¿Por que lo dices, hermanita?

—¡Porque mira estos vestidos! Son grandes, elegantes, llenos de diamantes... ¡Cuestan una fortuna! No puedes estar tan mal de la cabeza como para elegir algo que parezca ropa interior frente a toda la alta sociedad alemana.

—Hermanita, respóndeme algo —Érica se cruzó de brazos y la miró desde arriba—. ¿Quién es la novia aquí? ¿Tú o yo?

Keyla abrió la boca para replicar, pero al no encontrar palabras, simplemente le sacó la lengua de forma infantil y se alejó para seguir babeando por los vestidos de seda. Unos minutos después, Yuri regresó seguida por tres ayudantes que cargaban varios diseños que harían que un sacerdote se persignara tres veces.

Érica los examinó. Había algunos que eran verdaderas obras de arte del escándalo. Otros eran simplemente feos. Pero ella buscaba el "arma" perfecta para su venganza silenciosa.

—¿Quiere probárselos? —preguntó Yuri con cautela.

—Mmm, no lo sé... —dudó ella, mirando la montaña de tela translúcida.

—Tengo que ver que le queden bien, o qué arreglos debo hacerle para que luzca perfecta. El tiempo corre, señorita.

—Está bien, entonces. Vamos a terminar con esto.

La modista la llevó a un vestidor improvisado con biombos en una esquina de la gran sala. Entraron las dos y Yuri colgó los elegidos en un perchero de metal.

—Desvístete —ordenó la mujer con autoridad técnica.

Érica obedeció, sintiendo el aire frío de la habitación en su piel, quedando solo en su ropa interior de encaje negro. El primer vestido era lindo, pero demasiado sutil. Descartado. El segundo tenía un encaje tan grande que parecía que llevaba franjas de cebra pintadas en el cuerpo. Horrible. Descartado también.

Pasaron ocho vestidos. Érica estaba sudada, irritada y cansada de subir y bajar cremalleras, hasta que Yuri sacó el último. Era una pieza de encaje floral tan fino que parecía una segunda piel, con una caída de seda transparente que dejaba ver la silueta de sus piernas de forma provocadora pero elegante.

Al ponerse frente al espejo, Érica se quedó sin aliento. Se miró y, por un segundo, la rabia desapareció. Se veía... etérea. Casi sintió que una lagrima traicionera quería asomarse por sus ojos al verse tan bella y, a la vez, tan condenada.

—¿Que te parece este? —preguntó la modista, bajando el tono de voz, casi conmovida.

—Es... muy hermoso —admitió Érica en un susurro.

—Te ves increíble. Solo necesita unos ajustes en la cintura y te quedará perfecto. ¿Este es el que quieres para caminar al altar?

—Sí, este es el indicado —Érica dejó escapar una pequeña sonrisa, pero al verse reflejada siendo "feliz", la borró de golpe, reemplazándola por una máscara de frialdad. No podía permitirse disfrutar nada de esto—. Tome las medidas rápido porque ya me lo quiero quitar —gritó, su voz rebotando en las paredes del vestidor.

Yuri se sorprendió por el cambio de humor tan repentino, pero no dijo nada. Se apresuró a medir hombros, cintura y cadera. En cuanto terminó, Érica no esperó ayuda; se despojó del vestido con brusquedad y lo dejó tirado en el piso, como si fuera un trapo sucio. Se puso su ropa de calle a toda prisa.

—¿Eso es todo lo que necesita de mí? —preguntó saliendo del biombo.

—Sí... —respondió Yuri, recogiendo el vestido del suelo con cuidado casi maternal.

—Bien. Entonces me voy. Gracias por sus servicios —dijo sin mirar atrás.

—¡Pasado mañana tendré su vestido listo para la prueba final! —le gritó la modista, pero Érica ya estaba fuera.

Al salir al salón principal, se encontró con una escena que le revolvió el estómago. Keyla se había puesto uno de los vestidos más pomposos y caros, y se estaba colocando una tiara de diamantes auténticos frente al espejo, posando como si fuera la reina de Alemania. Érica se acercó a ella, reflejándose a su lado.

—Ojalá te pudiera dejar mi lugar —le dijo con amargura—. Tú estarías mucho más contenta casándote con ese tipo.

Keyla la miró a través del espejo, sin soltar la tiara. —Claro que estaría feliz de casarme con Leon. Es un Richter, Érica. Es el sueño de cualquiera.

—Pero sigo sin entender cómo puedes estar feliz de casarte con un completo extraño, Keyla. ¡Es un desconocido!

—Porque yo veo algo que tú te niegas a ver —respondió su hermana menor con una madurez que Érica no esperaba.

—¿Y que es "eso", según tú?

—Que aparte de ser un hombre guapísimo, se ve que es bueno. Tiene clase, Érica.

—Ajá, claro. Si fuera bueno, me dejaría ir y no aceptaría este contrato de venta —escupió ella.

—Tú no sabes las razones que tiene él para aceptar esto.

—¡Pues no me interesa saberlas! Sé perfectamente lo que quiere. Quiere una esposa trofeo que le dé un heredero. Me ven como una fábrica de bebés, Keyla. Escuché a papá hablando con el señor Claudio... hablaban de la "sucesión". Es asqueroso.

Keyla soltó una risita tonta, ajustándose el velo imaginario. —Pues yo estaría feliz de engendrar un bebé con ese papacito. Te aseguro que la ha de tener grande... con ese porte que tiene.

Érica sintió una mezcla de asco y furia. La vulgaridad de su hermana era el colmo. —¡Pues hazlo tú! ¡Hazlo así para que me dejen libre a mí y puedas disfrutar de lo "grande" que la tiene! —gritó, perdiendo los estribos por completo.

Sin esperar respuesta, Érica salió disparada del salón. Corrió por los pasillos, subió las escaleras y se encerró en su habitación, tirando la puerta con un golpe que debió oírse hasta en Berlín. Se arrojó a la cama, enterrando la cara en las almohadas, sintiendo que las paredes de la mansión se cerraban sobre ella.

Se puso una mano sobre los ojos, tratando de controlar los latidos de su corazón. —¿Porque no puedo cambiar de lugar con ella? ¿Porque tuve que ser yo la pieza de cambio? —se preguntó al techo—. Pero te juro, Leon Richter, que conmigo no la vas a tener nada fácil. Si quieres una esposa, vas a tener una pesadilla.

Se levantó de la cama, necesitando aire, y salió al balcón. El sol ya se estaba ocultando, pintando el cielo de colores naranjas y violetas. Apoyó los codos en el barandal de piedra, hundiendo la cara en sus manos. Se sentía pequeña, sola y terriblemente frustrada, mientras el viento frío de la tarde le recordaba que solo faltaban siete días para que su vida dejara de ser suya.

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