Después de mandarle aquella advertencia a mi hermana —o veneno, según se mire—, sentí que las piernas me temblaban. No sé de dónde saqué el valor para decirle todo eso a Keyla, sobre todo porque desde el bendito inicio le había dejado claro a todo el mundo que no me interesaba nada en absoluto ese tal Leon Richter. Pero verla ahí, con esa carita de mosquita muerta queriendo quedarse con lo que "por contrato" me pertenece a mí, me revolvió algo en el estómago que no era hambre.
Caminé a paso ráp