El ambiente en la habitación era de un nerviosismo eléctrico. Yuri, la modista, había llegado puntual con una caja enorme que parecía contener el destino de mi condena. Mi hermana Keyla, como siempre, estaba ahí de metiche, sentada en un sillón con una cara de envidia que no podía disimular ni con todo el maquillaje del mundo.
—Espero que esta vez el vestido esté a la altura de mi "ánimo" —dije con sarcasmo mientras Yuri sacaba la prenda de la caja.
Cuando el vestido salió a la luz, hasta yo me