rica se miraba al espejo del baño, pero no se reconocía. Se había puesto un vestido negro, ajustado, de esos que gritan "luto" aunque sean de diseñador. Se soltó el pelo para que le cayera salvaje sobre los hombros y se pintó los labios de un rojo tan oscuro que parecía sangre seca. Quería verse peligrosa, no hermosa. Quería que Leon Richter se diera cuenta de que no estaba metiendo a una gatita en su casa, sino a una leona herida.
—Érica, ¡apúrate! Ya todos están en el comedor —gritó su padre desde el otro lado de la puerta, golpeando la madera con impaciencia—. No me hagas quedar mal, por lo que más quieras.
—Ya voy, papá. No te vas a morir por esperar cinco minutos —le contesté con un tono de voz que sabía que lo sacaba de quicio.
Bajé las escaleras despacio, haciendo que el sonido de mis tacones resonara en el mármol silencioso de la mansión. Al llegar al comedor, la escena era casi cómica de lo perfecta que parecía. El señor Claudio en la cabecera, mi padre a su derecha, Keyla —que ya se había cambiado y parecía una muñeca de porcelana— y, frente a ella, Leon.
Él se levantó en cuanto me vió entrar. Llevaba una camisa blanca impecable con los primeros botones abiertos, y tengo que admitir que se veía malditamente bien. Pero no iba a dejar que su cara de modelo me distrajera de mi misión: ver si de verdad era "tan bueno" como decía mi hermana o si solo era otro hipócrita con mucho dinero.
—Buenas noches, Érica. Te ves... impactante —dijo Leon, moviendo la silla para que me sentara a su lado.
—Buenas noches. Y ahórrate los cumplidos, Leon. Sabemos que no estamos aquí por mi belleza, sino por el saldo de nuestras cuentas bancarias —le solté mientras me sentaba con brusquedad, casi golpeando la mesa.
El silencio que siguió fue glorioso. Mi padre se puso de color púrpura y Claudio Richter soltó una risita seca, mientras Keyla me miraba como si me hubiera salido una segunda cabeza.
—Siempre tan directa, ¿verdad Abel? —comentó Claudio, tratando de romper el hielo—. Me gusta la gente con carácter.
Sirvieron la cena. Era una sopa de espárragos que olía delicioso, pero yo no tenía hambre, tenía veneno en la lengua. Miré a Leon, que comía con una elegancia que me daba náuseas.
—Dime, Leon... —empecé, dejando caer la cuchara en el plato con un ruido metálico que hizo saltar a Keyla—. ¿A cuántas mujeres has comprado antes que a mí? ¿O soy la primera adquisición de la temporada?
Leon dejó su cuchara despacio. Me miró fijo a los ojos. No se veía molesto, lo cual me irritó todavía más. Sus ojos eran profundos, tranquilos, como si estuviera acostumbrado a lidiar con tormentas.
—No he comprado a nadie, Érica. Este es un acuerdo entre familias que, nos guste o no, tenemos que llevar adelante. Y te aseguro que no es algo que yo haya planeado en mi tiempo libre.
—¡Ay, por favor! —exclamé, subiendo el tono—. "Un acuerdo". Qué palabras tan bonitas para decir que eres un cobarde que no puede buscarse una mujer por su cuenta y tiene que esperar a que su abuelo le consiga una. ¿Qué pasa? ¿Tan malo eres en la cama que nadie te aguanta gratis?
—¡Érica! —rugió mi padre, golpeando la mesa—. ¡Pide disculpas ahora mismo! ¡No voy a tolerar esa falta de respeto en esta casa!
—Déjala, Abel —intervino Leon, levantando una mano para calmar a mi padre. Su voz seguía siendo suave, pero había algo en su mirada que empezaba a oscurecerse—. Ella tiene derecho a estar enojada. Pero Érica... si piensas que insultándome vas a lograr que rompa el compromiso, estás perdiendo el tiempo. Mi palabra vale más que tus berrinches.
—¿Tu palabra? —me burlé, acercándome a él hasta que casi podía sentir su aliento—. ¿Y qué vale tu palabra si está manchada con el sudor de mi padre tratando de salvar su empresa? Eres un sádico, Leon. Te gusta ver cómo me retuerzo, ¿verdad? Te excita saber que soy tuya por contrato.
Leon apretó la mandíbula. Pude ver cómo los músculos de su cuello se tensaban. Por fin, estaba llegando a él.
—No soy un sádico —respondió él, bajando la voz para que solo yo lo escuchara mientras los demás fingían seguir comiendo—. Pero sí soy un hombre con mucha paciencia. Sin embargo, incluso la paciencia más grande tiene un límite. No me pongas a prueba, porque podrías no gustarte la versión de mí que encuentres cuando ese límite se rompa.
—¿Ah sí? ¿Y qué vas a hacer? ¿Pegarme? ¿Encerrarme? —lo desafié, sintiendo una adrenalina extraña recorriéndome el cuerpo.
—No —dijo él, y por primera vez en toda la noche, me dedicó una sonrisa que me dió escalofríos—. Voy a hacer que te enamores de mí. Y cuando estés rogando por un poco de mi atención, ahí veremos quién tiene el control.
Casi me ahogo con mi propia saliva. Me eché a reír, una risa histérica que atrajo la atención de todos de nuevo.
—¿Enamorarme de ti? ¡Antes me caso con el chofer! —grité, levantándome de la silla tan rápido que ésta se volcó hacia atrás—. Esta cena es una farsa y ustedes son todos unos hipócritas. Buen provecho con su sopa fría.
Salí del comedor pisando fuerte, ignorando los gritos de mi padre llamándome por mi nombre completo. Subí las escaleras de dos en dos y me encerré en mi cuarto. Mi pecho subía y bajaba violentamente.
Me acerqué al balcón, necesitando que el aire frío me abofeteara la cara. "¿Qué carajos me pasa?", pensé. Me sentía confundida. Leon no había reaccionado como yo esperaba. No me gritó, no me insultó de vuelta con la misma bajeza... se mantuvo firme, como una roca. Y esa maldita promesa de hacerme enamorar de él... era lo más arrogante y estúpido que había escuchado en mi vida.
Pero por alguna razón, mi corazón no dejaba de latir a mil por hora.
Me tiré en la cama, mirando el techo, sintiendo que el nudo en mi garganta se hacía más grande. Recordé lo que dijo mi hermana... que él era "bueno". Si fuera bueno, me habría defendido de mi padre. Si fuera bueno, me habría dicho que nos escapáramos. Pero no, él aceptaba el juego.
—Mañana —susurré para mí misma—, mañana le haré la vida todavía más imposible. No vas a ganar, Leon Richter. No conmigo.
Me quedé dormida con el maquillaje corrido y el vestido negro todavía puesto, soñando con ojos oscuros que me miraban desde las sombras de una mansión que se sentía cada vez más como una prisión de alta seguridad.
Lo que no sabía era que, afuera, en el pasillo, Leon seguía parado frente a mi puerta, escuchando mis suspiros de frustración antes de retirarse a su propia habitación con un pensamiento que no lo dejaba descansar: "Esta mujer me va a volver loco, o me va a salvar la vida".