El espejo del baño de la gasolinera me devolvía la imagen de un fantasma. Tenía la cara cruzada por un rasguño largo que todavía sangraba un poco, el cabello enredado con hojas secas y ceniza, y el vestido de seda —el mismo de la gala— estaba hecho jirones y manchado de la grasa del camión de carga. Me lavé la cara con agua fría, sintiendo como el ardor me recordaba que seguía viva.
—No estoy muerta, malditos —susurré, apretando los puños hasta que me dolieron las manos.
Salí de la gasolinera