Érica caminó por los pasillos de la mansión sintiendo que cada paso la acercaba más al patíbulo. Siguió a la joven sirvienta, que caminaba con una ligereza que ella envidiaba, hasta que se detuvieron frente a una puerta doble. Al entrar, el aire se sintió pesado, saturado de olor a tela nueva y laca para el cabello. Era una habitación enorme, bañada por la luz de la tarde, pero estaba invadida por una marea blanca: vestidos de novia por todos lados, colgando de percheros, sobre maniquíes, desparramados en sillones de terciopelo.Lo primero que vió fue a Keyla. Su hermana estaba en su elemento, con los ojos brillando de codicia, acariciando las sedas y los tules como si fueran tesoros sagrados.—Hola, mi nombre es Yuri —escuchó una voz a su lado. Se giró y se encontró con una mujer de unos cuarenta años, elegantemente vestida de negro, con una cinta métrica colgada al cuello como una soga—. Usted debe ser la novia, ¿verdad? —preguntó la mujer con una sonrisa profesional.—Creo que sí..
Leer más