Capituló 27

El coche de mi padre rugía como una bestia herida por las avenidas de la ciudad. No me importaba pasarme los altos ni que las patrullas me miraran con sospecha; mi alma estaba en la habitación 402 y cada segundo que pasaba sentía que el hilo que me unía a León se estiraba hasta casi romperse. El mensaje de "traslado final" martilleaba en mi cabeza. Conocía al abuelo Claudio; para él, un nieto que ya no servía a sus propósitos era un mueble viejo que debía guardarse en un desván oscuro, sedado y
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