El coche de mi padre rugía como una bestia herida por las avenidas de la ciudad. No me importaba pasarme los altos ni que las patrullas me miraran con sospecha; mi alma estaba en la habitación 402 y cada segundo que pasaba sentía que el hilo que me unía a León se estiraba hasta casi romperse. El mensaje de "traslado final" martilleaba en mi cabeza. Conocía al abuelo Claudio; para él, un nieto que ya no servía a sus propósitos era un mueble viejo que debía guardarse en un desván oscuro, sedado y