Mundo ficciónIniciar sesiónMaya Wood, una brillante y dedicada doctora, se ve atrapada en un matrimonio arreglado con Oliver Harrison, el poderoso y frío heredero de una influyente familia. Obligados a unir sus vidas por decisiones que escapan de su control, Maya y Oliver se enfrentan a un pasado lleno de secretos, dolor y malentendidos que los ha convertido en enemigos silenciosos. Mientras Maya carga con la culpa y el desprecio de Oliver por la trágica muerte de Zoé, su prima y el amor de su vida, Oliver está decidido a convertir el matrimonio en una prisión emocional para Maya. Sin embargo, bajo la fachada de odio y resentimiento, ambos comienzan a descubrir que las cicatrices del pasado son más profundas de lo que imaginaban. En un entorno lleno de lujo, intrigas familiares y emociones contenidas, Maya lucha por encontrar su lugar y mantener su dignidad, mientras Oliver batalla contra los sentimientos contradictorios que comienzan a surgir. ¿Podrá el amor surgir entre las sombras de la desconfianza, o el peso del pasado destruirá cualquier posibilidad de redención? Un viaje que los llevará desde la opulencia de Dubái hasta los rincones más oscuros de sus corazones, donde descubrirán que la verdad, aunque dolorosa, puede ser el único camino hacia la libertad.
Leer másMaya Wood caminaba por el pasillo de mármol con las manos entrelazadas frente a ella, tratando de calmar los nervios que sentía. Ese día cambiaría el rumbo de su vida. Había aceptado casarse con uno de los nietos de la señora Edith Harrison, una mujer a la que conocía desde hace años y a quien apreciaba profundamente. Como su doctora de cabecera, Maya había sido testigo de su fortaleza y sabiduría, y nunca imaginó que esa conexión profesional derivaría en una propuesta matrimonial tan inesperada.
La habitación en la que la esperaba la familia Harrison era majestuosa, decorada con tapices antiguos y lámparas de cristal. La señora Edith, sentada en una silla alta, sonrió cálidamente al verla entrar. Maya se inclinó levemente en señal de respeto, pero notó que había una tensión palpable en el ambiente.
—Maya, querida —dijo la anciana, extendiendo una mano temblorosa hacia ella. —Gracias por venir. Esto es un acto de gran nobleza por tu parte. Estoy segura de que encontraremos al nieto adecuado para ti.
Maya intentó sonreír, pero sus labios apenas se curvaron. A pesar de que había aceptado esta propuesta por gratitud hacia Edith, no dejaba de preguntarse si estaba cometiendo un error. La idea de un matrimonio sin amor le resultaba desconcertante, pero confiaba en el juicio de la señora Harrison.
Mientras Edith comenzaba a hablar sobre sus nietos, la puerta se abrió de golpe, interrumpiendo la conversación. Un hombre alto y apuesto entró en la habitación con pasos firmes. Su presencia dominaba el espacio, y su mirada helada recorrió a los presentes antes de posarse en Edith.
—Ninguno de mis hermanos se casará con la doctora Wood —anunció con voz firme y decidida—. Si alguien debe hacerlo, seré yo.
Un silencio absoluto cayó sobre la sala. Los ojos de todos estaban fijos en él, incluyendo los de Maya, que había levantado la vista instintivamente al escuchar aquellas palabras. Su corazón se detuvo por un instante al reconocer al hombre que acababa de hablar.
¡Era Oliver Harrison!
La sorpresa golpeó a Maya como una ola. El hombre que estaba frente a ella no era un desconocido. Era el exnovio de su prima Zoé, una figura que había estado presente en su vida en los días más oscuros. Recordaba perfectamente cómo Zoé había hablado de él, de su carácter intenso y apasionado, y cómo su relación había terminado abruptamente antes de la tragedia que sacudió a su familia.
—Oliver —musitó Maya, incapaz de ocultar su sorpresa.
Él la miró fijamente, su expresión era indescifrable, pero en sus ojos brillaba una determinación que la inquietó. Había algo en su actitud que le hizo sentir un escalofrío recorrer su espalda.
Oliver Harrison. Maya lo conocía demasiado bien. Su presencia era imponente, y su mirada fría parecía traspasar cualquier escudo. Tenía todas las razones del mundo para albergar sentimientos amargos hacia ella. No era algo reciente; aquello se había gestado hace años, un rencor que crecía como una llama imposible de apagar.
Recordaba claramente cómo había comenzado todo. Era tan claro como el agua, el momento exacto en que el hombre comenzó a odiarla.
Había sucedido hace cuatro años. Oliver estaba en una relación con Zoé, la prima de Maya. Eran una pareja perfecta, casi como una historia de cuento de hadas. Zoé irradiaba felicidad cuando estaba con él, y Oliver, aunque reservado, no podía ocultar el brillo en sus ojos cada vez que hablaba de ella. Pero el destino tenía otros planes.
Un accidente lo arruinó todo. La vida de Oliver cambió para siempre, y Maya se convirtió en la destinataria de su odio. Aunque ella no entendía del todo por qué él la consideraba responsable, su rabia era tan intensa como implacable.
Recordaba claramente lo que ocurrió aquel día.
Zoé había desaparecido durante una reunión familiar en la que todos parecían estar disfrutando. Maya, preocupada porque su prima no regresaba tras excusarse para ir al baño, decidió ir a buscarla. No podía sacudirse un mal presentimiento. Al llegar al área del baño, la vio. Zoé estaba de pie, discutiendo con Carlos, el hombre con el que recientemente había comenzado a salir en secreto. Maya no podía escuchar lo que decían, pero la tensión entre ellos era evidente.
Carlos parecía dispuesto a marcharse, pero Zoé lo detuvo. Las palabras que le lanzó a él hicieron que su expresión cambiara de la ira a la desesperación. Antes de que Maya pudiera intervenir, vio a Zoé correr hacia el borde del acantilado cercano.
—¡Oliver! ¡Por favor, ayúdame! —gritó Zoé en un tono desgarrador mientras saltaba.
El mundo de Maya se detuvo. Era incapaz de entender lo que acababa de presenciar. Corrió hacia el borde, con la esperanza de que Zoé estuviera aferrándose a algo, pero no había nada. Solo el vacío y el mar abajo. Unos minutos después, los gritos de Oliver atrajeron a Maya y a Estefan.
—¡Maya! ¿Qué fue lo que le hiciste? —rugió Oliver al llegar, su rostro descompuesto por la ira y el miedo. Su voz era un trueno que sacudió a Maya—. ¿Por qué empujaste a Zoé?
Ella trató de hablar, pero las palabras no salían. Simplemente negó con la cabeza, todavía en estado de shock.
—¡Dímelo! ¡¿Qué le hiciste?! —Oliver intentó acercarse, pero Estefan lo detuvo, poniéndose entre ellos.
—No sabemos qué pasó, Oliver. No te dejes llevar por tus emociones. Vamos a averiguar qué ocurrió aquí. Seguramente hay cámaras. —La voz de Estefan era firme pero calmada, tratando de contener a su amigo antes de que hiciera algo que no pudiera deshacerse.
Las cámaras de seguridad confirmaron la verdad: Zoé había saltado por su cuenta. Maya no la había tocado. Sin embargo, eso no cambió nada para Oliver. Aunque las pruebas demostraban su inocencia, él seguía convencido de que Maya había sido la razón detrás de la desesperación de Zoé. En su mente, Maya era culpable de haberla empujado a tomar esa decisión.
Lo que complicó aún más las cosas fue la desaparición de Carlos. Aquel hombre, que claramente había estado discutiendo con Zoé antes del incidente, simplemente desapareció. Nadie pudo encontrarlo, y cualquier respuesta que pudiera ofrecer se desvaneció con él. Lo que quedaba era un vacío lleno de sospechas y culpas.
Después del incidente, Maya hizo lo único que podía hacer: alejarse de Oliver. Sabía que cualquier encuentro con él solo avivaría su odio. Pero ahora, cuatro años después, aquí estaba él, de pie frente a ella, dictando un destino que nunca había pedido.
Maya cerró los ojos, tratando de calmarse. Su mente estaba atrapada entre los recuerdos de aquel día y la realidad que tenía delante. No entendía por qué Oliver insistía en casarse con ella. Pero algo era seguro: él tenía un propósito, y ella estaba a punto de descubrir qué tan lejos estaba dispuesto a llegar para cumplirlo.
Oliver bajó un poco la mirada, apenado pero honesto.—Desde ese día… —tragó saliva— ese día que tomé tu feminidad. Es vergonzoso, pero real. Ese día, entendí que era el hombre más afortunado del mundo por tenerte. En todos los sentidos. Supe que no quería estar con nadie más que contigo.La miró de nuevo, esta vez con los ojos brillantes por la emoción.—¿Y tú? ¿Tú me amas?—Sí… te amo —respondió Maya con la misma intensidad, mirándolo fijamente. Fue sincera, sin titubeos.Oliver sonrió y la abrazó con fuerza, como si necesitara fundirse con ella para no dejarla ir nunca. Era la primera vez que ambos pronunciaban ese "te amo" con palabras claras. Siempre lo habían demostrado con gestos, con silencios compartidos, con miradas que decían más que cualquier promesa. Pero esta vez, por fin, lo dijeron.—¿Y tú? ¿Cuándo supiste que me amabas? —preguntó él, sin soltarla.Maya pensó por un momento, con una pequeña sonrisa curvando sus labios.—No lo recuerdo exactamente… pero creo que fue en D
Nadie se lo había dicho aún, pero lo sabía. Lo supo en el fondo de su alma desde el momento en que abrió los ojos. Había perdido a su bebé. Recordó el impacto, ese golpe inesperado en su abdomen. Y luego, el grito. El dolor.Estaba embarazada de 21 semanas.Las lágrimas se acumularon en el borde de sus ojos mientras el corazón se le rompía en silencio. ¿Por qué? ¿Qué había hecho para merecer algo así? Después de todo lo que había soportado, ¿esto también?Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Se acarició la barriga suavemente, como si aún pudiera sentir a su bebé. Su mente se llenó de preguntas sin respuesta, de un dolor imposible de describir. Una culpa silenciosa se apoderó de ella.Su visión estaba tan nublada por las lágrimas que apenas pudo distinguir la figura que se acercaba… hasta que escuchó su voz.—Estás despierta… por favor, sé fuerte, esposa —susurró Oliver junto a su oído.Ella se giró hacia él con los ojos llenos de dolor.—Yo… perdí a nuestro bebé. No fui
Cuando Maya vio a su abuela postrada entre máquinas y cables, sintió como si una piedra enorme le aplastara el pecho. Le costaba respirar. Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro sin poder detenerlas.Parecía que todos los aparatos conectados al cuerpo de su abuela eran lo único que la mantenía con vida. Nunca imaginó verla en una situación así. Sintió que si alguno de esos dispositivos se apagaba, la anciana se iría para siempre.Recordó de pronto la llamada que su abuela le hizo cuando se casó y estaba en Dubái. Siempre se preocupaba por ella, quería saber si todo marchaba bien, si Oliver la trataba con amor.En medio del silencio cargado de emociones, la abuela Catalina extendió su mano hacia Zoé y con voz temblorosa, entrecortada por los sollozos, dijo:—Yo… perdón… Zoé. Lamento haber herido tus sentimientos. Tus padres me lo contaron antes de morir. Cuando regresaste, te fuiste de inmediato a Dubái… nunca tuve la oportunidad de hablar contigo, de pedirte perdón. Lo siento,
Maya nunca imaginó que Zoé estaba lidiando con tanto dolor por parte de la abuela. Siempre pensó que a Zoé le daban todo lo que quería, que era tratada como una princesa. Pero estaba equivocada. Detrás de esa fachada había lágrimas, tristeza y heridas ocultas. Jamás sospechó que Zoé estaba sufriendo en silencio.—Eso fue lo que viste en el aeropuerto —explicó Martin—. Fue uno de esos momentos de crisis. Actuaba así cada vez que algo le recordaba lo que vivió. Sentía que la abuela Catalina volvería a menospreciarla. Estaba asustada y, como no podía hacerle daño a ella, toda esa frustración se canalizaba hacia ti. Se volvió más agresiva cuando se enteró de que ustedes se habían casado.Maya miró a Martin y pudo ver la sinceridad en cada palabra. Él era un hombre amable, y le costaba creer que alguna vez intentara hacerle daño. Tal vez simplemente amaba demasiado a Zoé y estaba dispuesto a todo para hacerla feliz. Especialmente porque Zoé creía que nadie se preocupaba realmente por ella.
Último capítulo