Mundo ficciónIniciar sesiónMinett Biancheri. —¿Qué estás haciendo? —espeto girando el monitor—. Lee bien el documento, dice Bianchi. Me enfrenta levantando el mentón. —Es un simple error, ¿pero quién era? —formula ante mi evidente molestia. —Es la chica que, en contra de sus instintos, no logró evitar mi muerte.
Leer másLa grama bajo mis pies relaja en dominó mi cuerpo. Todos estamos aquí, la primera casa en la que Minett y yo vivimos. Una inmobiliaria se la vendió a nuestra madre como si fuera perfecta: piscina, cuatro habitaciones, concepto abierto, y un patio seguro para tus hijos. Mamá no tuvo en cuenta que sus hijas no eran el mayor símbolo de seguridad, ni yo siendo su hermana mayor la llegué a proteger. —¿Te mató así sin más? —cuestiona Dissa haciendo un ademán—. Por eso vendieron esta casa. —Denme un premio por ser su primera víctima —bromeo mordisqueando mi labio inferior—. ¿Tú cómo te enteraste, Hungría? —lo señalo levantando la cabeza. Él ve hacia los lados como si estuviese hablando con él. Trono mis dedos en un gesto de impaciencia. —Yo estaba en esa esquina cuando caíste muerta —señala el punto donde se camufló—. Minnie me vio directo a los ojos, corrió hacia mí y rompió en llanto. Ella era inocente —concluye limpiando una lágrima traviesa.
Termino de poner mi pie derecho en el interior de la sala y retrocedo por el aturdimiento de ver a veinte personas observándome. Me encamino hasta el único sofá individual libre ubicado, casualmente, en medio de todos.—Hola —digo dejando caer mi peso en el mueble—. ¿A qué se debe su visita? —formulo, me es interesante, mas no extraño tener a un número de Biancheris aquí.—Solo queremos saber cómo estás —contesta mi tío Peter mientras se cierne contra mí, igual que el resto.—Dinos, ¿cómo te ha ido? —inquiere Oleína sarcástica. Con sumo cuidado cierra su mano alrededor de mi cuello.Quiere asfixiarme. Pataleo, pero no me suelta.—Ural, Galo, Street, todos ellos —en lo que trato se zafarme de su agarre aparecen los mencionados en compañía de un par de desconocidos.
11:01 p.m.El televisor transmite las noticias locales. Un accidente vial es lo más relevante que dice. Me paso la mano por la nuca. Desde hace un buen rato una molestia me obliga a masajear mi pecho.—Mejor me tomo un analgésico —restregando mis manos una contra la otra, me encamino al botiquín guardado en el estante del baño principal.Cojo un bote blanco, lo elevo un poco y la última pastilla cae en mi palma. Voy hacia la cocina, tomo un vaso y lo lleno con agua del grifo.—Por lo dioses que me curo —digo lanzándola a mi boca y tomando un trago.Mis ojos se desvían cruzándose con un girasol artificial. Lo compré para Minett cuando entró al jardín de niños. Antes de salir me dijo que quería una planta que poder regar, la muerte de estos seres ante su presencia le bajaba el ánimo. Así que se la mostré al llegar a
Odio este hospital. Aleka vino anoche a verme, en medio de risas convulsionó, e intenté ayudarla, pero mi fuerza solo dio para presionar el botón de auxilio. Acudieron a mi habitación, la resucitaron, y con cada choque mi corazón emprendía una velocidad acomedida. Los instrumentos la devolvieron a la vida. Estuve en la orilla de la camilla a punto de caerme por la ausencia de vigor en sus ojos, eran solo tinieblas.En otras noticias, soy el paciente que no se la pasa en las sombras, camina en medio y ni un enfermero nota mi presencia, además, el olor metálico hospitalario empieza a adherirse a mi piel, y eso me hará residente eternamente.Aprovechando mi invisibilidad, me escabullo por las escaleras de emergencia y subo hasta la azotea. Los bombillos lucen como luciérnagas a esta distancia.—No son nada —susurro sentándome en el borde.—¿Por qué no
Último capítulo