Mundo ficciónIniciar sesiónAl día siguiente, Layla se sentía muy nerviosa. No estaba segura de dar ese paso, pero no había espacio para el arrepentimiento.
El murmullo de los invitados se mezclaba con el suave repique de las campanas. La iglesia estaba adornada con lirios blancos y rosas champagne; el lujo se desbordaba por donde se viera, digno de los Draven. Caminaba por el pasillo central, su suegro a su lado, quien la entregaría en el altar porque su padre no podía; estaba detenido por lavado de dinero, algo que ella aún no terminaba de creer. El vestido de seda y encaje pesaba, no solo por la tela, sino por el significado. Cada paso era un eco de la decisión que había tomado, un eco que resonaba con la promesa que Lucius le había susurrado. Al final del pasillo, Dimitrik esperaba, erguido, impecable en su esmoquin. Su rostro era una máscara de satisfacción, sus ojos fríos buscaban los de ella, pero Layla los desvió. Su mirada, casi por inercia, se deslizó hacia los bancos laterales. Allí estaba. Sentado en la última fila, un poco apartado, Lucius Draven. Vestía un traje oscuro que se fundía con las sombras, su cabello perfectamente peinado. Sus ojos grises, intensos, se clavaron en los de ella con una furia contenida, una pasión cruda que la hizo temblar. No había arrepentimiento en esa mirada, solo la certeza de una posesión. Layla sintió el calor subir por su cuello, una mezcla de culpa y deseo. Él lo sabía. Y aun así, estaba allí, desafiando a su sobrino con su mera presencia. Verlo hizo que los recuerdos de la noche anterior vinieran a su mente, sintiendo cómo su piel ardía y sus bragas se humedecían. Dejó esos pensamientos a un lado y siguió caminando en dirección al altar. Dimitrik nunca lo habría notado, absorto en su propio triunfo. Pero Layla sí. Cada fibra de su ser vibraba bajo la intensidad de la mirada de Lucius. Él era el caos en su ordenada y triste vida. Los votos fueron un borrón. Las palabras del sacerdote, los anillos, el beso de Dimitrik, tan pulcro, tan desapasionado, todo se mezcló en un torbellino. Solo la imagen de Lucius, inmutable en su asiento, permanecía nítida. Cuando la ceremonia terminó y fueron declarados marido y mujer, él se levantó discretamente y abandonó la iglesia antes de que alguien más lo notara. La recepción se celebró en el salón de baile principal del Four Seasons, el mismo hotel donde Layla había vivido una maravillosa noche de pasión antes de dar el sí. Luces tenues, música de jazz suave, copas de champán tintineando. Ella sonreía, saludaba, aceptaba felicitaciones, mientras su mente buscaba frenéticamente una salida. Dimitrik estaba radiante, presentándola a socios y viejos amigos. Ella era su trofeo, la guinda del pastel de su imperio. De repente, sintió su presencia. No lo vio, lo sintió. Un escalofrío recorrió su espalda, el mismo que sintió la noche anterior. Lucius estaba cerca. Layla se giró y lo vio de pie junto a una de las columnas, una copa de whisky en la mano, observándola entre la multitud. Una sonrisa lenta y depredadora se extendió por sus labios cuando sus ojos se encontraron. Hizo un leve gesto con la cabeza hacia las puertas de la terraza. El corazón de Layla dio un vuelco. Sabía lo que eso significaba. Era una invitación, una orden silenciosa. Un desafío. Dimitrik estaba ocupado conversando, ajeno a su tormento. Ella se excusó con una vaga mención al tocador y se dirigió hacia la terraza, sus piernas moviéndose casi sin su consentimiento. El aire nocturno la golpeó, fresco y bienvenido. La terraza estaba vacía. Recorrió con la mirada el espacio hasta que lo vio. Estaba de espaldas a ella, apoyado en la barandilla de cristal, contemplando el horizonte de la ciudad. La silueta imponente de Nueva York se alzaba majestuosa bajo las estrellas. Layla se acercó, su corazón martilleando contra sus costillas. —¿No deberías estar celebrando? —su voz era un susurro grave, sin girarse. —No tengo nada que celebrar —respondió Layla, su voz apenas un hilo. Él se giró lentamente, sus ojos grises la devoraron. En la penumbra, parecían brillar con una intensidad sobrenatural. —Ahora eres la señora Draven —dijo, su mirada se posó en el anillo de su mano izquierda, luego subió a sus ojos—. Pero sigues temblando por mí, ¿no es así, gatita? Ella no pudo negarlo. La tensión entre ellos era palpable, un campo de fuerza que distorsionaba el aire. —¿Qué quieres, Lucius? —preguntó, su voz se quebró. Él dio un paso, luego otro, acorralándola contra la pared de cristal. El aroma a whisky añejo y cuero la envolvió, embriagador, familiar. Su mano subió, acariciando su mejilla, su pulgar rozó sus labios. —Quiero lo que es mío —susurró, su aliento cálido contra su piel—. Y tú eres mía. Sus labios se estrellaron contra los de ella con una ferocidad que la dejó sin aliento. Un beso robado, desesperado, lleno de la misma rabia y deseo que sentía Layla. Sus manos se enredaron en el cabello de él, tirando con fuerza mientras Lucius la aprisionaba contra la pared de cristal. Sus piernas temblaron, y él supo leer la rendición en su cuerpo. Lucius la levantó en brazos sin esfuerzo, sus piernas se enredaron en su cintura. Caminó hacia una esquina más apartada de la terraza, donde unos arbustos altos ofrecían algo de privacidad. La bajó lentamente, sus pies apenas tocando el suelo, su cuerpo pegado al de ella. Se agachó, sus manos se deslizaron bajo la seda de su vestido, subiendo por sus muslos, arrastrando la tela hacia arriba. El delicado encaje de sus bragas fue el siguiente objetivo. Con un movimiento experto, las apartó a un lado. —Nadie tiene que saberlo —murmuró contra su oído, mientras se desabrochaba los pantalones con una mano experta—. Solo tú, la luna y yo. No hubo tiempo para dudas. El deseo se había apoderado de Layla, una necesidad brutal que silenciaba cualquier razonamiento. Sus caderas se estrellaron contra las de ella, y un gemido se escapó de sus labios cuando la penetró de golpe, profundo y certero. Las uñas de Layla se clavaron en sus hombros, sus dientes mordieron su labio para sofocar un grito. Era salvaje, rítmico, sin piedad. Cada embestida la arrastraba más profundo en el abismo del placer; cada roce de su cuerpo contra el de ella era un recordatorio de lo que realmente ansiaba. —Mírame, Layla —ordenó, su voz ronca, sus ojos grises fijos en los de ella mientras se movía dentro—. Eres mía. Solo mía. Y en ese instante, bajo el manto de la noche neoyorquina, con el eco de la música de la recepción flotando desde el interior, supo que era verdad. Era la esposa de Dimitrik Draven, pero el cuerpo y el alma le pertenecían a Lucius Draven. El clímax la sacudió con una fuerza abrumadora; su cuerpo se arqueó, incapaz de contener los sonidos que escapaban de su garganta. Lucius la besó con la misma desesperación, devorando sus gemidos, hasta que se derramó dentro de ella, con un rugido ahogado. Se quedó dentro, sus frentes pegadas, sus respiraciones entrecortadas. El aire frío de la noche contrastaba con el calor de sus cuerpos. —Feliz luna de miel, mi reina —susurró, con una sonrisa oscura. Luego, con la misma rapidez con la que había llegado, se apartó. Se arregló la ropa con una eficiencia exasperante, sin una pizca de remordimiento en sus ojos. —No olvides a quién le perteneces, Layla —dijo, antes de desaparecer entre las sombras, dejándola allí, temblando, con el sabor de la traición en sus labios y el cuerpo aún vibrando por su presencia. Layla volvió al salón de baile, su mente en un torbellino, su cuerpo aún a flor de piel. Dimitrik le sonrió y se acercó para besarla en la mejilla. —¿Dónde te habías metido, querida? —preguntó, sin notar el desorden en su mirada, ni la intensidad de su aliento. —Solo fui a tomar un poco de aire fresco —respondió ella, sosteniendo su mirada, la mentira tan pesada en su lengua como la verdad de lo que acababa de ocurrir. Él simplemente asintió y siguieron con el teatro.






