Mundo ficciónIniciar sesiónEnamorarse de Adrián Serrano nunca formó parte de los planes de Catalina Torres. No cuando él era más joven. No cuando era su jefe. Y desde luego no cuando pertenecía a otra persona. Pero el amor no sigue la lógica. Desde momentos robados en la oficina hasta confesiones susurradas en la oscuridad, su conexión se hace más fuerte, hasta que se vuelve imposible de ignorar. Pero con la traición acechando en cada esquina, un exmarido que no la deja en paz, una hija que la detesta y un mundo que se niega a aceptarlas, solo tienen una opción: marcharse o arriesgarlo todo. ¡Supongo que tendrás que leer la historia para descubrir cuál fue su elección!
Leer másPunto de vista de Adrián.Me quedé de pie en el umbral de la puerta, mirando a Carlota y a Catalina mientras exponían su caso.Acababa de dejarlas en su apartamento y pensaba volver a mi hotel, y lo último que esperaba era ser acorralado por mis dos mujeres favoritas, insistiendo en que me quedara con ellas.—Adrián, no puedes estar pensando en volver a un hotel —dijo Carlota, cruzándose de brazos y mirándome como si fuera un idiota despistado. Y no le faltaba razón.—Vas a gastar dinero para nada —añadió Catalina, sonriendo con suavidad pero con firmeza—. Quédate con nosotras. No es gran cosa.Me rasqué la cabeza, sintiéndome un poco incómodo.—No lo sé, chicas. No quiero imponerme. Quiero decir, es vuestro espacio, y yo…—¿Imponerte? —interrumpió Carlota, alzando una ceja como si acabara de decir la mayor tontería del mundo—. Adrián, acabamos de pasar dos semanas juntos, apretados en la misma casa en París. Créeme, no te estás imponiendo.Catalina me lanzó una de esas miradas que de
Punto de vista de Adrián.El sol de aquella mañana brillaba casi demasiado, como si se burlara del hecho de que era nuestro último día allí.París había sido… otra cosa. Algo que se quedaría conmigo durante mucho tiempo.Pero por más que quisiera aferrarme a cada momento, todo se escurría entre los dedos, igual que las migas calientes de croissant que Gael y Alba estaban esparciendo por todo el suelo de la cocina.Entré con Catalina, alcanzando el final de la conversación. Me estiré, aflojando los hombros.Sonreí ante la escena frente a mí: un grupo de adultos cansados intentando controlar a dos niños hiperactivos. Clásico.—Buenos días a todos —dije, mirando al grupo—. ¿Estamos listos para dejar el paraíso?—¡No! —gritó Gael dramáticamente, levantando los brazos—. ¡No quiero irme!Alba dio un pisotón, con el puchero más decidido del mundo.—¡Yo tampoco! ¿No podemos quedarnos para siempre?Intercambié una mirada con Catalina. Todos reímos, pero en el fondo sabía que no eran los únicos
Punto de vista de AdriánLos últimos días en París se sintieron como si se me escaparan entre los dedos: un torbellino de risas, recuerdos y momentos compartidos que hacían que la idea de marcharnos resultara casi insoportable.Habíamos hecho todo lo que estaba en la lista: el Louvre, Montmartre, largos paseos junto al Sena… pero Gael, por supuesto, insistía en que la Torre Eiffel había sido lo mejor de todo. Y tenía que admitirlo: ver París desde allí arriba era algo especial. Aunque lo que realmente lo hacía inolvidable era compartirlo con la gente que me importaba.Estábamos sentados en un pequeño café cerca del río, de esos que parecen atemporales, como si llevaran allí siglos.Gael estaba frente a mí, intentando pedir un chocolate caliente en su francés muy limitado. No pude evitar sonreír.—Eh… Je voudrais un chocolat chaud, s’il vous plaît —dijo Gael, con la voz cuidadosa, como si cada palabra fuera un rompecabezas delicado que no quería romper.El camarero, claramente encantad
Punto de vista de Catalina.La suave luz de la mañana se filtraba a través de las cortinas mientras me ponía con cuidado mi vestido negro, admirando cómo las lentejuelas atrapaban la luz.Mientras recogía mi cabello en un moño suelto, Adrián salió del baño ajustándose el cuello de su camisa negra. Me miró con una sonrisa juguetona.—Vaya, vaya… ¿no estamos elegantes hoy? —bromeó, recorriendo con la mirada el vestido brillante que había elegido para el día.Le sonreí a través del espejo, alisando la tela. —¿Qué puedo decir? París saca mi lado glamuroso.Se colocó detrás de mí, rodeó mi cintura con los brazos y besó mi mejilla. —Siempre te ves glamurosa, amor. Me encanta el labial rojo.Me giré para mirarlo, acomodándole el cuello de la camisa. —Gracias. ¿Listo para salir? Creo que los niños ya están en modo caos total.Adrián soltó una risa, mirando su reloj. —Siempre. Vamos a rescatar al resto.Habíamos quedado de encontrarnos con los demás en el vestíbulo. Adrián y yo caminamos por e
Último capítulo