Pero parece un adiós.
Punto de vista de Adrián.
El sol de aquella mañana brillaba casi demasiado, como si se burlara del hecho de que era nuestro último día allí.
París había sido… otra cosa. Algo que se quedaría conmigo durante mucho tiempo.
Pero por más que quisiera aferrarme a cada momento, todo se escurría entre los dedos, igual que las migas calientes de croissant que Gael y Alba estaban esparciendo por todo el suelo de la cocina.
Entré con Catalina, alcanzando el final de la conversación. Me estiré, aflojando los hombros.
Sonreí ante la escena frente a mí: un grupo de adultos cansados intentando controlar a dos niños hiperactivos. Clásico.
—Buenos días a todos —dije, mirando al grupo—. ¿Estamos listos para dejar el paraíso?
—¡No! —gritó Gael dramáticamente, levantando los brazos—. ¡No quiero irme!
Alba dio un pisotón, con el puchero más decidido del mundo.
—¡Yo tampoco! ¿No podemos quedarnos para siempre?
Intercambié una mirada con Catalina. Todos reímos, pero en el fondo sabía que no eran los únicos