Va a ser la mejor boda de la historia.
Punto de vista de Adrián
Los últimos días en París se sintieron como si se me escaparan entre los dedos: un torbellino de risas, recuerdos y momentos compartidos que hacían que la idea de marcharnos resultara casi insoportable.
Habíamos hecho todo lo que estaba en la lista: el Louvre, Montmartre, largos paseos junto al Sena… pero Gael, por supuesto, insistía en que la Torre Eiffel había sido lo mejor de todo. Y tenía que admitirlo: ver París desde allí arriba era algo especial. Aunque lo que realmente lo hacía inolvidable era compartirlo con la gente que me importaba.
Estábamos sentados en un pequeño café cerca del río, de esos que parecen atemporales, como si llevaran allí siglos.
Gael estaba frente a mí, intentando pedir un chocolate caliente en su francés muy limitado. No pude evitar sonreír.
—Eh… Je voudrais un chocolat chaud, s’il vous plaît —dijo Gael, con la voz cuidadosa, como si cada palabra fuera un rompecabezas delicado que no quería romper.
El camarero, claramente encantad