Mundo ficciónIniciar sesiónTras la misteriosa muerte de su madre, Luisa, una joven Omega marcada por la tragedia, es obligada a convivir con su padre biológico: el Rey Víctor, un Alfa implacable que gobierna la Manada de Plata desde las sombras del poder moderno. Aunque el mundo ha cambiado, las antiguas jerarquías persisten, y para una Omega sin alianzas, la libertad es apenas un espejismo. Aislada entre lujos fríos y silencios incómodos, Luisa solo encuentra consuelo en Dominique, el enigmático soldado del Rey y su único vínculo real con el pasado. Pero incluso Dominique parece arrastrar heridas que no se atreve a confesar. Todo cambia cuando aparece Raúl, un Alfa carismático, brillante fabricante de automóviles de élite… y dueño de una oscuridad aún más profunda que la del palacio. Él no le promete amor. Le ofrece poder, pertenencia… y un contrato que la haría su Omega, en cuerpo y alma. En una sociedad que aún venera la fuerza del Alfa y el sometimiento del Omega, Luisa deberá elegir entre la obediencia que se espera de ella… o el deseo que amenaza con consumirla. Porque en este mundo, amar a un Alfa no es un cuento… es una condena.
Leer másEl viento de la tarde soplaba con una inusitada y fresca suavidad sobre la gran terraza del piso ochenta y ocho, agitando ligeramente las solapas del sastre oscuro de Luisa y la chaqueta ejecutiva de Dominique. Habían pasado exactamente seis meses desde la firma histórica del decreto de ratificación global que reestructuró por completo los cimientos de la Torre Ferré y de la metrópoli entera. En las calles, en los bulliciosos bulevares del Distrito Central y en las otrora olvidadas estaciones de los distritos periféricos, el pulso de la vida transcurría sin el eco opresivo de las sirenas de alerta, ni los controles militares arbitrarios, ni la amenaza latente de los conflictos armados que durante décadas habían definido la supervivencia en el hemisferio.Luisa apoyaba las manos sobre el barandal de cristal templado, contemplando el perfil inmenso de la ciudad que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. La neblina artificial y densa que durante generaciones había ahogado el cielo d
El reloj central de la Torre Ferré marcó las cinco de la mañana en punto. El firmamento artificial que cubría el Distrito Central comenzó a teñirse gradualmente con los tonos dorados y ámbar de un amanecer real, un espectáculo óptico y atmosférico que los nuevos protocolos ecológicos habían recuperado para la metrópoli tras décadas de contaminación industrial y neblina artificial.En el piso ochenta y ocho, la atmósfera del despacho principal vibraba con una solemne quietud. Las pantallas holográficas que tradicionalmente proyectaban mapas de crisis, rutas de evacuación y alertas de seguridad se habían sincronizado en una sola interfaz: el decreto definitivo de ratificación del nuevo orden global. En él, los recursos, la administración de la energía y los derechos de los distritos periféricos quedaban blindados bajo una estructura jurídica inquebrantable que borraba para siempre la división entre la cúspide y los subsuelos.Luisa se encontraba de pie frente al inmenso ventanal panorám
La quietud del piso ochenta y ocho adquirió un matiz diferente durante las primeras horas de la madrugada. Fuera del imponente ventanal, las luces de la metrópoli parpadeaban con una suavidad constante, un reflejo digital y terrenal de las estrellas que se abrían paso a través de la atmósfera purificada. En el interior del despacho central, el silencio solo era interrumpido por el leve parpadeo de las terminales holográficas y el pulso rítmico de los servidores que gestionaban la red unificada del hemisferio.Luisa repasaba las últimas directrices del protocolo de descentralización administrativa. Cada distrito, cada planta de energía y cada nodo logístico respondía ya al nuevo modelo operativo de beneficio común, un sistema donde la corporación ejercía como columna vertebral y garante de estabilidad, pero sin el yugo opresor que caracterizó la era de Víctor o la fría especulación de Raúl.La puerta del despacho se deslizó con un murmullo familiar. Dominique cruzó el umbral llevando c
El sol de la tarde teñía de tonos cobrizos y dorados las fachadas de cristal de la Torre Ferré, proyectando reflejos alargados sobre las mesas de diseño y las pantallas holográficas del piso ochenta y ocho. Lejos de la agitación febril que había marcado las semanas de la purga corporativa y el colapso del viejo régimen, el despacho principal exhalaba una quietud profunda, casi ceremonial, como si el propio aire se hubiera habituado a la nueva geometría del poder.Luisa revisaba los últimos balances globales del trimestre. Las proyecciones de crecimiento sostenible para los distritos periféricos y el sector sur superaban con creces cualquier métrica registrada durante las últimas tres décadas de administración de la Manada de Plata. Las cifras ya no representaban la extracción despiadada de recursos, sino un flujo simbiótico y equilibrado que irrigaba de vida cada rincón de la metrópoli.La puerta se deslizó con un murmullo suave y Dominique cruzó el umbral. Llevaba una carpeta digital
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