Entre poder y lealtad
Entre poder y lealtad
Por: Angela-Rossi23
Capítulo 1

La lluvia no caía sobre el cementerio de la Manada de Plata; lo agredía. Eran millones de agujas de agua gélida que rebotaban contra el mármol negro con un sonido metálico, como si el cielo estuviera intentando limar las lápidas hasta reducirlas a polvo. El terreno, situado en una elevación artificial que dominaba el valle industrial, estaba diseñado bajo estrictos estándares de la arquitectura del duelo: ángulos rectos, una simetría que asfixiaba y una carencia total de vida vegetal que pudiera distraer al espectador de la verdadera lección del lugar: la finitud absoluta de los activos.

Luisa apretó el paraguas. El mango, recubierto de un cuero sintético que siempre resultaba demasiado rígido, le provocaba una ampolla incipiente en la palma de la mano derecha. No se movió. No cambió la postura. A sus veinte años, había aprendido que la inmovilidad era la forma más pura de no ser notada. A su lado, Víctor, el Alfa que la había engendrado —aunque el término "engendrar" implicaba una conexión emocional que en Víctor era inexistente—, permanecía como una estatua de hierro forjado. Su abrigo largo, de una lana oscura que repelía el agua con una arrogancia propia de los materiales de alta tecnología, emitía un olor a invierno, a tabaco caro y a una autoridad tan densa que parecía curvar la luz a su alrededor.

Víctor no estaba allí para despedirse. Víctor estaba allí para verificar el cierre de una cuenta.

La lápida frente a ellos era una placa de obsidiana grabada con láser, sin nombres cariñosos, solo números de serie y fechas de activación. Para el ojo inexperto, era una tumba; para el ojo de Víctor, era la prueba de que el activo anterior había agotado su ciclo de vida útil. Luisa observaba el reflejo de la lluvia sobre la piedra pulida y, por un instante, se preguntó si su propia imagen, distorsionada por la humedad, era la de una persona o simplemente la de una reserva de valor que todavía no había sido contabilizada.

—El clima es ineficiente —murmuró Víctor. Su voz no era un susurro; era un comando lanzado al vacío. No esperaba una respuesta, ni siquiera una opinión. La naturaleza, para un hombre que creía haber domesticado hasta el último átomo del comportamiento social, era solo otra variable molesta que no se ajustaba a los cronogramas de la Manada—. Pero el cronograma es inamovible. Tenemos que estar en la mansión antes de las 14:00. Hay una auditoría pendiente.

Luisa apretó los labios. El sabor de la ceniza metálica —la contaminación de las chimeneas del Distrito Central— se le filtraba por la nariz, dejándole una película sucia en la garganta. ¿Cómo se supone que uno llora a una madre cuando el hombre que sostiene el paraguas está contando los minutos que le quedan para volver a la oficina?

—¿Vas a decir algo, Luisa? —preguntó Víctor, girando la cabeza apenas un milímetro. Sus ojos, un gris tan opaco que recordaba al acero galvanizado, no buscaban consuelo. Buscaban un indicador de lealtad. Buscaban asegurarse de que la "pieza" estaba en el lugar correcto.

—Está lloviendo —dijo ella, con una voz que le sonó a astillas de vidrio.

Víctor dejó escapar un resoplido que pretendía ser una risa, pero que solo sonó como el motor de un coche viejo arrancando en frío.

—Ese es el problema de tu generación, Luisa. La obsesión por lo superficial. Por lo que sucede en la superficie. Te importa el clima porque no eres capaz de ver el engranaje. Tu madre fue una mujer funcional hasta los últimos tres años. Luego, la degeneración biológica tomó el control. Se volvió ineficiente. Se volvió ruidosa. ¿Crees que me gusta enterrar a mis activos? No. Pero la ineficiencia es un cáncer. Y en este mundo, solo tienes dos opciones: o diseñas el bisturí o eres el tejido que se corta.

Luisa sintió un frío que no tenía nada que ver con la lluvia. Había pasado toda su infancia aprendiendo a evitar el filo de ese bisturí. Había aprendido que el silencio no era falta de opinión, sino una estrategia de supervivencia. Mientras Víctor se giraba para caminar hacia la comitiva de seguridad, Luisa se quedó atrás, un segundo más, mirando la lápida de obsidiana. Por primera vez en su vida, sintió que el mármol no estaba frío, sino que estaba vacío. No había nada ahí dentro. Ni una madre, ni un recuerdo. Solo números.

El auto, un vehículo blindado diseñado por la división de transporte del Rey, parecía un sarcófago negro sobre ruedas. Los cristales ahumados no dejaban pasar ni un solo fotón de luz. Al entrar, el olor a desinfectante industrial golpeó a Luisa en la cara, un aroma tan agresivo que le provocó una náusea instantánea. El interior estaba tapizado con un polímero que se sentía como piel, pero que no tenía el calor de la vida. Víctor tomó asiento, desplegó una pantalla holográfica desde el apoyabrazos y sus dedos comenzaron a danzar sobre el aire, manipulando datos financieros mientras el auto se deslizaba silenciosamente por el camino de grava, sorteando las cámaras de vigilancia que escaneaban cada placa y cada rostro que se acercaba al cementerio.

—La Manada no tolera la debilidad —dijo Víctor sin apartar la mirada de los gráficos de rendimiento—. Tu madre fue una pieza defectuosa. Lo supimos después de la última ronda de diagnósticos. Un fallo en el sistema nervioso central. Irreversible.

—Fue mi madre —respondió Luisa. Sus dedos se cerraron sobre la tela de su vestido, clavándose en su propia carne hasta que sintió el alivio del dolor agudo.

—Fue un activo —corrigió él con una frialdad que helaría el infierno—. Y los activos, Luisa, no tienen genealogía sentimental. Tienen función. Si pierdes la función, pierdes la identidad. Espero que esto te sirva de lección. No quiero que el día de mañana tenga que estar en este mismo lugar, bajo esta misma lluvia, analizando tu caída en la obsolescencia.

Luisa miró por la ventana. Las luces de la ciudad, allá abajo en el valle, comenzaban a encenderse. Eran miles de puntos de luz eléctrica, una red de neón que servía para ocultar el hecho de que nadie allí era realmente libre. Todo era propiedad. La electricidad, el aire, el tiempo, la carne. Ella era propiedad de la Manada de Plata. Su madre había sido propiedad del Rey. Cada respiración que daban estaba pagada por adelantado por el Consejo.

El vehículo comenzó a ascender por la colina hacia la mansión. La residencia del Rey no era una vivienda, sino una estructura de poder. Las paredes de hormigón reforzado, de casi tres metros de espesor, estaban diseñadas para resistir cualquier asedio, tanto físico como sociopolítico. Mientras el auto atravesaba el puesto de control principal, Luisa pudo ver a los guardias. Eran Betas, hombres sin nombre cuyo único propósito era la vigilancia estática. Sus rostros eran máscaras de obediencia, piel curtida por años de servir sin cuestionar.

Dentro de la mansión, el ambiente cambió. El aire, purificado por sistemas de filtración que costaban lo mismo que un distrito entero de clase baja, era demasiado puro, demasiado artificial. Luisa fue escoltada a través del atrio principal, un espacio diseñado para hacer sentir pequeña a cualquier persona que entrara en él. Las paredes estaban decoradas con estatuas de antiguos líderes del Consejo, hombres con rostros severos y ojos de bronce que parecían estar juzgando su capacidad de cumplir con su cuota de servicio.

En el salón principal, el Consejo ya estaba reunido. Tres hombres, tres columnas que sostenían el sistema de la Manada. Víctor se detuvo en el centro, quitándose el abrigo negro y entregándoselo a un sirviente que se movía con la gracia de un fantasma.

—Llegas tarde, Víctor —dijo el General Malcorra. Su voz era una lija arrastrada sobre madera podrida. Malcorra era el jefe de operaciones militares de la Manada, un hombre que no creía en la diplomacia cuando se podía aplicar la fuerza. Para él, la humanidad era un concepto que se medía en rendimiento táctico. Nada vivía; todo funcionaba o se depreciaba.

Víctor no pidió disculpas. Las inclemencias del terreno no eran excusa para un Alfa.

—El entierro tomó más tiempo del previsto. Los procedimientos de desincorporación siguen siendo ineficientes debido a los protocolos de seguridad.

—El reemplazo de la hembra anterior debe ser inmediato —añadió Malcorra, señalando a Luisa con un gesto de desdén que la hizo estremecer—. La producción ha caído un tres por ciento este trimestre. Los números son la única verdad que no sangra.

Luisa bajó la mirada. Las palabras "hembra" y "activo" la atravesaron como dardos. Intentó pensar en algo, cualquier cosa que no fuera la frialdad de aquel salón. Recordó el sonido de la lluvia contra la lápida, el olor a tierra mojada, el último momento en el que su madre le había susurrado algo al oído, una advertencia, una clave secreta que nunca llegó a entender del todo. Pero sus pensamientos fueron interrumpidos por el Doctor Arana, el segundo del Consejo, quien se ajustó los anteojos con dedos quirúrgicos. Su mirada sobre ella era la de un científico analizando una muestra de laboratorio.

—La adaptación psicológica es la clave, Víctor —dijo Arana con una voz suave, casi susurrante—. Necesitamos una mente que sea, esencialmente, una extensión de nuestras órdenes. Si no se ajusta, el rechazo será total. Luisa, ¿estás preparada para la desnaturalización?

La pregunta flotó en el aire, densa y venenosa. Luisa asintió, ocultando el espasmo de terror que le recorrió las vísceras. Valente, el tercer integrante, pasó la lengua por sus dientes incisivos, un tic metódico que marcaba el ritmo de su crueldad.

—El control, Luisa —dijo Valente, inclinándose—. Si el control falla, la carne se pudre. Y si te pudres, te eliminamos. La eliminación es definitiva. No hay procesos de rehabilitación para el desecho.

Víctor la sujetó del brazo. Su agarre era una marca de propiedad, una señal física para todos en la sala: ella era su activo personal. El dolor en su antebrazo fue un recordatorio de dónde estaba y quién era. No había escapatoria, no había rincón en aquel mundo donde las garras del Rey no pudieran alcanzarla.

—Empieza hoy —sentenció Víctor—. Clasifica la nueva remesa del ala este. Las que sirven, se quedan. Las que no, se procesan. Sin sentir. La empatía es un error de sistema, Luisa. Si sientes, eres parte del problema.

Al entrar en el ala este, el aire estaba viciado por un olor a sudor rancio, desinfectante barato y un miedo que casi se podía palpar. Diez mujeres estaban arrodilladas contra la pared, esperando su destino. Eran Omegas, jóvenes que habían sido recolectadas de los niveles inferiores para servir a la Manada de Plata. Luisa caminó entre ellas, sintiendo la mirada de Víctor en su nuca como un filo frío. Cada paso que daba la acercaba más al abismo.

Observó a la primera Omega. Tenía las manos sucias, los nudillos agrietados por el trabajo en las fábricas de componentes, los ojos vacíos, una cáscara de persona. Luisa sabía lo que Víctor esperaba de ella: que marcara a las que eran inútiles para que fueran trasladadas a los centros de reciclaje. Era la forma en la que el sistema se alimentaba a sí mismo.

Pero entonces, en el rincón más oscuro, una mujer levantó la vista. Tenía el cabello cortado a trasquilones, una señal de una lucha reciente, y una cicatriz profunda que le cruzaba la mejilla. Pero lo que realmente detuvo a Luisa no fue su estado, sino sus ojos. No había sumisión en ellos. Había un destello de desafío puro, una chispa de inteligencia que sobrevivía a la brutalidad.

En ese instante, el engranaje de la mansión se detuvo en la mente de Luisa. Vio el mundo no como una serie de números o activos, sino como una máquina que estaba oxidada por dentro. Vio que el Rey, Malcorra, Arana y Valente no eran dioses; eran solo hombres que habían olvidado lo que significaba ser algo más que una máquina de acumular. Vio que su madre no había sido un error, sino una víctima de un sistema que temía a cualquier cosa que no pudiera controlar.

Luisa entendió, con una claridad que le dio náuseas, que no estaba allí para ser la verdugo. Había decidido trabarse entre los dientes de la rueda. El juego acababa de empezar. El silencio, por primera vez, dejó de ser miedo para convertirse en el arma más afilada que jamás había poseído. Se detuvo frente a la mujer del rincón, sintiendo cómo el destino se inclinaba violentamente hacia lo inevitable. Víctor, que observaba desde la entrada del ala, esperaba un veredicto de "desecho".

Luisa, sin mirarlo, sin dudar, escribió en su terminal de control una sola palabra: "Apta".

El sistema emitiría una alerta. El sistema cuestionaría la decisión. Pero el sistema no sabía que la grieta ya se había abierto. Y desde esa fisura, el mundo tal como lo conocían empezaría a sangrar. La niña que lloraba en el entierro había muerto. En su lugar, alguien mucho más peligroso acababa de tomar el control del tablero. Por primera vez en su vida, Luisa no estaba obedeciendo. Estaba eligiendo. Y esa elección, pequeña e insignificante para cualquier otro, era el inicio de la caída.

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